VIEJO HOMBRE BLANCO DICE: EL CASO GLORIA FUERTES

Por David Martin Acedo

Permanecer en la nostalgia envejece la mente– Sara Montiel

 

Resulta común confundir la cultura con la ética, la sabiduría con la bondad. Las personas más buenas que he conocido a duras penas sabían leer y restar. Es lugar común recordar la participación y penetración de los intelectuales en el III Reich. Goytisolo enumeró en Sobre los grandes hombres con ironía algunos de los trapos sucios de los grandes hombres: “Carlos Marx no podía ocultar ciertos rasgos de avaro/ Víctor Hugo fue un miserable/ Wagner odiaba desaforadamente a los judíos”.

No podemos negar la lucidez, la erudición y en especial, la sensibilidad humanística de Steiner, Bloom o Marías; quien escribe este artículo confiesa que a los tres les profesa admiración y respeto. Pero todo ello no presupone bondad y ni una grandeza moral sin aristas. La cultura y la ética no andan necesariamente por la misma senda.

Los hombres selectos, intelectualmente superiores, ya han demostrado ser ruines, mezquinos, vengativos; si el dinero no genera buenos samaritanos, tampoco el saber y una gran librería crea seres piadosos o compasivos. Ya Nietzsche y en especial, Benjamin señaló que cada época considera su cultura como universal y verdadera, pero ella esconde una superestructura, una ideología, una jerarquía de valores que santifica o discrimina: la burguesía sacralizó el trabajo y el beneficio; el capitalismo confía en el consumo su futuro; la época medieval ideó una visión teocrática de sufrimiento y eternidad;… Por mucho que nos ofenda, la verdad no suele ser belleza; en cada escritor, técnica artística, creación o torre de marfil, se desprende un orden político y una función (conflictiva, asertiva o fronteriza) en un marco de producción y hegemonía. Somos y estamos, incluso al crear un soneto, en favor o en contra de unos privilegiados, a favor o en contra de unos explotados.

Nuestros tres autores pertenecen a una cultura androcéntrica, asentada en una sociedad patriarcal, pero a pesar de lo que representa el feminismo como movimiento filosófico, político y social basado en la justicia y la igualdad, ellos han preferido desde sus escritos, teorías o columnas jugar a la defensiva. Más partidarios del apocalipsis que de la integración, si seguimos la célebre teoría de Eco, esquivaron con ceño adusto el humanismo planteado por Edward Saïd.

Dueños hasta hoy de la palabra, temerosos del pubis, resentidos por algún desengaño, demasiados hombres han erigido bustos femeninos silenciosos: femme fatalle, sirenas, vírgenes, Lilith, adúltera… Ahora ellas participan y ahí están los hombres para recordarle cuál es su sitio.

La cultura patriarcal ha establecido que la mujer se adorne, sea pasiva, encarnación del instinto y el misterio, símbolo de la naturaleza. En cambio, el hombre representa en este orden la acción, la razón, la luz. Con tinta casi invisible, las mujeres escribían bajo el dictado de la negación o la carencia; esto ha cambiado y las escritoras abandonan la bruma de la opresión, de la exclusión. Interrogan y cuestionan, sospechan de lo que esconde la cultura.

En Community, en su segunda temporada, Troy twitteaba todas las afirmaciones machistas, misóginas y racistas de Pierce en una cuenta llamada Viejo hombre blanco dice. Javier Marías, Harold Bloom o George Steiner no pueden ni deben ser catalogados como machistas, misóginos y mucho menos, racistas. Y sin embargo, sus dedos acusadores han publicado en prensa, libro o redes ideas y opiniones que llaman escandalosamente la atención. Tal vez más sobre la cultura de la que participan que sobre ellos mismos. Tal vez.

El caso Javier Marías

Escribe esto quien te admira y aprecia. Lo mejor de mi pobre estilo se lo debo en parte a Montaigne, en parte a la sintaxis reflexiva de Marías. En mi escasa biblioteca, tres autores españoles merecen el mayor tramo de estantería: Lope de Vega, Javier Marías y Rafael Chirbes. Pero mi persona, autora de un simple blog, apenas importa y la realidad corrobora la grandeza de uno de los novelistas esenciales del pasado y presente siglo. Más allá de los datos materiales –ediciones, traducciones, premios,…-, Marías ha logrado con algunas de sus mejores novelas –Tu rostro mañana o Corazón tan blanco, por citar ya dos clásicos- una obra europea, original, que reflexiona y analiza nuestra época, que conversa con Shakespeare y Cervantes.

Lamentablemente, en Marías convive su gran literatura y su articulismo. Esa otra faceta no le favorece. Ya provocó cierta indignación con “Ese idiota de Shakespeare” y de nuevo con “Mas daño que beneficio”. No es el primero ni el último: Vargas Llosa ofendió a la verdad y a su literatura cuando escribió “Aguirre, esa Juana de Arco liberal”, el lúcido Savater perpetró una falaz argumentación de la tauromaquia que anudaba los más pobres argumentos (la supervivencia del toro, la gran tradición, el arte, eterno bablabla) y esquivaré a otros que jamás tuvieron una gran obra y sus palabras no merecen mención en este artículo. El grueso de sus artículos participan de esa tradición costumbrista de opinar, juzgar y observar, en un estilo impresionista, que aparca el ensayo analítico, que contrasta e investiga, para aprobar o denunciar desde su púlpito. La frivolidad y la superficialidad invaden buena parte de las columnas que se escriben en este país; ejemplos de este tono, analizados por Sánchez Cuenca en La desfachatez intelectual, pueblan la escritura de Muñoz Molina, Cercas, Savater, Vargas Llosa.

