CEMENTERIO DE ANIMALES: LA ESPIRAL Y EL WENDIGO

 

CEMENTERIO DE ANIMALES: LA ESPIRAL DEL WENDIGO

“Usted y aquellos a los que ama están expuestos a la destrucción, doctor”

Por David Martin Acedo

La narrativa de Stephen King vive un momento dulce y no sólo el cine y la televisión han vuelto a depositar su confianza en el universo del de Maine, también medios más alejados como el cómic y la crítica respaldan este instante de enhorabuena. Enumeremos algunas de las adaptaciones más esperadas: Hulu nos brindará en breve la serie Castle Rock, donde se cruzarán muchos de los personajes de sus novelas más célebres; en septiembre los cines proyectarán la muy esperada It; este verano ya ha sido estrenada una extraña secuela, La torre oscura, inspirada en la magnus opus de King; pronto llegará la serie basada en el relato La niebla; proliferan las adaptaciones en cómic de esta misma saga y The stand,…

Su obra desafía en extensión nuestra imaginación. Su frenética mano ha recreado muchos de los mitos del terror clásico: la casa encantada (El Resplandor), los vampiros (El misterio de Salem´s Lot), Jeckyll y Hyde (La mitad oscura). Entre todas, quizá la que más se aproxima al terror puro sea Cementerio de animales (Pet Sematary). Dejen que les hiele la sangre esta novela antes de continuar leyendo esta reseña que no evitará desenredar la trama; si consideran spoiler analizar la oscuridad y horror de una obra publicada allá en 1983, no seré yo quien lo discuta.

El origen de la novela no suele discutirse: mientras vivía junto a una carretera mal señalizada, el pequeño Owen King estuvo a punto de perder su escasa vida bajo las ruedas del automóvil y seguir el triste destino del gato de Naomi King, enterrado en un cementerio de mascotas situado en las proximidades de su hogar. King intentó extender su personal pesadilla por toda Norteamérica, escribiendo una novela sobre la pérdida… en un contexto sobrenatural.

La novela contiene todos los ingredientes y el tono de humor negro de los creepy que King devoró en su juventud: una familia se muda a una casa junto a un cementerio micmac, tan maligno como poderoso, que tiene el poder de resucitar lo que allí es enterrado. King pudo así marcar otra muesca, esta vez sobre una de las figuras del horror moderno: el zombie. Pero en lugar de acudir al referente de George A. Romero, sorteó lo evidente y acudió a su terreno natural, la literatura, para recuperar y transformar referentes como el Lázaro bíblico, La pata de mono de Jacobs e incluso el Wendigo, un mito escogido por Blackwood y Lovecraft para aludir a un ser sobrenatural de América del Norte que se asociaba a la inanición y al canibalismo. A diferencia de muchos escritores actuales, más avezados en el lenguaje cinematográfico que literario, King ahonda en la tradición escrita, lógico en alguien que mantiene un horario estricto: 4 horas de lectura, 4 horas de escritura. Cada día. Eso se llama oficio, no industria.

La novela golpea en nuestra mandíbula como una terrible maza: el inicio muestra una calidez y una luminosidad sin paliativos, una familia dichosa con gato incluido, una pareja adorables de ancianos vecinos; el final no deja ninguna sombra de esperanza, sólo muerte y locura. Pocas veces King ha ofrecido un horror sin concesiones como en Cementerio de animales. Esta vez, no nos muestra la maldad procedente del corazón humano, no nos regala villanos o asesinos como Henry Bowers, Annie Wilkes o Randall Flagg. Contamos con un origen infecto, un maleficio parcialmente humano: los huesos de indios devorados durante periodos de hambruna fueron depositados en un cementerio, allí la tierra podrida engendró una oscura fuerza sobrenatural.

En cierto modo, no contamos con una maldad humana -aunque Jud avise a Louis de que “el fondo del corazón humano es aún más árido”- sino con una cadena de muy malas decisiones. Como advierte el fantasma de Victor Parrow a Louis: “la puerta no debe abrirse. La barrera se levantó para ser respetada”. No resulta casual que King eliminara de la fórmula a escritores y eligiera en su lugar a un doctor: como mad doctor, juega con los límites de la ciencia y traspasa y desafía las fronteras de la vida.

La lección moral viene revestida de horror en todas sus facetas. Para aterrorizarnos, operan las tres facetas del temor: contamos con el motor de la imaginación que nos invita a dibujar lo que no vemos y sí presentimos (la presencia malévola del Wendigo en la niebla, las huellas de barro en la habitación, la amenaza de Zelda y Parrow, la voz cascada de Rachel a sus espaldas), el horror hace explícito y visible los cadáveres que apuñalan, y por último, King no siente apuros en manejar en ciertos momentos la repulsión: el cráneo fracturado de Parrow, la putrefacción, la sangre… Al fin y al cabo, King enfrentó el gran tabú de nuestra sociedad, aquella que disfrazamos u ocultamos en velatorios, entierros y asépticas urnas blancas.

El principal escollo de King a la hora de asustarnos era el lector. Todos los aficionados al terror intuimos inconscientemente qué iba a suceder en el hogar de los Creed: cuando una puerta no debe abrirse y todas las señales advierten de su peligro, bien sabemos que nuestros queridos personajes la tirarán tarde o temprano al suelo. La habilidad de King para que devoremos una trama bien conocida y hacerla convincente fue estructurarla como una tragedia. Cartas marcadas desde el inicio. Como sucedía con Perseo, Paris o Casandra, Louis tiene señalado su destino y no puede sortearlo. Las profecías se multiplican y anuncian la destrucción: los sueños de la hija o las advertencias del fantasma de Victor Parrow (atropellado por un vehículo) no detienen lo que el lector bien presiente. Incluso la muerte del hijo pequeño, Gage -temido desde la primera página y no por ello, menos terrorífico- se describe a posteriori, durante el funeral. El narrador avanza un instante monstruoso, la mayor amenaza para un padre –y King lo temía- porque la secuencia la conocemos antes de que suceda. Como títeres, Jud revela un secreto, Louis atraviesa la barrera, Gage cruza una carretera, Rachel pierde su avión, uno se duerme, otro deja su maletín a mano… Poseídos por fuerzas externas, construyen su propia destrucción.

Wendigo

Las grandes novelas incorporan las piezas que aprovecha el lector para descubrir la estructura y el actor creador que cohesiona toda la trama. Pet Sematary tiene su centro en la espiral: el cairn es el túmulo cónico donde Louis sepulta a Church y a Gage. Cada movimiento de Louis recrea un círculo cada vez más cerrado que lo encamina hacia el abismo. La historia de Ludlow repite cíclicamente la misma tragedia: un toro, un perro, un hijo caído en una guerra,… alimentan la oscura espiral. Louis, manejado por la hybris, ignora las cadenas que lo van encerrado en el centro de la espiral. King revela el secreto de su novela: “la espiral era la más antigua señal de poder del mundo, el símbolo más antiguo con el que el hombre representa el tortuoso puente que podría existir entre el hombre y el abismo”.

Pese a que el horror es físico y terrible, la novela esboza un horror metafísico a través de estas espirales. Por coherencia, Louis sembrará en el cementerio micmac las semillas de su destrucción y los jirones de esperanza –avisos y afectos- no pueden frenar la maldición. Aunque Steve Materton logre huir de la espiral, Pet Sematary alberga innumerables secuelas. El Wendigo volverá a colocar las piedras en medio del camino y volverá el horror a despertar.

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