EL MUSICAL: LAS ESTRELLAS EN LA TIERRA

Por David Martin Acedo

VER LA LA LAND ANTES DE LEER

I

“…que más vale vergüenza en cara que mancilla en corazón” Miguel de Cervantes

En la larga entrevista con George Steiner, titulada Un largo sábado, el ensayista evocaba cómo el arte podía alejarnos de la vida, aturdirnos, hacer que la realidad perdiera color. Una cierta melancolía produce esta certeza, saber que el arte puede conmovernos, sacudirnos y a la vez, arrebatarnos de lo cotidiano; las maravillas estéticas podían sofocar a Stendhal y a la vez, dejar al testigo inerme e indiferente ante un atardecer. ¿Cuántas veces salimos del cine o de una exposición pletóricos, nosotros espectadores y testigos casi incandescentes, y al toparnos de nuevo con el mundo experimentamos un momento de “náusea de irrealidad”? Como si al abandonar aquel hogar no aparecieran migas para encontrar el camino.

Tal vez sea el musical uno de los mejores ejemplos de esta sensación extraña. Allá aparece la luz, el color, el ritmo para elevarnos, transportados de la mano de Astaire o Kelly a otra galaxia, donde las personas sonríen y cantan en medio de la calle, sin causa, en un estallido de joie de vivre, un carpe diem sin principio ni fin. Algunos no logran romper su etiqueta y no entran en ese gran salón de baile. Les gusta conocer el truco de magia, les incomoda la hipnosis o las sorpresas. Otros volvemos una y otra vez hasta el instituto de Grease, hasta el París de Moulin Rouge y soñamos sin cerrar los párpados escenarios llenos de velas y grandes ventanales, bailando en su noche de bodas, en el último día del instituto, en la discoteca o mejor, de camino al trabajo.

Tiene mala prédica este género porque cae sobre sus espaldas esa fea etiqueta de “escapismo”. ¿Un tipo bailando bajo la lluvia? ¿Una joven cantando durante su camino de ejecución? ¿Cantar a la libertad en la Alemania previa a Hitler? Un sinsentido, una huida hacia la fantasía, como tomarse un café con un sombrerero loco. Esto carece de utilidad social. ¿Qué valores, qué mensaje se desprende de todo esto? Pues el placer de soñar. De concebir otros finales y otros pasos de baile para un mundo casi en ruina. El arte no nos salvará de la barbarie: la alta cultura europea no pudo evitar -incluso cómplice- la shoa, los campos de exterminio. La alta civilización no representa un mundo mejor: las universidades y la alta burguesía no equivalen a la ética, hay en las ricas cunas también prejuicios larvados.

En algo tan popular y quizá gratuito como el musical hay algo esencial, que se le escapa a la cultura, que se le escurre a la vida ordinaria. Fingen la felicidad y traen con ella su propia verdad, su discreta belleza. Entre los que nos reconocemos cursis y aficionados al musical, aunque el mundo traiga su cesta de fracaso y diaria congoja, el piano y la voz de los dichosos pulsan unas teclas que resuenan después, un tanto tenues, en las calles. Llevar una porción de las constelaciones al asfalto. Algo inmortal como un sentimiento sincero guardarlo en la crisálida de un instante. Integrar esas luces al día a día compondrían una melodía cautivadora, una lección magistral para aprender, recitar y no olvidar al día siguiente.

La la land.png

II

 

XLIII- Dices que nada se pierde,/ y acaso dices verdad;/ pero todo lo perdemos,/ y todo nos perderá– Antonio Machado

 

 

Parece factible que en breve La la land arrase en la gala de los Oscars y logre así colocar la guinda a su meteórica carrera con un público y una crítica rendidos a sus pies. Este musical, protagonizado por Emma Stone y Ryan Gosling, pareja casi cómplice tras compartir varios éxitos –una de las mejores comedias románticas de esta década, Crazy Stupid Love, demostraba la química y física entre ellos-, llena pantallas, carteles, noticias,… Aunque esta película, sueño húmedo de cualquier productor, haya sido una inesperada sorpresa, una isla agridulce y melódica en un Hollywood hechizado por DC y Marvel, no tardará en aparecer un séquito de imitaciones, aprovechando la cresta de esta ola. Su éxito ha despertado indignación e irritación, tal vez por las expectativas que genera, tal vez –esto resulta a mi juicio fundamente- por un frustrante descubrimiento: nadie esperaba en La la land, aparente y colorista musical, un mensaje melancólico y -¿por qué no admitirlo?- amargo.

