Aterrados de Demian Rugna: senderos de horror que se bifurcan

Resulta que son tres los pilares de cualquier película de terror: la muerte, la locura y el sueño. Tres pilares o según se mire, tres océanos donde naufragar. Cuando nos enfrentamos a tales misterios, nos sentimos aterrados. Logra esta película en apenas hora y media desafiar nuestra calma. Pero esta vez, desde Argentina. En una cuadra, en tres casas de un modesto barrio residencial.
Es interesante comprobar cómo el siglo XX ha apostado por situar el horror cada día más cerca de nosotros. Siglos atrás, lo sobrenatural procedía de lugares remotos, abandonados, sin presencia humana, entre ruinas, en medio del bosque. Bécquer fijaba sus esqueletos y maldiciones en montes pelados, en criptas abandonadas; Stocker propuso que su vampiro fuera un extranjero de lugares escarpados que atracaba en el puerto de Londres. El fantasma y el demonio estaban fuera, al otro lado de la ventana, en el marco de lo desconocido. Pronto picaron en nuestra casa: Poe y Lovecraft introdujeron sus espectros y terrores en el sótano, en la psique.
Con King, Matheson, Jackson, el horror se perfilaba en un ambiente familiar, reconocible. El demonio podía ser el vecino de Rillington Place. O dos timidos niños en Otra vuelta de tuerca. O un anodino viaje en avión a dos mil metros de altura.
Y las casas encantadas dejaron de ser venerables mansiones de gruesas cortinas y candelabros en habitaciones infestadas de polilla: Amitville, Einfeld reflejan universos obreros, modestos, de facturas impagadas y bocinazos de madrugada. Barrios residenciales, modestos hogares. En Aterrados, una cuadra. El mal puede perpetuarse y retorcerse en las cañerías, en el armario de Ikea, en una grieta del vestíbulo, en el hall junto al jardín.
Que Aterrados sea reconocible como una buena película de terror no deja de ser fácil. La crítica y el público respaldan este juicio de valor. Ahora bien, argumentarlo, siendo la clave algo relacionado con lo más íntimo: el pavor, nuestros miedos, ya es tarea más ardua.

Dos me parecen los principales aciertos de Aterrados. Más allá de lo meramente técnico-iluminación, fotografía, dirección, sonido,…-, que puede competir y no rebajarse ante cualquier producto de Hollywood, la película funciona por la construcción de guion. Resuelve la complejidad de un misterio que abarca tres historias, comprimidas en hora y media: un cadáver inquieto, unas criaturas ocultas en armarios y una oscura grieta. Equilibrarlas y dosificarlas, que se doten de presencia, es un esfuerzo narrativo que impide convertirla en una película episódica y lograr cierta unidad.
El otro acierto, esencial en casi toda buena película de terror: evita justificarse. En un room escape de terror queremos asustarnos, no recordar que todo resulta ser, oh decepción, un cuento chino. Razonar, argumentar, aclarar con baratijas spseudocientíficas… El misterio, la oscuridad no requieren a un especialista que ilumine y aporte una explicación. Esto es porque… Son irradiaciones electromagnéticas, residuos, vete a saber… Hereditary, El Resplandor deja flecos, evita darnos aclaraciones. En el tren de la bruja queremos sustos y escobazos, no saber que el que se esconde tras la máscara es el primo de o un quinceañero costeándose sus noches discotequeras. Poltergeist revienta y decae cuando la experta nos destripa y razona qué es el payaso encantado, la trémula luz del armario. Los Warren cuando razonan por qué ocurre lo que ocurre pulverizan nuestra credulidad, desvelan la farsa y el embuste.

Apenas sabemos quiénes son los Cenobitas, Freddy Krueguer, Michael Myers. Friedklin asusta en El exorcista, nos aturde e irrita en su documental sobre posesiones diabólicas. Apenas tenemos indicios o pistas de qué ocurre u origina el horror de Aterrados. Las palabras de la profesora sirven como pura levadura, nada más.
Un último aspecto. La película no desdeña el humor. Igual que Paco Plaza, el director hace buen uso del distanciamiento, de la ironía, del humor negro, escaso o inexistente en buena parte del cine de horror norteamericano. Recordemos algunos ejemplos: “por las dudas, no apague la luz”, “leí su libro… me gustó su encuadernación”.
Aire fresco, sí. Cruel y divertida, también. ¿La mejor película de terror argentina? Lo ignoro. Sin duda y sin más, una de las mejores de este año. Que el fantástico prosiga su andadura en la lengua castellana. Tampoco es algo extraño, larga es nuestra tradición: los sueños de Quijote, los dulces monstruos de Guillermo del Toro, las fantasías de Cortázar y Borges, el surrealismo de Buñuel y Dalí… Si alguien confía en que Aterrados es una rareza de terror, ignora el amplio juego de muerte, sueño y locura de nuestra cultura.

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