GLOW, GLOW, GLOW!

Por David Martin Acedo

Lo mejor que le está sucediendo este año a la televisión viene marcado por el sello femenino. No se trata de una campaña de lo políticamente correcto o una oscura confabulación feminista, como algunos columnistas y tertulianos insinúan: es el signo de los tiempos que deseamos imparable y no marcado por alguna discontinuidad que haga retroceder este nuevo discurso, lleno de nuevas voces y sensibilidades. Citemos algunos de los ejemplos más notables de esta impronta violeta de las series: Feud o Little Big Lies, ambas emitidas por HBO. Una de las series del año será, indiscutiblemente, la pesadilla distópica basada en la novela de Margaret Atwood, El cuento de la criada, que enraíza y replica a la oscura América de Donald Trump. 13 reasons why situaba en el centro del debate público la cosificación, el acoso y el suicidio en un inteligente drama adolescente que barrió como fenómeno mundial en hogares e institutos.

Este inicio de verano, durante una de las más intensas y precoces olas de calor, nos ha deparado otra cruz en este lista y que ha vuelto a incendiar las redes: una divertidísima incursión en el wrestling femenino que Netflix, cada día más astuta, ha mimado y publicitado en calles, estaciones y carreteras. Incluso Marta Sánchez, icono de los ochenta, se ha sumado a la campaña con su No controles. En cualquier caso, la serie GLOW se propone homenajear a aquellas mujeres que allá por 1986 se asomaron a la televisión con una muy teatral, colorida y burlesca lucha libre, retransmitida desde el Hotel Riviera y que llegó a disfrutar de cuatro temporadas y una audiencia fiel. GLOW se centra inicialmente en una joven, aquella dulce Annie de Community, que ve como su vida descarrila: desastre sentimental, ruina económica, desempleada y desesperada por acceder a un estrellato donde los hombres se llevan los mejores papeles. Como señala su mánager, ella es una chica normal, demasiado corriente.

Pero no nos llevemos a engaño, estamos ante una serie coral. GLOW cuenta a su favor con un abanico de personajes atractivos, cuidados en el guion y en la pantalla, con un background que les permitirá protagonizar muchos de sus futuros episodios. Esta es una de los muchas similitudes que comparte con Orange is the new black: un casting brillante y muy coral; un acento reivindicativo y político muy progresista, nada disimulado; un humor ácido y desenfadado (los diálogos merecerían un artículo propio); multiculturalismo y mensaje interracial; una protagonista-foco como aquella Pyper de Orange que sirve como rótula para articular y desplegar todo a su alrededor; las rejas han sido sustituidas por cuerdas rosas;…

A excepción del director, los hombres asumen el rol de las mujeres en la sociedad patriarcal: torpes, inútiles o simplemente, bobos, pero aquí el contexto misógino no toma el relevo con un odio declarado a los hombres pues ninguno resulta villano o cargante; al contrario, enternecen: el ruso, gerente del mote, que torpedea a cualquiera con su “tengo una mujer, a veces”; el mimado y aniñado productor; el egoísta y machista marido de Liberty, pero por encima de todos, luce el director: cascarrabias, bruto y astuto a partes iguales.

No obstante, las verdades estrellas del evento se encuentran, batiéndose y entrenando, en el cuadrilátero. Actrices, bailarinas, modelos, dobles que habían sido expulsadas del canon por su talla, su raza, su edad o su aspecto buscan una segunda oportunidad bajo disfraces y llaves pugilísticas: una loba, una adolescente punk, una madre en crisis, una actriz fracasada, la hija de un luchador profesional, una fiestera adicta a las drogas… En otra época o cultura, futuras, estas mujeres tratadas como freaks hubieran triunfado en el circuito más mainstream; el tiempo y el machismo las redujo al ostracismo y hallaron en el wrestling otro sendero.

La serie no descuida ninguno de sus aspectos y su principal baza sigue siendo su guion y sus interpretaciones. Pero no omitiremos la magnífica ambientación de aquellos años ochenta: JR, Guerra Fría, Barbra Streisand, walkmans y VHS, la heroína y el SIDA, Reagan… El look y en menor medida, la música nos ayuda a visitar de nuevo, como en aquella Back to the future (inolvidable el instante en que la citan), aquel tiempo marcado por la laca, el liberalismo de Wall Street y los tirantes. Incluso en el aspecto cinematográfico, la serie recoge, más que Orange, el espíritu y mensaje de una obra maestra de aquellos ochenta: Rocky, a nuestro juicio su principal referente. Miseria, clase trabajadora, afán de superación, un realismo sucio, dramático y esperanzador resultan ser algunos de los aspectos que comparten ambas obras, además del cuadrilátero y la lucha. Recordemos que la madre de Sylvester Stallone (¡!) promocionaría y “representaría” a algunas de las luchadoras del Glow original.

Creemos que GLOW no sólo es una buena serie, sino un producto adictivo que nosotros devoramos en dos días. Las cuerdas serán rosas, pero no nos llevemos a engaño: no es una serie sexista, sino una obra humana, feminista, de mujeres guerreras en una sociedad patriarcal. Los golpes son ensayados y nadie recibe daño, pero esta serie nos ha dejado marca. ¿Alguien nos presta un micro?

Glow, glow, glow!

Glow-poster[1]

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