WESTWORLD: UN DESAFÍO

Por David Martin Acedo

ATENCIÓN: SPOILERS

DUELO AL SOL

Las mejores películas del Oeste, género ya casi extinto, siempre exigían, no se sabe por qué exigencia –artística o comercial-, un duelo a muerte. Incluso la crepuscular ¿El hombre que mató a Liberty Valance? requirió un accidentado duelo en su tramo medio con falsos tiradores y héroes mudos entre las sombras. Aunque se suele incluir a Westworld en la ciencia ficción, también resulta en su superficie un hermoso e irónico western: pianolas, forajidos, asaltos a bancos, indios, unionistas… Y su mismo nacimiento debió ser lo más parecido a un duelo mortal.

HBO necesitaba que la última bala de su recámara fuera certera; ya sus mejores tiradores habían fallado, ya saben, Vinyl, The leftovers, Silicon Valley y a pesar de sus virtudes no lograron convertirse en la “sustituta” de Juego de Tronos. Como suele decirse: se amontonaban los cadáveres en el armario. Netflix, ambicioso pistolero, más joven, más habilidoso (un Billy el Niño armado hasta los dientes), parecía adueñarse de todos los trofeos en el mercado internacional. En esta fría contienda entre plataformas, HBO ve cernirse la noche en Juego de Tronos (aunque circulen rumores de spin-off) y con cara de póquer, ha intentado romper la baraja. Por suerte, ha buscado el éxito con sus habituales improntas: prestigio, libertad creativa, cuidado técnico y contenido adulto que no se debe confundir –o reducir- a tetas y vísceras.

Los fracasos nos fuerzan a atravesar fronteras, a escindir los límites, a aventurarnos más allá de los lugares comunes. Cuando los mapas no sirven, el cartógrafo debe inventar nuevos rumbos. En el lenguaje actual, ir más allá de la zona de confort. Las sendas no holladas pueden traer promesas y entre las ruinas, a veces uno encuentra tesoros. ¿Cómo podían buscar el éxito en la ciencia ficción? ¿Era factible levantar una serie a partir de una vieja película de los setenta, Westworld, protagonizada por un Yul Brinner hiératico y escrita por un joven Michael Crichton? ¿Un Parque Jurásico con robots en el Oeste? No subestimemos los subgéneros ni la cultura popular: una novela de detectives entregó a Londres uno de sus más universales mitos en el XIX–junto a Peter Pan- en el 221B; una novela de caballerías caída ya en desgracia nos regaló el más noble y triste héroe; un relato gótico con monstruo hecho de cadáveres iluminó el romanticismo inglés y erigió un mito moderno. En Westworld, muchos unieron sus talentos –Jonathan Nolan, Lisa Joy, Ramin Djawadi, Hopkins, Rachel-Wood, Wright,…- y con manos de alfareros dispararon al corazón de la audiencia.

Y HBO volvía a acertar en la diana. Y de paso, a acribillar a sus competidores.

EL ROBOT

Hay series que se rebajan al espectador y otras, desafiantes, imponen al espectador su discurso y no condescienden, reclaman que escalemos su cima sin bombonas, con urgencia, a pleno pulmón. Las primeras aspiran a la popularidad; sin embargo, las segundas al exigirnos un desplazamiento, nos transforman. Juzgo a Westworld, a pesar de sus concesiones a lo comercial, una apuesta inserta en la segunda categoría. Es un juguete exigente, se toma muy en serio y pronto, nos aprieta. Series con esta inclinación piden revisionados apenas concluye su temporada.

Nada hay de infantil en su propuesta, aunque el juego y la aventura estén muy presentes en este extraño parque. Con un lenguaje exigente, técnico, documentado, sitúa al robot como tema central y no ignora en modo alguno ni su tradición, ni el alcance del tema.

Desde el arcaico Talos hasta el hebreo Golem, la figura del autómata nos ha invitado a reflexionar sobre nosotros mismos. Con el moderno Frankenstein, el hombre se permitía cuestionar -antes de Nietzsche- a su creador e incluso atormentarlo hasta arrinconarlo en el desierto helado del Ártico. Ya un apolíneo replicante, en el último suspiro de vida, con las manos ya inertes, escarchándose, nos entregaba –y a Dekar- una lección digna de vida con una muerte pacífica, que consentía y se resignaba.

