IT: EL HAIKU DE STEPHEN KING (II)

Por David Martin Acedo

Como los más apasionados novelistas del XIX, torrenciales, recluidos en su pecera de tinta, King no se limita a escribir It, vive en él, flota entre sus fuegos fatuos. A menudo, el horror en It no procede de las metamorfosis del payaso Pennywise, disfrazado de leproso, hombre-lobo, cadáver hinchado, sino de los efectos de esa visión casi balzaquiana de su literatura. Un detalle nimio, que sólo se trazaría o apuntaría en un mundo real, adquiere tenebrosa forma en la novela: durante el desayuno de Richie, tal vez el más afortunado del club, mientras discute con sus padres sobre la paga semanal, el narrador indica casi de modo accidentado un dato que nos estremece: “su padre, que moriría de cáncer de laringe tres años después, respondió…”. Sólo un escritor comprometido con su universo, capaz de explorar hasta límites demenciales su ficción, se puede permitir un esbozo tan escalofriante como este.

Otro de los efectos de esta escritura, casi embrujada, de King se llama Derry. Igual que Comala o Macondo, Derry representa un escenario ficticio, simbólico, denso de detalles -calles, historia o fundadores- que conectan, a través de su alcantarillado, con su hijo predilecto: It. It y Derry, insiste King, son intercambiables. Quien se salte los interludios, donde Mike describe antiguos ciclos de horror, pierde uno de los miembros, uno de los personajes principales de la novela. Cuando se refiere a la matanza de los Bradley (1928), a la explosión en la fundición Kitchener durante la búsqueda de huevos de Pascua (1906), a la cruel matanza familiar perpetrada por un predicador (1877), al incendio de Blackpot por la Liga de la Decencia Blanca (1930),…, King retrata la historia sangrante, el espíritu torcido y violento de América e It. En Derry, King describe todo lo maligno que hay en la edad adulta, en los horrores cotidianos que vertebran su nación: racismo, violencia, indiferencia, armas,… La descripción de los Barrens, de sus calles principales o de la torre depósito intentan desnudar y dar forma literaria a las pesadillas que pueblan los noticiarios del país.

Derry como los adultos viven bajo el hechizo de It: se esconden tras sus puertas, ignoran las súplicas, enloquecen a veces,… Bill siente la ausencia de sus padres, Eddie ve en una pesadilla a su madre como It (“sólo me come porque me ama”), Bev observa en los ojos de su padre la malignidad de la criatura (“It se limita a llenar los lugares vacíos”). De diversas maneras, la construcción de toda Derry sirve para esbozar y albergar al ser –y su nombre- que sólo los grajos conocen.

Bajemos a los depósitos subterráneos de Derry. Conozcamos la morada y la naturaleza de un ser con tantos nombres como máscaras: glamour, Manitú, le loup-garou… o simplemente, Eso. Él es “último de una raza moribunda, único superviviente de un planeta extinto”. Surge como una poderosa metáfora del terror, pero su naturaleza mutable y poco definida permite incluirlo en los resbaladizos terrenos del mito o el símbolo. Su traducción al lenguaje audiovisual resulta siempre mediocre[i], porque King se esforzó por otorgarle una dimensión cósmica, atávica, criatura de raíces lovecraftianas y jungianas. El propio rito de Chüd resulta ambiguo: It habita en la esfera del terror infantil, sin forma, emoción pura que sólo nuestro cerebro reptiliano intuye.

Al final del camino, antes de que el barco se hunda, nos queda mencionar lo que King con más esmero –y mérito- esconde tras una puerta pequeña: la estructura. En buena medida, la novela ofrece las claves para conocer las telas y pilares que sustentan todo el edificio. En nuestra novela, Ben Hanscom se ofrece a construir un dique en los Barrens y cuando le preguntan cómo se le ha ocurrido, Ben no tiene respuesta. Los más hábiles arquitectos de la literatura –los poetas- suelen situar los arcos, las bóvedas y los contrafuertes de sus piezas en lugares escondidos: King se esfuerza por que no se note la exigente estructura de dos carriles que traba su novela. Crea un aparente trabalenguas [ii]que encierra su propia armonía, un orden casi matemático. Discurre el pasado de 1950 y el presente de 1980 con mágica simetría hasta la doble catarsis, cuando Derry/It sucumbe o sufren. Si King desea que vivamos dentro de su galería de cristal, que nos protege o escuda de las inclemencias de fuera, es necesaria la ocultación.

Así avanza el relato como un poema. Ben, quien presenta rasgos más coincidentes con la biografía del King niño (pobreza, madre soltera, soledad,…), escribe en secreto un haiku a su primer amor, Beverly Marsh, que deja de forma anónima en su buzón. It, como aquel haiku, avanza de forma casi secreta con tres actos: presente, pasado e interludios de Mike Hanlon. Estamos en una estación: la infancia, donde moran la magia y el deseo. Sabemos que se yuxtaponen siempre dos ideas: Derry e It, los adultos y los niños, el amor y el terror, la memoria y el olvido, el bien y el mal, el azul del negro y el negro de la nada, La Tortuga y Eso, Bill y Henry… Al final, antes de que el barco de papel caiga y olvidemos los nombres de los perdedores, antes de que se produzca el desgarro melancólico [iii], el asombro y la emoción nos inundan. El haiku de Ben, lleno de amor y entrega, es el haiku de King:

your hair is winter

fire january embers

my heart burns there too

Mujer vampiro

La mujer vampiro de Munch

 

[i] El cine ha eludido hasta hoy parte de la narrativa de King. En el caso de It, se eliden los interludios, la polémica alianza del Club con Beverly, el rito de Chüd, la ceremonia del pozo de humo, la muerte de Patrick y por supuesto, Derry. Acaso una serie podría atreverse a reinterpretar estas facetas de la novela.

[ii] El trabalenguas de Bill encierra parte del sentido de It: “He thrusts his fists against the posts and still insists he sees the ghosts”

[iii] Nos lo enseñaron los románticos: no podemos regresar nunca al paraíso de la infancia, donde la amistad y el amor llenaban todo el espacio

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