El grueso y el fondo del artículo de Marías no es Gloria Fuertes, autora cercana en su poesía “sencilla”a Celaya o Goytisolo, autodidacta y muy popular, clásico de la literatura infantil, sino señalar -¡desvelar!- la conspiración de un ejército de feministas, en la sombra, organizadas y con poder, que se mueve por motivos espurios, no literarios. Y por decreto, como si ellas redactaran leyes o enmiendas, y tuvieran púlpitos y tribunas en este país con pavorosos techos de cristal. Ellas ensalzan a escritoras menores, sólo por la condición de poseer útero o senos. Este planteamiento da por sentado demasiados factores: que el feminismo es unitario, no plural y complejo, lleno de voces y sensibilidades; que Marías cuestiona algo que nadie sensato validaría y ninguna feminista en el ámbito cultural ha declarado –las escritoras son buenas sólo porque nacen y/o se sienten mujeres-; rescatar del olvido una poeta es un ejercicio político o sexual, no –como muchos pensamos- una arqueología que amplía los márgenes de lo hegemónico e incorpora nuevas memorias, otras poéticas a un canon bastante sesgado.

¿Merece la pena reivindicar a Las sinsombrero si ya tenemos a Salinas? ¿Para qué malgastar el tiempo con Zambrano si ya disponemos de Ortega y Gasset? ¿Qué narices hacemos con María Zayas, Belén Gopegui o Marta Sanz si tenemos siempre a nuestro alcance El Quijote? Pensar que una autora menor pudiera “contaminar” su Parnaso, en lugar de ensancharlo, es olvidarse de las pésimas políticas culturales que sí han maltratado –y mucho- y corroído a nuestra gran cultura. Para descargar la mala conciencia, sopesa y propone un censo sincero de buenas escritoras para compensar su juicio y su censura. Quizá a la enumeración, donde incluye a Arendt o a Austen en un saco atrofiado, le faltarían unas decenas de párrafos y varios artículos verdaderamente literarios, pero ahí están los puntos suspensivos para deducir su generosidad y erudición en este campo. Su juicio de valor responde por inercia a su personal jerarquía, al orden ideal que como lector y crítico concibe.

El problema estriba en que ese calculado número de palabras tiene como cebo y víctima a Gloria Fuertes, pero se reserva u olvida –ay- escribir qué ha leído de su obra, qué le disgusta, qué razones estéticas le conducen a expulsar de su canon a Fuertes. Como lector, como individuo común y mortal tiene derecho -y está muy bien- a opinar, juzgar, aprobar y crear su lista de favoritos; pero como académico, como autor de una columna que se dirige a un público amplio, como gran novelista y autoridad en el ámbito cultural, bien sabe que sus disparos no son de fogueo. De este gran novelista uno espera la generosidad de recomendar, de rescatar, de redescubrir; pero si se me permite el matiz moral, hay un fondo de mezquindad cuando un vivo ataca a un muerto.

Si bien Gloria Fuertes no merece una posición de víctima, entristece que un autor de éxito ataque a una autora de escaso reconocimiento institucional, una autoridad expulse del Parnaso a quien nunca entró, un merecido candidato al Nobel reduzca a lo menor a una autora que se ocupó del alto tan exótico y menospreciado como la literatura para niños. Para ser leído hoy por adultos –y no lo dudemos: los lectores son ampliamente mujeres-, antes Elvira Lindo, Pilarín Bayes o Gloria Fuertes se ocuparon de crear el hábito, el entusiasme de abrir un libro.

¿Qué le amenaza? ¿Qué le disgusta tanto para escribir este artículo? Margaret Atwood explicaba que los hombres temen que ellas nos ridiculicen, nos pongan en evidencia o roben parte de “nuestro” pastel”. El precio, si todo esto resultara cierto, es mínimo porque las mujeres, en cambio, se sienten amenazadas porque los hombres las matan, las violan y las agreden.

Presuponemos una nobleza al novelista y olvidamos que detrás hay un ser humano, un accidente lleno de azares y emociones contradictorias. Tal vez la prodigalidad del autor pudiera disculpar, por el exceso, sus torpezas. Hutten recordaba a Erasmo: “tus propias obras combatirán unas con otras. Te verás obligado a emplear tu saber contra ti mismo”. Su artículo destila desprecio, crea invariablemente una ofensa y algunas enemistades. Como ciertas amistades –cuidémonos más de nuestros amigos que de nuestros enemigos, pues ellos son nuestro reflejo cómplice-, ciertos escritos nos influyen y crean lazos y divisiones. Al querer disgustar y menospreciar al feminismo, más que a Gloria Fuertes, crea una inevitable alianza con el machismo y con sus principales representantes que no han tardado en defenderlo y recomendarlo “obligatoriamente”. Y ni Marías ni su literatura lo merecen.

Gloria Fuertes

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