Al fin y al cabo, el robot es una recreación irónica de la humanidad: nos aleja de nuestra condición y nos facilita el diálogo (o soliloquio): ¿qué somos?, ¿cuál es nuestro sentido? Para comprendernos, necesitamos espejos y sueños. En el borde, al otro lado, está la comprensión cabal del mundo[1]. En nuestro recién estrenado siglo, la robótica vuelve a plantearnos nuevos interrogantes, la vieja metafísica de qué somos. Como nos susurraba insistentemente Philip K Dick y Westworld recoge con presteza: ¿hemos cuestionado alguna vez la naturaleza de nuestra realidad?

La serie pone, por medio del robot, en alerta nuestras sospechas, nos interroga sobre la civilización y la barbarie, la mente humana, el libre albredío, el juego… Se puede dudar en esta serie de casi todo –quién es humano, qué es Delos, qué ocurre fuera del parque-, pero tenemos una certeza: tiene la densidad del oro. Por suerte, en lugar de una disertación filosófica, Westworld aprovecha la imagen y el lenguaje televisivo para abordar estas cuestiones sin provocar tedio o desconcierto. Una concepción tan plástica como lúdica sirve para maniatar la petulancia o la pedantería, pecados mortales de cualquier narrador.

Westworld cae por momentos en lo engañoso, en confundir con trampas y buscar, tal vez demasiado, la sorpresa, pero se permiten y perdonan estos pecados sin condena al no caer de bruces en las brasas del aburrimiento.

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UN NUEVO MUNDO

Los clásicos nacen con asuntos triviales, casi domésticos. Un hidalgo lee en un pueblo de la Mancha. Una niña se duerme, por culpa de un libro “sin ilustraciones ni diálogos”, recostada contra un árbol. Un joven se embarca en un ballenero. Un coronel recuerda la vez primera que vio el hielo. Las grandes palabras, las solemnes conspiraciones, cualquier estridencia de tambores con que se inicia los malos relatos sólo intentan esconder un secreto: la nadería, la inseguridad. En Westworld algo tan nimio como matar una mosca desencadena una revolución. Ese será el primer gesto de la Nación Fantasma.

El punto de partida hubiese sido inaceptable un siglo atrás. ¿Robots que se rebelan ante los hombres? En 1976, el planteamiento exigía un tratamiento casi terrorífico: el buen hombre perseguido, el terrible robot asesinando. Para alegría de todos, el héroe acababa con el desatado Yul Brinner, negro Terminator, en el tramo final. Podíamos encariñarnos con un hombre de hojalata sin corazón, con un cortocircuito y si me apuran, incluso con Bender, pero ¿situarnos en favor del robot y en contra de la Humanidad?

En las viejas historias de detectives se podía consentir que el protagonista fuera el criminal, para sorpresa de todos; en todo lo demás, debía reinar el hombre. Nuestro tiempo es distinto. Se ha torcido de modo irremediable la espiritualidad y la moralidad: nuestros héroes pueden ser villanos y los humanos, nuestros principales enemigos. El arte últimamente nos tiene acostumbrados a nuestra ruina, a un apocalipsis a la vuelta de cada esquina como si en el imaginario colectivo, todos soñáramos felizmente con nuestro fin. Los zombis, nuestro monstruo 2.0, se apoderan del mundo en todos los sentidos, el canibalismo y el cataclismo gobiernan nuestras pesadillas. Hasta el nuevo Planeta de los Simios propone al hombre como enemigo y todos empatizamos más con King Kong que con los sanguinarios helicópteros del Empire State.

Desde el colosal y funesto mensaje que sembró el Holocausto o Shoah o las lecciones de nuestro cambio climático o nuestra bomba atómica, hemos aprendido la lección, a fuego, a sangre: nuestro progreso se deletrea con las mismas letras de “barbarie”. En escaso tiempo, descubrimos que el parque temático de Westworld ofrece una total libertad, sin gravedad moral, y en lugar de tramas de ascensión, alegres aventuras, los visitantes sólo se sacian “follando y matando”.  Ansiamos la victoria de los robots, nos satisface la evolución de Dolores, su liberación; los pobres diablos que se creen protagonistas ignoran que el juego, “el laberinto”, no es para ellos. Los robots son los protagonistas; los humanos, comparsas que nos indignan, sádicos hedonistas sin brújula moral.

