13 REASONS WHY: Una tragedia sobrenatural, 13 cicatrices

                           ¡¡¡¡¡¡¡¡OJO SPOILERS!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Por David Martin Acedo

“El Mundo está sediento de Amor: aplácalo” Rimbaud

I: ¿Otra serie juvenil?

La novela de Jay Asher se alzó en su momento como el gran bestseller juvenil de 2011. Con el respaldo de Selena Gomez y la participación del director de Spotligh, Netflix olfateó pronto otro éxito y apostó por su adaptación televisiva con trece episodios, aunque optaron por una promoción bastante discreta. Sabían que tenían entre las manosun producto que se vendería al por mayor, ya que abordaba dos temas explosivos como eran el acoso escolar y el suicidio; las redes sociales realizarían mejor publicidad que la plataforma y en efecto, el fenómeno Stranger things se repitió, pero aquí terminan las similitudes. Porque la trama en nada se asemejaba a aquel producto retro, a medio camino entre Los Goonies y Cuenta conmigo: tras el suicidio de Hanna Backer, su amigo Clay recibe en la entrada de su casa 7 cintas de casette grabadas por ella y cada una de ellas expone una de las razones que la condujeron hasta su muerte. Pronto averigua que él será una de esas razones.

¿Otra serie juvenil? Tal vez, no. Los principales protagonistas son un acertado elenco de adolescentes; los adultos, esos seres maduros y responsables, quedan relegados a figuras secundarias, en roles de “padres” o “educadores”. Pero la serie desafía las convenciones del género, asentado por Sensación de vivir, Salvados por la campana y afines; y logra así incomodarnos, llevarnos a un territorio desconocido: los adolescentes son descritos como personas complejas, confusas, inmersas en asuntos turbios –de identidad, de sexualidad, de horizontes- que los adultos ignoramos o intentamos no ver.

Admitámoslo: el adolescente es un invento moderno, un ser escurridizo y en transición que no sabemos tratar o conocer. Nuestro siglo XX lo construyó, pero sin prepararnos ni prepararlos para el mundo. La literatura había tenido a Oliver Twist, a David Copperfield, a Lazarillo de Tormes, a Peter Pan: niños, seres inocentes y en juego perpetuo; pero ya Goethe insinuaba con Werther lo que llegaría y no nos atrevemos a mencionar. Tan vulnerables como conflictivos, los adolescentes empezaron a brotar en el siglo XX: la criatura adorada y quebrada de Lolita de Nabokov, la figura asocial y reprimida de Holden Caulfield en El guardián entre el centeno, aquel James Dean enfrentado al mundo y el trágico Platón de Rebelde sin causa.

Estos seres, habitantes extraños en un mundo que no está hecho a su medida, utópicos (sin lugar) y destronados de la infancia, tienen en esta serie una representación auténtica, fiel y a su medida. Lo que los adultos llamamos tonterías (una lista de guapas, un comentario, una simple foto), no lo son en absoluto. Esos chavales follan, matan, lloran y se matan. Además de estudiar y sudar, viven y sufren. La serie explora este territorio. Es adolescente en un sentido estricto: ni paternal, ni condescendiente. Parece construida por y para ellos. Los adultos con incomodidad contemplamos este páramo y sus pequeños oasis, pero la visitamos como forasteros sin carta de ciudadanía.

Las cintas organizan y vertebran la estructura, pero también el espíritu, de esta serie adolescente. Con acierto, ellas funcionan para intensificar los paralelismos entre el presente y el pasado. El tiempo pretérito de Hanna, narrado por ella, adquiere una fotografía cálida porque todavía hay ilusión y vitalidad; Clay habita el tiempo presente lleno de colores fríos –azul, gris-, donde el suicidio empieza a crear su propia espiral –culpabilidad, tormento, castigo- y convertir, a través del fantasma de ella, figuras cada vez más ausentes. El presente toma una forma espectral, llena de silencios, y la dirección juega con las cortinillas que yuxtaponen presente y pasado. A medida que avanza la trama, se diluyen los movimientos entre ambos tiempos, las cintas influyen e impregnan todas las vidas.

Los granos de arena que sofocaron y enterraron a Hanna –un poema, una foto, un rumor, una fiesta, una entrevista, una piscina- pasan a convertirse en un desierto en el presente. Conviene realzar el carácter sobrenatural de esta serie: los personajes terminan embrujados, a excepción de Bryce, y es que no sólo la yuxtaposición entre presente y pasado afecta a los trece, la serie electriza y aturde cuando Hanna aparece en el presente, ausencia presente, fantasma melancólico como los que pueblan el Hades griego. Igual que sucede en los relatos de terror, Trece Razones desvela el silencio que subyace en el ruido; el vacío, bajo el orden; la realidad; tras la apariencia. En muchos sentidos, el instituto de la serie está encantado.