Quien llega al primer compás de La la land descubre con satisfacción un musical lleno de travellings, números musicales, pegadizas melodías, letras sonrientes y una luz matinal que inunda la autopista. Another day of sun llega como caballo de madera y el espectador se entrega a un placentero tramo lleno de bailes, un vestuario de colores cálidos, una ligera tensión y un humor distendido, sin adivinar qué esconden las tripas de este caballo. Emma Stone sale de fiesta, coquetea en el parque con Gosling, se burla de él; en definitiva, parece ser una película feliz, capaz de aplacar nuestras congojas, cercana en espíritu  y ritmo a la volátil gracilidad de Astaire y Kelly. Cuando ya estamos inmersos en el sueño, el cisne empieza a revelar las plumas del patito feo: la música alegre deja paso al jazz, la luminosidad cede frente a colores más pálidos, los referentes cinematográficos se redirige -¿cómo?- a la oscura película de Nicholas Ray, Rebelde sin causa, y la feliz pareja deja de serlo. Hasta la cámara abandona los grandes planos para reducir cada vez más su foco hasta terminar en una sola mirada que cierra el film.

Entramos en un musical y salimos de un drama a la salida. Podría pensarse que las referencias a Rebelde sin causa sirven para justificar el encuentro en el planetario, para mostrar las similitudes –ya evidentes- entre Gosling y Dean, pero de los numerosos guiños al cine –la casa de Stone indica cuánto de evocación y referencia hay en la película-, ¿por qué vemos varias escenas y escenarios de esta película? Como aquel clásico en el que un adolescente, apasionado por las carreras, violento, lleno de vitalidad y deseo, despertaba con amargura a la vida adulta (admirable valentía en su época no apartar la mirada ante el suicidio adolescente), La la land esconde tras su inicial vitalidad una cruel lección. Con ironía casi cervantina, tensiona el género musical hasta quebrarlo y desenmascararlo: tras el estrellato, la infantil alegría, los bailes y las actuaciones, se amaga la humillación, el desencanto y la renuncia.

Uno lamenta que La la land ingrese en la realidad sin arriesgar más: ¿han de lograr los dos el éxito supremo? ¿es necesario siempre consagrar y asegurar que el que la sigue, la consigue? Quizá se trate de algo presente en el ADN norteamericano o en un temor constante de los productores a desilusionar la taquilla. En cualquier caso, estos detalles no atenúan la tristeza, el amargo despertar. El solo de piano de Gosling en la escena final imprime mayor desolación al falso epílogo, un paréntesis lleno de engaño y evocación -¿no es esto el cine?- donde Mia y Sebastian prosiguen su romance en lugar de separarse. El regreso resulta taciturno, la realidad impone su dinámica y cuando se aleja junto a su marido, sin despedirse, Mia busca la mirada de Sebastian, se encuentran un instante y su sonrisa, antes de alejarse para siempre, conmueve porque expresa congoja y comprensión: ambos se han perdido en el camino, ambos se aman y ya no es posible reescribir el epílogo.

A su manera, Woody Allen ha escrito algunas de las más divertidas líneas de la historia del cine y sin embargo, en su última película, Café Society, siendo una comedia, dejaba en el último instante la misma lección, preñada de melancolía. La la land partía como un musical, zarpaba en una mañana soleada con elegancia por el ancho río del cine, dibujando surcos en el agua como un cisne, y finalmente atraca de noche en tierra [i] como un drama. Se obró el milagro de la metamorfosis y ¿no es cada transformación un nuevo amanecer?  

 


[i] Land significa “tierra” y “aterrizar”

 

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