LOS BUENOS PASTORES DAN REFUGIO

Por David Martin Acedo

“-¿Qué quiere entonces? ¿Cambiar a la humanidad?

– No, algo mucho más modesto: quiero que la humanidad cambie; como ya lo hizo dos o tres veces” Castoriadis

I

Según Cervantes, entre tantas tundas, burlas, manteos y desengaños, contaron el sin par don Quijote y su humilde escudero con pocos momentos de sosiego y felicidad. Tal vez el más apacible de todos ellos fue el encuentro con unos pastores: a cambio de nada, en el recogimiento de la noche, fueron recibidos sin halagos ni ceremonias, alrededor de una hoguera, y disfrutaron con tasajos de cabra, queso, bellotas y alegre compañía. Tal vez emocionado por la hospitalidad de aquellas gentes rústicas y sencillas, don Quijote compuso su memorable discurso sobre la Edad de Oro y por vez primera, en lugar de humillarlo, un tal Antonio decidió responder y cantó un romance.

Tras aquel felicísimo paréntesis, regresó el caballero a los caminos agrestes, a las posadas, a las ventas y castillos, aumentando su fama y sus cardenales. Recibiría terrible trato en casa de unos duques y finalmente, llegaría a Barcelona junto al bandolero Roque Guinart. En vísperas de San Juan, Cervantes describe así el encuentro con la ciudad de Barcelona: “mar alegre, tierra jocunda, aire claro”. Capítulos después, a orillas del Mediterráneo, será vencido nuestro Caballero de la Triste Figura.

Hoy aquel mar, donde cayó en justa batalla el manchego, no parece conservar su alegría: cada verano dejan sus labios salados un reguero de cadáveres mientras Europa, nuevo Pilatos, asiste indiferente al drama. Respiramos asimismo un aire más contaminado y la tierra se ha vuelto (en apariencia) cruel con los refugiados y humildes que sueñan con otra oportunidad. Cada nación construye sus muros troyanos para impedir la súplica de miles de Ulises. A los vecinos y semejantes se les prefiere llamar extranjeros o indocumentados. Discuten sobre amenazas terroristas y cuotas en lugar de plantear las preguntas correctas: ¿quién suministra armas en esas guerras? ¿Qué causa la miseria y el éxodo? ¿Quién se beneficia? ¿Sobra dinero para rescatar bancos y no personas?

La memoria, más testaruda y fiable que las hojas de cálculo y los créditos, establece incómodas relaciones entre estos campos de refugiados y aquellas playas francesas, donde se hacinaban exiliados españoles; vincula su odisea por Europa y la ruta de los exiliados españoles en alpargatas. Esta memoria nos recuerda que la indiferencia moral y los cálculos racionales –de cuotas, de gastos, de números- la compartimos hoy con el nazismo de los años treinta. Lo señaló Zygmunt Bauman: “no hemos llegado a ese punto todavía. Pero no falta tanto”.

Esta Europa latina, tan exigua y pasiva hoy, dio mucho de sí: la filosofía, la democracia y un libro tan único como La Odisea de Homero. Ninguna Nausícaa quiere hoy acoger a Ulises en su ciudad. Cabe pensar si esta tierra, cuna de la filosofía occidental, debe ofrecer tan magras respuestas porque no ha sabido preguntar ni cuestionar a sus dioses modernos. En lugar de los pasionales y lascivos dioses grecorromanos o el temible y enigmático dios cristiano, adoramos hoy un oscuro panteón de dioses de neón y aluminio. Crecimiento económico, mercado, consumo, eficiencia… Todos de apariencia tan eterna y sagrada como los antiguos dioses, ante los que hoy sacrificamos el estado del bienestar, el pleno empleo, la solidaridad e incluso la conciencia. Para satisfacerlos, crecen las desigualdades: una pobreza cada vez más abyecta y crónica, una riqueza cada vez más lujosa y divina.

Un sistema que convierte al hombre en cosa, interesado en un hoy productivo sin porvenir, no es un sistema humano. ¿Es utópico o urgente reclamar un cambio de rumbo? ¿Debe considerarse absurdo detener un sistema que mata e ignora el sufrimiento que causa? ¿El dinero, sombra chinesca, debe mover los engranajes del mundo? ¿El cinismo ha de paralizar las ridículas esperanzas de un renta básica garantiza, un bienestar común, una solidaridad colectiva?

Obrim fronteres

II

Los cambios necesitan un nosotros. Nos quieren solitarios, aislados, ferozmente individualistas, insertos en una red falsamente social. Las calles y no Facebook son el espacio natural de las transformaciones. No debemos cansarnos de repetir que sólo los actos de amor, no de odio, nos reconcilian con nosotros mismos.

La misma ciudad que acogió la última aventura de Don Quijote ha reclamado un dieciocho de febrero respuestas humanas, responsabilidades políticas en favor de la acogida de personas refugiadas y emigrantes. Sucedió. Aunque se esforzaron en invisibilizarla bajo causas patrióticas, acallarla o menguarla en grandes medios de desinformación, la gente se congregó un sábado para reclamar la vieja Ley de la Hospitalidad, la que exige acoger al necesitado, darle sustento y cobijo:

Ya que has llegado a nuestra tierra, vestidos

por nosotros tendrás y de nada serás defraudado

cuanto debe alcanzar el que arriba infeliz suplicante” La Odisea, Canto VI

No podemos esperar de brazos cruzados. Una papeleta cada cuatro años no salvará vidas humanas.

Don Quijote fue acogido por humildes pastores y maltratado por ricos duques. A los pobres los pintan ociosos, egoístas y despiadados, pero tal vez los que carecen de prosperidad económica sean los bienaventurados, la buena gente anónima que ocupa las plazas. ¿No serán los humildes, no los poderosos, los que traen la paz y la justicia a las casas?

Algunos críticos del Quijote suelen resaltar lo inadecuado y risible que resulta del contraste entre la oratoria y el ejemplar discurso del hidalgo con la escasa recepción de un auditorio analfabeto y rústico. ¿Podrían entender algo? Lo mismo podría decirse de la manifestación en Barcelona: ¿escucharán los políticos, nuestros torpes pastores, algo del mensaje? ¿Serán capaces de interpretar bien nuestro discurso?

Aquellos pastores que dieron queso y bellotas al caballero, guardaron respetuoso silencio, ninguno insertó mofa o gruñido durante el discurso y respondieron con un alegre romance al famélico hidalgo. ¿Nuestros insensibles pastores serán menos que aquellos? ¿No verán más allá? ¿Ni bellotas darán a quienes lo necesita?

¿Tendrán corazón, además de grandes cabezas y enormes traseros?

refugiados

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