MASTER OF NONE (T2): LA VOZ DE UNA GENERACIÓN

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Por David Martin Acedo

Los que nacimos alrededor de los ochenta hemos buscado desesperadamente -como aquella Raquel encarnada por Leonor Watling- nuestro lugar en el mundo, hemos perseguido culpables y espacios de nostalgia y sobre todo, absortos en nuestro ombligo, confusos y con proyectos endebles, nuestra generación ha intentado localizar portavoces en la literatura, en la televisión, porque nos caracteriza –y define- mejor el símbolo, lo autorreferencial o la cultura que la política o el trabajo.

Más proclives al ocio que a la crianza, nacidos en una democracia fallida, hundida por los pelotazos y tantos maletines en estadios y ayuntamientos, amordazada o folclórica, los que nacimos tras la última explosión demográfica –el baby boom– quisimos ser modernos, cosmopolitas y osados en un país anciano, taponado, lleno de un aire –siempre todavía- católico, conservador y rancio. Narcisistas y un tanto arrogantes, más hijos de la televisión que de nuestros padres, acumulamos carreras y cursos, pero también sueldos de mierda y trabajos –y vidas- precarias[i]. Como un Frankenstein dubitativo, nos han despiezado y etiquetado como generación Nocilla, mileurista, X, afterpop y tardomoderna; pero sólo estamos seguros de dos cosas: que viviremos peor que nuestros padres y compadecemos a quienes nos releven.

En televisión, la de aquí, la de casa, mal o burdamente nos han retratado. En Compañeros aparecían problemas que ya hubiésemos querido nosotros, la última quinta de BUP y FP; en Médico de familia, en Cuéntame,… No perdamos más tiempo y miremos fuera de nuestras dudosas fronteras[ii]: Friends, Girls o las dramedias de Appatow, por muy maravillosas y recomendables que sean, están destinados a nichos muy concretos o están repletos de niños bien, sin serios problemas materiales; pijos, blancos e “hijos de”. Lo más parecido a nosotros, si restamos de la fórmula a los hípster y a los futuros señoritos de Esade-Salesianos & Co, lo hallaríamos en Louie, Skins y en especial, la serie que hoy analizamos: Master of none.

Por sorpresa, un comediante de stand up y de origen indio, actor y escritor de escasa estatura y voz aflautada, Aziz Ansari, ha conectado emocionalmente con nuestra generación y nuestros conflictos: amor, religión, sexo, identidad, familia,… Con apenas veinte episodios, emitidas por Netflix en dos temporadas, nos brindó ya en su octavo episodio –Parents-, un mensaje de gratitud y autocrítica hacia quienes –mejor o peor- nos concibieron. Si su primera temporada recibió el espaldarazo de los Emmy y los Critics Choice Awards; la segunda, rodada en Italia y Nueva York, representa el más sincero, natural y reflexivo retrato de nuestra generación que, sin dejar de ser divertida, resulta realista y nada edulcorada, emparentándose con la comedia de los 70: “Manhattan”, “El rompecorazones” o “Tootsie” son sus principales referentes.

Esta segunda temporada amplía el tributo cinéfilo e incorpora, además del estilo y la temática de Woolly Allen, el cine italiano: Sica, Antonioni o Fellini[iii]. Su primer episodio, la primera de las diez películas que componen esta temporada, resulta una osadía, además de una declaración de intenciones: blanco y negro, conversaciones en italiano, y un rendido homenaje a Vittorio de Sica. Pero los guiños y las referencias están hilvanadas dentro de una serie que ya ha alcanzado una madurez técnica y creativa indiscutibles y nos permite adivinar una demora para su futura –e incierta- tercera temporada. El control, la entrega y la riqueza es de quien hace y expresa libremente todo de lo que es capaz. Y en este caso, es mucho.

Esta vez, cada episodio adquiere una mayor independencia y algunos de ellos alejan al protagonista del foco. Como en un menú de degustación, cocina a fuego lento, quiere ser variado y original. Su octavo episodio, Acción de gracias, describe sin condescendencia o forzado idealismo cómo una familia afroamericana asimila –o afronta- la orientación sexual de su hija; esta obra de arte, escrita por Lena Waithe, además de un sólido guion, tiene un soporte excepcional con la interpretación de una Angela Basset comedida y brillante. El episodio titulado New York I love you, plantea de forma coral y multicultural otra visión de Nueva York, protagonizada por un portero de hotel, una sordomuda y un taxista; otra pieza autónoma y que es en sí misma otra joya cinematográfica.

Más interesados en el naturalismo que en un idealismo ramplón, Alan Yang y Ansari optan por reducir el tiempo de pantalla de Ansari, pero dotan de sinceridad su historia de amor y logran que nos identifiquemos –incómodos testigos- con ese desolador regreso en taxi, que evocaría y replicaría a otro viaje en taxi de la primera temporada. Esta vez y de forma gradual, como alerta el personaje de Jeff, interpretado por Bobby Cannavale, el amor se propone dramático, doliente, dirigido esta vez a Francesca, modelo femenino que se aparta de las dulces y adorables líneas de Rachel y dibujar una figura más adulta, más compleja y por tanto, más interesante[iv]. Si la primera temporada proponía un demoledor esbozo de las rutinas de pareja, la inevitable convivencia, en su noveno episodio, aquí el conflicto resulta más dramático.

Sea o no millenial, hípster o afterpop, Master of none no resulta cínica, narcisista, hedonista o depresiva, etiquetas o signos que distinguen buena parte de la filmografía generacional. Optimismo y ternura puntean no sólo la amistad de Dev y Arnold, sino la filosofía con que encara los problemas. Con una ligereza, que conviene no confundir con simpleza, a los creadores les preocupa –y mucho- el racismo, los estereotipos, el sexismo (10S2, 07S1), la homofobia, el clasismo, los conflictos intergeneracionales, la fe (03S2) o la falta de ella,… pero el mensaje convive oculto en las vivencias de los personajes.

Joie de vivre y sencillez. Las notas de vitalismo que rebosan la serie impiden que esta genialidad se asiente en el moralismo o el melodrama. Aunque percibimos ambición y genialidad, Master of none quiere ser humilde, sincero. Aprendiz de todo, maestro de nada. Aprendices en la primera, maestros en la segunda y en ambos casos, mientras degustamos el plato, descubrimos un portavoz de nuestra generación como lo fueron, tiempo atrás, Kevin Smith, Danny Boyle, John Hugues o Elia Kazan.

Grazie mille!

 

[i] El precariado de Guy Standing, editada por Pasado y presente, 2013

[ii] Con mayor o menor acierto, el número en nuestra época se reduce a Crematorio, Nit i dia, Arròs covat, Muchachada Nui, Paquita Salas, El fin de la comedia y El Ministerio del Tiempo.

[iii] A quienes tengan interés en reconocer las referencias cinematográficas, recomiendo Vulture.

[iv] Las mujeres jamás envejecen y mucho menos, mal como dicta la tradición patriarcal: crecen en pasión e inteligencia. Bastantes hombres, en cambio, no sólo envejecen mal, enferman y arrugan su vida, obsesionados con lolitas, entregados a demostrar más de lo que tienen y menos de lo que son.

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