Nolite te bastardes carborundorum

A Núria Varela

I

“Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo” Eduardo Galeano

En la copla Tres puñales, interpretada por grandes voces como las de Marifé de Triana o Poveda, una mujer enumeraba los principales peligros que la amenazaban: indiferencia, traición y acero amargo. Demasiado bien conocemos ese acero: los maridos españoles matan más que ETA y por más que lo intenten ciertas fuerzas, las estadísticas y el feminismo –aunque debemos dudar del singular para este movimiento plural- han desmentido que se trate de amor, crimen pasional, locura o algo excepcional. El muy esclarecedor ensayo de Núria Varela, Íbamos a ser reinas, lleno de testimonios y cifras, ha demostrado que para que se produzca la violencia de género, muchos puñales se habrían congregado antes alrededor, en oscuro círculo, alrededor de la mujer.

Para la otra mitad de nuestra humanidad no queremos temblores de agonía ni telarañas de miedo por llevar falda, por mostrar pezones, por caminar solas de madrugada, por interrumpir su embarazo… Hay mucho en juego y en las revoluciones, si son verdaderas, como resumía aquel Che Guevara, se triunfa o se muere. Cuando las mujeres deciden terminar con la violencia es cuando corren mayor riesgo de muerte. Si actuamos con tibieza o peor: en complicidad con amigotes, nosotros, los varones, fácil resultará plegarse y reanudar la violencia contra vosotras, nuestras hermanas e iguales. Soñolienta o aterrada, bajo una cultura de miedo, apatía y violencia, una sociedad se tiñó centímetro a centímetro de nazismo, de fascismo, de totalitarismo. Trump gobierna hoy. Gallardón quiso privar a las mujeres del derecho a decidir la interrupción voluntaria del embarazo. Las criadas concebidas por Margaret Atwood pueden aparecer si cedemos y admitimos ciertas prácticas. Pero de entre todas las amenazas, tres son los más terribles puñales que se asestan hoy contra ellas. Muy cerca de casa. Provocan escalofríos y sudarios en este país. Mientras algunos quieren vírgenes llorosas en altares y putas en los arcenes, nosotros queremos denunciar ciertas costumbres, ciertas instituciones, cierta cultura, todas viejas y todavía no caducas. Esos puñales liman libertades, cosen sudarios e insatisfacción en la vida de ellas y por último, de nosotros.

II

“Pero un día alguien te preguntará por tus obras buenas y llorarás y llorarás con pena al ver tus manos vacías” Manos vacías (copla)

La primera fue, es y no será una daga que lleva siglos fuera de la vaina y apenas ha rectificado su sangriento trazo. Jamás se ha retractado o admitido sus responsabilidades. Ha pedido sumisión y resignación, obediencia y ternura y ha golpeado a las mujeres sublevadas con el mango de su puñal para arrastrarlas al convento, al infierno o a la hoguera. Antes concebía dos clases de mujeres: hijas de Babilonia o santas; ahora ha rediseñado el fin y destino de las mujeres: madres o esposas. La Iglesia lleva siglos con su hoja afilada: una jerarquía que excluye a la mujer del sacerdocio, predica para la casada tareas del hogar y pudor y recato y abnegación en la cama, se esfuerza por impedir que la mujer sea dueña de su cuerpo y construye un solo afecto: heterosexual, monógamo y reproductivo. El Vaticano no ha accedido hasta el día de hoy a la CEDAW, Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer. Forma un grupo selecto junto a Irán, Somalia, Sudan y Tonga.

El siguiente puñal resulta más moderno y parece más bayoneta que arma antigua. Las nuevas instituciones, empresa o estado, desangran con sus estructuras, sus leyes, sus techos de cristales -igual que pequeñas incisiones- el espacio de la mujer. Desigualdad y legitimación de la sociedad patriarcal. En el consejo empresarial, el varón ocupa el centro y demandan gestos viriles a sus dueños. En el gobierno, los mayores puestos de responsabilidad recaen sobre ellos. Organismos públicos como la RAE ofenden con su “calientapollas”, su “sexo débil”, su “mujer pública”,… Los trabajos no remunerados son invisibles desde la óptica capitalista y recaen sobre ellas. Las preguntas se amontonan: ¿Cuántas guarderías públicas en cada ayuntamiento? ¿Qué ha sido de la conciliación laboral y familiar? ¿Permisos de paternidad equiparables a la de la mujer? ¿Desea mujer un puesto en nuestra empresa y ser madre? ¿No se te pasa el arroz? ¿La ley castiga de igual modo a la prostituta y al cliente, a la explotada y al explotador? La economía y la política mantienen los viejos lazos para apresarlas, conservan la carga ideológica de una cultura hecha por y para ellos.