II: las prendas mal halladas

Las cintas, testigos de un crimen colectivo y sin culpables aparentes –como aquel del Orient Express-, a excepción de Bryce (coloquen este sintagma de aquí hasta el final del artículo), embrujan a quienes lo oyen. Pero también reconstruyen los pasos hacia la destrucción con valiente: con un tono expositivo y no valorativo, sitúa los hechos y a los personajes para que cada espectador mida, juzgue, apruebe o sancione. En lugar de buenos y malos, la serie se centra en un grupo diverso de seres, más allá de roles y estereotipos; más allá del homosexual, del empollón, del deportista. Se centra en las razones, en los equívocos, en la vida interior de los trece. Tal vez Justin, siendo el desencadenante de la tragedia [i], sorprenda por sus muchas aristas y contradicciones: cómplice de una violación, producto de un hogar roto, tan estúpido como confundido que lo convierten, sin duda, en algo más que “el chulo del instituto”. Como decíamos, será Bryce quien presente una sola dimensión, aunque bastante real y habitual en los institutos: el niño rico consentido, admirado por unos, capaz de ver sólo “cosas” y “trofeos” a su alrededor, aplaudido por un sistema  que anima el machismo y la fiereza de estos sociópatas.

Pero de los trece, Clay ejercerá de punto de gravedad, unido irremediablemente al eje fantasmal de Hanna. Como Dante, llevará a cabo su camino de perfección, un aprendizaje basado en el tormento y en las revelaciones. En muda conversación con Hanna, realizará su investigación para esclarecer dos misterios: ¿por qué aparece en las cintas? y ¿qué llevó a Hanna a suicidarse? Las cintas servirán como cauce epistolar para interrogar a cada uno, desvelar las múltiples verdades y llegar a su verdad, la verdad de Hanna. Como Edipo, sabe que la muerte de Hanna ha infectado esta nueva Tebas, su instituto, y la resolución del caso, cuando llegue, por fuerza ha de transformarle. No cabe sino aplaudir el nombre de nuestro protagonista, Clay[i]. Las cintas, como las prendas mal halladas del soneto X de Garcilaso, evocarán el fantasma de Hanna y le revelarán finalmente su pecado. Su falta o crimen se produce por omisión. No es un gesto o acto de odio, ni siquiera un fatal malentendido: le condena la inacción, el beso que no entregó, la palabra que no pronunció, el gesto que no realizó. En un mundo sediento de afecto, escoge no hacer nada.

13-Reasons-Why[1]

Conclusión

Epístola infernal, retrato crudo de la adolescencia, 13 razones no es en modo alguno una serie perfecta. Aborda y plasma el tema del suicido de forma, a mi juicio, equivocada: sin enaltecerlo o justificarlo, como señalan ciertos críticos, su plasmación tan gráfica –y escalofriante- y cierta falta de rigor en el tratamiento de la enfermedad mental  [i]. La estructura de 13 episodios fuerza y a menudo, ralentiza la tensión. Su final esboza una innecesaria segunda temporada. A pesar de todo ello, visionado obligado para padres y educadores, 13 reasons abre un camino que amplía el significado de lo que entendemos como serie juvenil.

 

[i] Estamos, por supuesto, en una serie de ficción y su obligación es su verdad artística, pero si tenemos en cuenta que va dirigida a un público adolescente, cuya principal causa de muerte es el suicidio, convendría aportar recursos, estrategias y conceptos que fueran más allá de ayudarnos los unos a los otros. Esta serie acierta en la exposición del acoso escolar, no así en el del suicidio. De ahí a decir que glamouriza el suicidio…

[i] Clay: arcilla. Y si seguimos el estudio etimológico, descubrimos que Hanna es “gracia, favor”.  En nuestro cristianismo, la gracia se concede para alcanzar la salvación o nutrir el alma.

[i] Es trágica la serie si tenemos en cuenta que el personaje se enfrenta y fracasa ante un Destino ya escrito en sus inicios. Aunque no aparezcan príncipes ni estilo culto, la tragedia cumple buena parte de sus condiciones. ¿Y la catarsis? Acaso el viaje en carretera y las palabras sanadoras de Clay: cuidarnos los unos a los otros.

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