Viejo hombre blanco dice: Las Resentidas y El Canon

A Claudio Guillén

Por David Martín Acedo.

Permanecer en la nostalgia envejece la mente- Vicente Verdú

Harold Bloom ha logrado atraer un amplio número de lectores hacia terrenos antes vedados; ese raro cóctel de brillantez expositiva y entusiasmo ha dotado de placer e interés hacia autores esquivados por la mediocridad de nuestros tiempos; sus estudios en torno a Shakespeare o a la poesía visionaria del romanticismo inglés son de obligada lectura para quien ame la literatura; su canon occidental ejerce fascinación y admiración, no sólo por su amplitud, sino porque representa una brújula en un campo en constante expansión; en definitiva, Bloom combina sapiencia y goce estético, virtudes poco habituales en los críticos literarios.

Y sin embargo, cuando publicó su Canon occidental (editorial Anagrama), quiso declarar la guerra a buena parte de la crítica literaria del siglo XX: feministas, marxistas, neohistoricistas, afrocentristas, deconstructivistas,… fueron bautizados por su pluma como “miembros de la Escuela del Resentimiento”.

El eurocentrismo de Bloom y su desprecio no le hace merecedor del olvido: su lectura filológica, su visión antisecular y audaz le convierten en una figura capital, pero su humanismo es resistente y antimoderno. Su idea de canon, su lista de favoritos –un spotify megapremium de libros-, no resistiría la mirada amplia de minorías, mujeres o afroamericanos; tampoco resiste la atenta mirada de las diversas filologías: ¿qué lugar ocupa Biedma, Calders, Oates, Atwood o Inclán -por citar de forma arbitraria e injusta- en esta lista saturada de ingleses y norteamericanos?

En cierto modo, su aparente rebeldía ante las corrientes culturales no amaga su puro conservadurismo: los clubs selectos no admiten nuevos miembros junto a su butacón y su coñac. Como ya sucedió con Eliot, Gasset o el grupo de Bloomsbury, Bloom hereda ese desprecio persistente de la élite hacia la cultura popular y el multiculturalismo –son márgenes o residuos- y ansía situar la interpretación de los clásicos en un entorno neutral, lejos de circunstancias históricas, ideológicas o políticas. No le interesa si el humanismo de Petrarca se rebeló o no ante el comercio de esclavos; no le preocupa qué ideología o sentido de raza emergía de la poesía de Quevedo o las novelas de Kypling.

Es un esteticista. Cree en el texto como única fuente de saber, que no necesita biografía o contexto para ser interpretada; al fin y al cabo, los protestantes siempre han ideado su fe entorno a un libro. Su estudio se centra en la belleza, en la creación estética; buena parte de su análisis requiere de palabras sublimes, que poco dicen, para establecer como centro a Shakespeare: grandeza, extrañeza, agonía… Su humanismo se funda en la defensa de un pasado y la nostalgia melancólica por un paraíso perdido. La decadencia de Occidente vendría de los estudios de género o clase, del estructuralismo y del feminismo, que han invadido –bárbaros- sus tierras sagradas. Ni la historia, ni el lector, ni la ideología, ni la política ocupan su estudio estético.

Su enorme sapiencia procede de su experiencia con el libro, pero hoy el libro no es el único templo del saber ni la universidad ocupa el centro sacro del conocimiento. Decía Peter Sloterdijk  que entrar en la universidad era salir del mundo y ciertamente, el mundo abarca algo más que Shakespeare y su deconstrucción literaria.

Para los nostálgicos, a los resentidos se les atribuye la deshumanización de la cultura y la mediocridad actual. La agenda de Bloom parece similar a la de Marías: las figuras menores ocultan la grandeza de los dioses, en su mansión no pueden convivir tantas voces y corazones. Al César lo que es del César. Su tesis muestra una inocencia casi prístina pues ignora que son las políticas culturales del neoliberalismo y la influencia de la sociedad de consumo la que está minando la universidad y la escuela; en su tesis pervive la sacralización de la tradición, inamovible, inmutable, y una mirada que excluye y sanciona.

El término “resentimiento” resulta además desafortunada y maloliente en nuestra lengua castellana. A los vencidos tras la Guerra Civil –que vivirían su particular holocausto durante esos “25 años de paz”- se les acusa de resentidos cuando quieren “remover” el pasado, a las feministas se las tilda de amargadas, solteronas y por supuesto, resentidas, a los de abajo cuando encienden teas y claman pan o justicia se les etiqueta de “resentidos”. Poco importa que la crítica feminista haya desvelado los prejuicios y significados profundos incrustados en el lenguaje, sus análisis de la representación femenina, Beauvoir, Una habitación propia,… Resentidas, resentidas. Derrida, Barthes, Luckács, Adorno, Benjamin. Resentidos, resentidos.

Su perspectiva quiere ignorar los condicionamientos sociales y la recepción histórica; aspira a eternizar los clásicos y el crítico, censor moderado, sin una metodología científica ni un metalenguaje, dará el alto por mera intuición estética, sin separar los ojos del texto ni un milímetro. Borges ideó en su Biblioteca de Babel un aterrador infinito de galerías con infinitos pozos de ventilación: la literatura se aproxima mucho a ese Universo sin orden y Bloom pretende, bibliotecario ciego y un tanto místico, cercar una lógica en el caos. Los misterios de la creación literaria requieren fareros, no puertas o tapias, mucho menos guardianes. Bien está que su norma sea la estética, pero esa no ha de ser la única moral en esta torre.

Por fuerza, una mente particular no puede abarcar la cultura, menos sancionar o excluir. Su postura, nacida en un tiempo y circunstancia, hija de una raza y una ideología, heredera de una clase y una cultura, no escoge nunca libremente; hasta el lenguaje ha fosilizado inconscientemente y formado ciertos espacios e inclinaciones. Yo, por ejemplo, situaría a Homero o a Montaigne en el centro, pero lejos de confiarlo a un canon o a una civilización, mi elección se confesaría orientada por mi gusto y mi estado permanente de frontera, lejos de la institución y el poder.

Como filólogo, antes que crítico cultural, centro mi gusto en la lectura –limitada y biográfica-, en el análisis y en la comparación. Mis horizontes están más próximos a la literatura comparada que al esteticismo de Spitzer o Eliot: multidisciplinar, integradora de diversas culturas y artes, siempre en expansión y diálogo. Si la crítica cultural es una ciencia imperfecta, que lo sea entrelazando e integrando -de manera internacional, plurinacional y cosmopolita- a Cervantes con Ariosto, a Balzac con Scott, a la literatura con la arquitectura, a la estética con el psicoanálisis de Jung. El maestro Claudio Guillén no hubiera expulsado a Bloom de la crítica literaria por no adscribirse a la Literatura Comparada.

A la verticalidad de pasadizos y puentes de un castillo frente a un espigón de resentidas, que concibe Bloom para la literatura, donde los salvoconductos y los pases vip alimentan la confrontación; uno contrapone un paisaje, orgánico y ancho como el océano vibrante, más vespertino que crepuscular, menos nostálgico que esperanzado. El Parnaso no es un espacio de lamento, sino de jolgorio; las efemérides deben ser acompañadas con más nombres y títulos.

Menos nunca es más.

reescribiendo-enlaces-a-mano[1]

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