The lottery de Shirley Jackson: no hay derecho

Por David Martin Acedo

A todas ellas, ni una menos

When you’re strange

 Faces come out of the rain

 When you’re strange

 No one remembers your name– The Doors

Por su naturaleza reflexiva, el campo de la literatura está abonado de referencias a la botánica: semillas, injertos, cultivos… Desde sus ya lejanos orígenes campestres, aunque las bucólicas o las églogas pastoriles sean fósiles de manual, los textos literarios tienen su vida propia, sus nutrientes y sus abundantes frutos.

El cuento, género calificado de menor por torpes jardineros, casi siempre adopta la forma del bonsái: crecimiento controlado, perfecto en su recogimiento, nada sobra ni falta, las ramas se arquean con cálculo matemático, casi eterno en su lento desarrollo, depurada la expresión de su belleza en un diminuto tronco, colmado de vida. El narrador debe escribir y crear su bonsái con precisión cortante, casi con manos de cirujano. La poda permite crear misterios e incógnitas, puntos ciegos que el lector adivina en lo profundo del bosque de tinta.

A menudo olvidamos lo inconcebible que resulta convertir las ideas en belleza. Vertiginoso alpinismo. Proeza hercúlea como el de terraformar un planeta inhabitable. Alguno de los mejores cuentos logran lo que los alquimistas soñaron y por lo que enloquecieron en oscuros laboratorios del medievo. Oro. Lo tenemos en las vetas terroríficas de Cortázar –La puerta condenada-, de Poe –La máscara de la muerte roja-, de Jacobs –La pata de mono-, de Maupassant –El Horla-,… Estos relatos de terror dan sabor como dulces frutos y riqueza como preciados lingotes.

Cuentos como La lotería de Shirley Jacobs suceden como milagros. Apenas un suspiro de diez páginas. Pero quien lee este relato experimenta horror, desasosiego, duda y la sensación de haberse sentado en un sofá muy incómodo, lleno de espinas, hecho de cortantes y ajustadas palabras. Cada 26 de junio se reúnen los habitantes de un pueblo en la plaza, alrededor de una caja negra, para ofrendar una víctima que favorezca sus cosechas. Más allá de recursos, estructuras o poética, el lector emprende un camino en que será testigo, juez, víctima y público involuntario de un horror.

Jackson dotó a su relato de varios puntos ciegos, espacios oscuros que sólo el lector puede llenar y que no reemplaza futuras líneas de fuga. Instalados en un presente inmediato, apenas se permite trazos sobre el pasado o el futuro del ritual. El narrador no abunda en explicaciones sobre el origen, los fundadores o el procedimiento genuino. El pueblo, apenas 300 personas, ignora casi todo del ritual. Toda esa ignorancia debería facilitar un cuestionamiento, empujarles a preguntar, pero no se objeta ni se rechaza. Cumplen su propósito porque lo desean o porque temen la marginación: es importante que el acto sea colectivo y simultáneo, anula así la responsabilidad individual. Que los inocentes, cargados de piedra, emprendan la macabra acción, fustigados por los progenitores, carentes de razones, convierten el crimen en ley. Nada cuesta señalar las relaciones con Haneke o Kafka: El proceso o La cinta blanca conversan con el relato.

Llegan rumores de su supresión en otros lugares, pero no parece existir esperanza de cese o crítica a esta costumbre. El fanatismo y el fatalismo pueblan de horror el relato, pero alrededor de la lectura se anudan nuevas pesadillas. Quedarse sólo en el atroz final simplifica y pudre otros muchos horrores. Nos incomoda y espanta porque manipula nuestras expectativas: creemos estar instalados en un entorno familiar, reconocible. El paisaje familiar, vulgar y costumbristas se crean con maliciosa ironía. El jarro de agua fría resulta mucho peor: todo lo aceptado y tierna queda grotescamente deformado. Nos coloca ante un espejo roto.

Nada sorprende que la sociedad americana de los cincuenta alzara hoces, se indignara y cancelara en cadena suscripciones al New Yorker tras leer La lotería. En lugar del escándalo de Sade o la blasfemia de Duschamp, Jackson escogió un camino más sibilino y marginal para escupir a la sociedad. Aquella ama de casa hizo algo más que cuestionar lo comúnmente aceptado, hurgar en el corazón maloliente de las tradiciones, juzgar las sagradas costumbres o describir los peligros de las comunidades.

La humanidad tiene una gran deuda con las mujeres. Esposas, madres, hijas y nunca protagonistas de sus vidas, las mujeres apenas encontraron salvoconductos en las ventanas y novelas para escapar de sus carceleros. Gaite hablaba de las ventaneras. Jackson fue considerada en su época otra mujer rara. Cuando nació su tercer hijo, la enfermera le preguntó en la maternidad cuál era su oficio; ella respondió: “escritora” y en el formulario quedó anotado: “ama de casa”. Sin alma o sin voto, el siglo XX intentó avanzar a base de psicocirugía, conductas inadecuadas e “histerias” femeninas. En nuestro nuevo siglo, las mujeres siguen siendo asesinadas por sus maridos y parejas; todavía discriminadas, violentadas o agredidas, nuestra comunidad mantiene viejas costumbres con las mujeres. En Rusia la ley permite el maltrato; en la India se considera legal la violación dentro del matrimonio; en nuestros países, las jóvenes se suicidan, sufren anorexia, bulimia y los estereotipos sexistas inundan los medios; continúan los techos de cristal, los discursos moralistas y represivos de la iglesia

Con La lotería Jackson nos hace revivir la atrocidad de las viejas costumbres. Que sea lapidada en el relato no parece una simple coincidencia.  Y en efecto, señora Hutchinson, no hay derecho.

II

Salpicaré con algunas citas la postura que sustenta mi teoría. Esta interpretación no anula ni niega las muchas lecturas a las que convida este terrorífico bonsái.

*“Bobby Martin ya se había llenado los bolsillos de piedras y los demás chicos no tardaron en seguir su ejemplo […] Las niñas se quedaron aparte”

*“Pronto, las mujeres, ya al lado de sus maridos, empezaron a llamar a sus hijos y los pequeños acudieron a regañadientes”

*“-Pensaba que íbamos a tener que empezar sin ti, Tessie.

-No querrías que dejara los platos sin lavar en el fregadero, ¿verdad, Joe?”

*“-La esposa saca la papeleta por el marido -anunció el señor Summers, y añadió-: ¿No tienes ningún hijo mayor que lo haga por ti, Janey?”

shirley0[1]

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