Ante este desigual juego de esgrimas, donde ellas empiezan al fin a unirse, a empoderarse, a construir una sororidad combativa, a sumar aliados y poder, pero deben todavía combatir contra otro puñal: el cultural. Nuestra cultura invade el hogar, la sexualidad, las costumbres, la representación y el orden simbólico, hasta el cuerpo de las mujeres. Nos recuerda Beauvoir que “no se nace mujer, se llega a serlo” y el significado de la feminidad no es un absoluto, a ella se adhieren cargas y connotaciones como a las rocas se adhieren moluscos y algas. “Una rosa es una rosa, excepto aquí” enfatizaba con tristeza Offred en The Haindmaid´s Tale. La cultura del patriarcado impone cuál es el valor y la posición de la mujer en el mundo.

Mientras la prensa pierde credibilidad y fuentes de ingreso, pretende afianzar una posición subordinada de la mujer: el deporte apenas es femenino, se las recluye a titulares de prensa del corazón y moda, apenas cuenta la prensa con expertas y las noticias las etiquetan de esposas, madres, bien vestidas o alegres. La alta cultura ejercita la misoginia y el machismo: de Shchopenhauer a Quevedo, de Aristóteles a Rousseau, de Freud a Ortega; ciertos columnistas de la prensa “seria” en este país producen rubor o náusea en su desprecio hacia la mujer: ya sabemos bien quiénes y serán causa de otro artículo próximo. Demasiada música ofrece a la adolescencia modelos de hombres violentos y zorras sin escrúpulos. Demasiada publicidad utiliza a la mujer como reclamo sexual y hasta en la infancia, el sexismo cubre de azul y rosa los juguetes.

 

III

“ADELA- ¡Aquí se acabaron las voces de presidio!” -La casa de Bernarda Alba, F. G. Lorca

El mundo será más oscuro y peligroso si los hombres siguen solos en su cima y los puñales, desnudos en la mano, no son retirados a un rincón de la armería. Nos va la vida en ello: la guerra, juego mortal de virilidad y victoria, segará más vidas si no atendemos las plegarias de las troyanas, la rebeldía de Lisístrata o las palabras de Susan Sontag que apuntan a una solución: la empatía. El amor, cara opuesta de la muerte y de la guerra, puede salir del círculo tóxico y muy corrosivo del romanticismo, centrado en el sufrimiento y la queja, cuando se amplíe e incorpore la mirada de Virginia Woolf, no la crueldad caprichosa de Hamlet –que maltrató y trastornó a Ofelia-, ni la violencia manipulada de Doisneau –que retrató un abuso en el Día de la Victoria-, ni la obsesión enfermiza de Werther. Por muchas razones, la vida y el afecto reinan en el corazón de ellas, hay en el centro del feminismo un anhelo de justicia e igualdad incomparables; por el contrario, el machismo, basado en la discriminación, mata y ofende a la ética.

Los anarquistas recuerdan incluso hoy que la solidaridad y el amor universal deben regir el mundo: esta postura parece más probable si triunfa la lucha feminista. Ya Emma Goldman logró esa alquimia entre dos visiones políticas, aparentemente distanciadas. Los viejos puñales se parecen demasiado a aquellos viejos enemigos del XIX: militarismo, iglesia y capitalismo. Igual que el anarquismo, a vosotras os ampara la razón y una arma secreta, que conserváis a vuestro favor: la educación. La escuela la forman hoy las mujeres; en la casa, en el secreto compartido del pecho y de los cuentos, podéis esbozar y susurrar otro mundo posible. No olvidemos la valiosa lección: la conciencia y la libertad se forjan gota a gota en la infancia. Os acompañan ya en este trayecto algunos padres y algunos maestros, pero hasta alcanzar la utopía, como aquel flautista, guiad con vuestra melodía revolucionaria a la infancia.

Por supuesto, para vencer y enterrar tantos puñales, necesitaremos la calle y el voto. Espacios de identidad y reafirmación. El voto femenino requirió huelgas de hambre, encadenamientos, panfletos, protestas y víctimas. Y surgen nuevas formas de lucha en las redes. Ni un paso atrás. Muchas han sufrido para que se detenga el avance: Emily Wilding Davison, Malala Yousafzai, Ana Orantes, centenares en nuestro país, miles en el mundo.

No permitas que los bastardos te destruyan.

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