VERÓNICA: EL OSCURO SOL DE 2017

– A partir del cuarto párrafo, CONVIENE haber visto la película-

Por David Martin Acedo

Aunque la niña mimada del cine español ha sido desde siempre la comedia costumbrista, prodigios como Verónica nos recuerdan que el terror siempre estuvo aquí, entre nosotros, al acecho. Entre los múltiples guiños y referencias que colecciona hábilmente la película –semillas que todo cinéfilo celebra-, en el salón vemos escenas de Quién puede matar a un niño, esa cruel fábula de Narciso Ibáñez Serrador de un lejanísimo 1970. Aunque algunos acudan a Bécquer a la hora de citar el origen del terror español –y ni eso descuida el director en nuestra película-, nuestro terror tiene su corazón en Narciso, pater familias de maravillas como Historias para no dormir o La residencia. Vendrán luego La cabina, El día de la bestia, Tesis, Rec… a intentar ocupar el trono, pero Narciso preside el terror y suyos son la identidad y los cimientos. Una de las mejores películas de terror de este año –junto A dark song-no podía olvidar de quién es discípulo.

Para que una película muestre visos de clásico, debe permitir la afluencia de capas, géneros y lecturas. Retrato generacional, drama social, radiografía de esa extraña estación llamada adolescencia,… todo eso tiene cabida en Verónica. Y aunque acoja sin estridencias ni calzadores muchas aristas, la película sobresale especialmente como película de terror.

Acostumbrados al susto repentino, a la subida estridente del volumen, a la víscera, Verónica opta por desplazarse hacia el terreno de la incomodidad, a la cocción lenta del horror, a los detalles perversos que estimulan la posterior imaginación. Abundan las películas que te sacuden en la butaca y otras que te impregnan con una baba negra de malestar, que te persigue y susurra entre las sábanas. Pasar de la retina al inconsciente exige mucho más que gritos y sombras en la sala: las más escalofriantes escenas de Verónica recogen el testigo de Nosferatu (una sombra acecha), de It follows (apariciones sórdidas de lo familiar), de Stephen King (el uso sobrenatural de objetos cotidianos), de El exorcista (aquel hiperrealismo de los setenta)… Sobrecoge ver cómo lo sobrenatural y lo material se abrazan: un ruido, una luz anuncian presencias lóbregas.

Que una joya como esta sea fruto de un encargo y basada en unos casos reales –el expediente Vallecas, entre otros-, resulta casi irónico: Paco Plaza convierte este material en una obra muy personal. Aunque todo el cine tenga un fin comercial y un desarrollo industrial, se percibe en cierto cine una voz que excede las convenciones, una mirada original, un esfuerzo creativo que dice más de lo que muestra y elude lugares comunes. Como lo hizo antes Rec, su joven hermana quiere jugar con nuevas reglas en el patio del terror. Si Rec perseguía retomar el asunto de los infectados con un naturalismo inédito y humor costumbrista en un bloque de pisos de Barcelona, Verónica mezcla Ouija, satanismo y espectros en un entorno muy reconocible: aquellas tristes colmenas de ropa tendida en los noventa. Ambas se complementan como un cine de autor y de género, aunque distintas en la propuesta: experimental, formalmente audaz y barroca una; clasicista, intimista y oscura, la otra.

Nos desplazamos en el tiempo a 1990. Impresiona comprobar el detallismo, la fidelidad, la capacidad de evocación que tiene la puesta en escena Verónica para dibujar los inicios –aparentes- de la prosperidad, aquellos esbozos de modernidad con hombreras y chándales. A diferencia de productos como Stranger things o Super 8, la recreación está aquí despojada de nostalgia: Plaza desenmascara los falsos recurdos, el absurdo mantra manriqueño de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Las colas del Inem o los yonquis sentados en el bordillo pintan al natural, sin dulcificar, lo que realmente fue.

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Entre tantos aciertos, considero la elección de la época una llave maestra para entender mejor la película. Tiempo de transición, de transformación, de apertura a Europa y al crédito fácil, a la especulación y a las ETT. No sólo Verónica camina entre dos aguas o –si seguimos el patrón sonoro- entre dos tierras: luz y oscuridad, infancia y madurez, despertar sexual,… El país también se hallaba en su propia encrucijada y la madre, una Ana Torrent que cría insomnio y horarios de trabajo interminables, lucha por llevar dinero, prosperidad mientras se ausenta y permite que el drama crezca. Triste símbolo de los noventa: los falsos sueños rotos. Hasta el anuncio de Centella, convertido en mantra, expresa con ironía el engaño: una clase obrera se sueña media, con tiempo para ella, que brillará y disfrutará, sin saber que invoca su propio desastre. Y cada tiempo crea su becerro y su víctima propiciatoria.

En ese altar sacrifican a Verónica, figura triste, segunda madre e hija abandonada con el único destino de cuidar a sus hermanos y perder por la fuerza juventud, ligues, fiestas, borracheras y amores. Las obligaciones eclipsan su vida. El director acentúa su soledad con toda clase de recursos: los Héroes del Silencio con los que se aísla –parece asombroso hasta qué punto se funden “Maldito duende” y “Hechizo” con el tema y tono de la película-, la hermosa imaginen de la Ouija rota que oculta a la joven de su vida soñada, el icono regulador del eclipse y sus palabras: “yo sí estoy sola”.

Junta a ella, un casting que hechiza y brilla con su propia luz. Tanto Antoñito, las hermanas o la monja ciega –por citar algunos- encajan y bien merecerían algún que otro Goya. A Antoñito, adorable hasta lo indecible, nos hace sufrir más que cualquier atajo de adolescentes de tantos slashers americanos. Convertir en juego que irradia una química perfecta una escena con niños exige una sapientísima dirección y bien lo sabía Laughton y Hitchcock. Que nos estremezca la conversación con Hermana Muerte sin resultar acartonado requiere algo más que buenas líneas de diálogo. Conviene aprenderse bien la lección: las buenas películas de terror requieren caras desconocidas.

Verónica defiende y apuesta por un cine de género muy personal, evocador y minucioso como un mandala tenebroso, donde la tensión es firme y pausada hasta construir una leyenda desasosegante y una metáfora de todo lo que más tememos: soledad, oscuridad y sueños rotos. Es una pieza maestra del que nuestro maestro, Ibáñez Serrador, estaría orgulloso.

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