Los viejos cuentos nos tranquilizaban con monstruos y héroes. Muy bien diferenciados. Uno, en el bosque; el otro, en la ciudad. Unos, peludos; otros, de etiqueta. En Westworld, hasta esas simples piezas no cuadran dentro del marco. El principal villano, nuestro sádico hombre de negro, fue nuestro hombre bueno dentro de un rompecabezas cronológico –lindo trampantojo- que nos aturde en lo moral, en lo estético y en lo emocional. Como ya había sucedido en Perdidos, los malos son mejores –Sawyer, Ben,…- y el terrible humo negro tenía un propósito comprensible. Cuesta armonizar tantos contrarios y empatizar con el indeseable, pero si somos capaces de soñar con la victoria de estas ovejas eléctricas… Ya todo es posible.

LOS DISTINTOS ESTRATOS DE WESTWORLD

Tantas capas ofrece Westworld como plantas alberga su sede. En el primer nivel, una trama del oeste; en el segundo nivel, una fábula de ciencia ficción; en el tercer nivel, una reflexión sobre el hombre; en el cuarto nivel, la mente humana. En el quinto,…

Si nos detenemos en la cuarta planta, de nuevo la serie esquiva las engoladas reflexiones y nos ofrece imágenes claras como el agua. En un tiempo visual, con Gutenberg en retirada y su imperio de la escritura, la serie potencia iconos y emblemas que sustituyen la ardua explicación. Una atinada decisión: las interpretaciones nunca agotan los símbolos, ciertas formas multiplican los fondos. Por ejemplo, de la mano de Ford, averiguamos que la conciencia no debe representarse con la pirámide, sino con un laberinto: Freud comprendió que la clave del ser cobra forma en el inconsciente y sólo la ensoñación, la introspección nos abre las puertas de Delos[i]. Otro de los elementos gráficos, inolvidables,  es utilizar el cuadro La creación de Adán de Da Vinci para describir de forma hermosa, discretamente camuflada, nuestro cerebro. Aquí Westworld toma prestada la teoría de la mente bicameral de Julian Jaynes y aunque la hipótesis parece hoy refutada, sirve de forma coherente, precisa, en el interior de la trama.

Podemos seguir descendiendo más plantas, más allá de los robots descartados, por debajo de otros nuevos mundos –alguno atisbado como el de samuráis- hasta llegar a la planta final o la principal: el Verbo. El lenguaje. Sin rodeos, la propia serie ofrece al espectador el taller, las herramientas con las que se construyen las mejores series, los grandes relatos.

Cada serie impone unas frases que activan y definen a los personajes: “don´t tell me what i can´t do” (Perdidos), “I am not in danger. I am the danger” (Breaking Bad), “Winter si coming”… Ford habla de commandos y bien sabemos qué significa “some day”, “I choose to see the beauty”, “these violent delights have violent ends” en la trama. En Westworld, no se cohíben al mostrarnos las costuras, los zurcidos y los ligeros pespuntes con los que se arma una narración. Sabíamos que los personajes requieren motivaciones, bucles, metas e incluso, niveles. Westworld se propone abrir el arcón de la buhardilla con todos los juguetes y ver qué se esconde en el fondo.

EPÍLOGO

La pianola ha dejado de funcionar. Hasta 2018 no subiremos al ferrocarril que nos lleve hasta las atracciones de este ambicioso proyecto de HBO. En apenas diez episodios, apostaron todo a una y hasta el momento, han esquilmado a la banca. ¿Qué ases esconderá la siguiente y muy lejana temporada? Si su primera temporada ha resultado ser un fenómeno, celebrado ya por la crítica, y han logrado armar con apenas diez horas un puzle complejo en que la metafísica y la robótica se asientan por fin en la pequeña pantalla, ¿qué nuevas promesas traerán los nuevos tiradores? A la espera de saber de nuevos parques, qué es Delos, cómo es el mundo real (auguro que nos traerá sorpresas), tiempo tenemos de cuestionar nuestra realidad y averiguar, con ayuda de Turing, si somos invitados o anfitriones.

[i] Si la serie mantiene el perfecto rompecabezas, tampoco el nombre de Delos, antiguo santuario dedicado a Apolo, resultará una elección arbitraria.

 

[1] En otro orden distinto, Churchill adivinó con desagrado quién era Churchill a través de un retrato pintado por Graham Sutherland.  Ante esta revelación se rebeló y respondió con un arma invencible, que no fue el olvido sino el fuego.

 

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