Rime, la luz de las emociones

Pájaros de sal
Ciegos de llorar
Vuelven a volar

 

“The Song of the Sea”, BSO Rime

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Hace muchos años que estamos viendo que la industria de los videojuegos se está convirtiendo en un arte cada vez más maduro, capaz de contarnos historias de una manera que antes, quizás, no hubiéramos llegado a sospechar. Por lo general, han sido las propuestas más pequeñas las que más han arriesgado a la hora de mostrarnos historias en las que el componente principal son las emociones: Firewatch, Gone Home, Dear Esther, Everbody’s gone to the Rapture… Narraciones en las que primaba la necesidad de contarnos una historia por encima de las mecánicas jugables, un equilibrio difícil de lograr y que en muchos casos decaía en el bando de la narración.

 

Tequila Works, una desarrolladora española, ha logrado un delicado equilibrio entre ambos elementos: nos cuentan una historia a través de sus mecánicas, mediante sus diversos puzzles y el escenario. Y eso no es nada fácil, señoras y señores, es tan complicado que servidor no puede hacer otra cosa que aplaudir el logro alcanzado. Pero esto es algo de lo que no seremos plenamente conscientes hasta haber alcanzado el final de la aventura, con un epílogo que demuestra el grado de madurez que ha alcanzado, no sólo la desarrolladora, sino la industria. En definitiva, estamos ante una experiencia tan bella y cautivadora, como dolorosa y triste.

 

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El juego nos pone en la piel de un niño que, tras un supuesto naufragio, llega a las costas de una misteriosa isla, repleta de secretos y totalmente deshabitada: parece que una antigua civilización la habitó y, extrañamente, ha desaparecido. Nuestro objetivo será descubrir lo que sucede en esa isla y por qué, extrañamente, todo parece estar relacionado con nosotros. La historia se nos narrará sin una sola palabra, sin diálogos: mediante pequeñas cinemáticas y a través de los murales que podremos observar (e iluminar con el canto del niño) y, como ya he dicho, mediante el entorno y sus puzzles. Un logro mayúsculo en el que todo lo que vemos está perfectamente justificado, no hay elementos en pantalla que sobren: su planteamiento es, sin duda, excelente y apabullante. Pero será en una segunda partida donde nos daremos cuenta de todo ello. Como en las grandes obras de arte, a medida que vuelves a visitarlas, vas observando detalles que se te habían escapado, elementos que no habías reconocido.

Rime está marcado por un desarrollo fluido y sin un solo tutorial que nos explique cómo movernos ni qué hacer, pues todo está diseñado para que sea totalmente intuitivo: pequeñas zonas de plataformas, de buceo, puzzles…   no suponen una gran dificultad, algo que quizás pueda hacérnoslo concebir como un juego fácil en el que prima la exploración. Pero, seamos sinceros, su dificultad no radica en las mecánicas jugables sino en la implicación emocional que supone: sí, inicialmente nos maravillaremos con el mundo que nos rodea, nos sentiremos como un niño viviendo una aventura mayúscula, con sus tramos de ensimismamiento, de miedo, alegría, tristeza… pero traten de jugarlo nuevamente tras terminarlo y sabrán a qué me refiero.

La puesta en escena está inspirada, sin duda, en el paisaje mediterráneo: sus playas, la luz, el color del mar, la vegetación, los animales… Pese a que gráficamente no es puntero (ni falta que le hace), el juego luce un apartado artístico maravilloso: la saturación de los colores, la arquitectura de los edificios, los ciclos de día y noche… Ver amanecer y ponerse el sol, con las sombras alargándose tras tus pasos y el sol alzándose o cayendo es un espectáculo en el que demorarnos con total tranquilidad, pues el juego invita a ello con sus paisajes. Dudo que alguien sea capaz de olvidar ese laberinto en la oscuridad, iluminado por el canto de nuestro protagonista, un mar de oscuridad que se ilumina en oleadas… o ese escenario final bañado por la incesante lluvia… Escenarios que simulan un cuadro en movimiento.

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Y, si visualmente es una obra de orfebrería, la banda sonora es de lo mejor que ha visto la industria en muchos años. La música que ha compuesto David García Ruiz es de una belleza indescriptible, que acompaña nuestros pasos por esta aventura con la magnificencia y delicadeza que merecen. Junto a la banda sonora creada por Austin Wintory para Journey, estamos sin duda ante la música más evocadora que recuerdo haber escuchado en un videojuego. La guinda del apartado musical la pone la canción “The song of the sea”: la voz de Mirella Díez, la letra y la música crean un poema inolvidable. Tal y como esta obra merecen.

No vamos a engañar a nadie, el juego tiene algunos errores, como algunas ralentizaciones preocupantes y la ausencia de dificultad (justificada, en cualquier caso), pero no empañan el fantástico resultado de la obra. Estamos ante una obra mayúscula creada por un pequeño estudio que, si ya con Deadlight habían mostrado tener muy buenas ideas, aquí han dejado patente que son un estudio imprescindible.

Rime es un cuento susurrado con delicadeza, en voz baja. Una nana cantada en silencio, en una habitación bañada por el sol, que ilumina la belleza y el dolor de un mundo que ha sido, es y será y que jamás se olvidará. Rime es un amanecer en la puesta del sol, un silencio elocuente, un pájaro de sal, una vivencia. Un hito y una obra de arte.

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