EL SENTIDO DE LA VIDA

Por David Martin Acedo

Como la Esfinge, el viejo enigma volvió, a bocajarro, en boca de un alumno durante las actividades de sintaxis. Bien sabemos que la escuela intenta dar respuesta a ciertas cuestiones, pero las más interesantes, cuya solución nadie conoce, ni el profesor ni el libro resuelven. Me revolví ante su pupitre, trastabillé, hojeé mi memoria, esparcí mis dudas con un par de titubeos y me escabullí del examen con varias frases, un tanto trilladas: “disfrutar el momento presente”, “amar y ser amado”, “carpe diem”…

Creo, a estas alturas, que la vida no requiere de un sentido, porque abundan los errores, los imprevistos para confiarlo todo a un plan y si nos preocupamos demasiado, no sólo nos escurrimos hacia pozos sin fondo, sino que nos perdemos lo que de verdad importa: los detalles, las anécdotas, lo minúsculo. Pero esta respuesta, válida para mí, no servirá al alumno y quizá merezca alguna cosa más que aquel subterfugio de primera hora, bostezante, un poco cursi, disparo de fogueo.

Sobre el sentido de la vida escribieron, a veces de forma tangencial, los filósofos y sabios de este mundo. Pero en las esquinas y márgenes he encontrado las más inteligentes, las más audaces respuestas. En los locos, en los juegos infantiles y en los animales he adivinado más sobre el sentido de la vida que en los tomos más conspicuos de la filosofía occidental. En los ojos de ciertos animales se vislumbra el corazón de sus dueños y cada civilización, cuenta Gandhi, se mide por el trato dispensado a sus animales. Un perro apuesta su vida por tratar de salvar a su amo; Orwell recrea nuestra sociedad en una oscura granja; un famélico can descubre tras el disfraz a su dueño en Ítaca, los animales han servido para educar con fábulas y Cervantes, quien pintó con Erasmo la locura más vital, escogió a dos viejos y pícaros perros, Cipión y Berganza, para describirnos sin tapujos.

Ciertos animales logran llenar nuestro vacío, nos devuelven una parte de humanidad que perdimos en sociedad. Mayorga ha construido buena parte de su dramaturgia –a mi juicio, la más interesante entre sus contemporáneos- alrededor de los conflictos éticos, de una reflexión nada inocente –situada tras el Holocausto- sobre la vida y su sentido. En muchas de ellas, siguiendo la estela cervantina, emplea a los animales para interrogarnos. Una tortuga avisa en La tortuga de Darwin que la clave es adaptarse. Unos perros en La paz perpetua avisan que “nunca el perro fue tan necesario al hombre. La humanidad está en peligro”. O un gorila albina en Últimas palabras de Copito de nieve dicta a su guardián un sabio testamento. En esta última obra, influido por Montaigne, su discurso indaga sobre el sentido de la vida, momentos antes de su muerte; si bien, la ironía desluce parte de su recorrido, a veces estoico, a veces hedonista, cualquier lector –mi alumno- puede recolectar bastantes ideas acertadas. Este extinto animal podía haber resuelto mejor que yo la duda de aquel chaval aventajado: “cambiad de vida, vivid como si fueseis a morir hoy”, “un día es igual a otro”, “la muerte es parte de ti”,…

Si los animales no dan respuesta al enigma, convendría entonces acudir a los locos, a los inadaptados, a los aficionados a la noche y a la bohemia. Esos fulanos que malviven y cantan a la luna desafían a la vida y como recompensa, la vida les confía algunos secretos. Juan Perro, loco entre locos, genio filósofo, cínico enamorado, amamantado por el romancero –ese largo río hispánico que hunde sus raíces en el saber popular- y el soul –esa veta embrujadora que recoge su melancolía en el viejo continente- , compuso con El cigarrito una magistral lección sobre el sentido de la vida. Aunque el disco completo, Cantares de vela, podría servir de buena brújula como ciertos instantes de Captain Fantastic. El Carpe Diem no puede engañarse con simples sones: necesita su porción de oscuridad.

Por último, para responder a este viejo chico, se me ocurrió pensar en los cementerios. ¿Elección desatinada? Pasmados ante este macabro fin del juego, puede aprenderse una o dos cosas sobre la vida. Por ejemplo: que tampoco es necesario tomarse demasiado en serio el asunto. Los niños aprenden en los juegos, no a ganar, sino a divertirse. Cuando pierden –y todos perdemos en algún momento y siempre al final-, vuelven a empezar de nuevo. Muchos olvidan esa lección, llena de magia, y colocan cimas, estructuras, gráficas, faros, en lugar de rayuelas, aventuras, carreras y saltos. Los payasos y bufones con su humor logran mantener parte de ese encanto. Un grupo de estos locos, niños con bigotes y traje, se burlaron de la vida y de la muerte en The meaning of life y respondieron a mi pregunta con una canción: always look on the bright side of life. Pero fue en un funeral cuando ofrecieron la mejor solución a la Esfinge.

Si no saben de qué les hablo, les recomiendo terminar este artículo viendo el funeral de Graham Chapman, miembro de los Monthy Python. Qué forma más dulce de acariciar algo tan huidizo y complicado como la vida…

brightside[1]

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