LA LLEGADA: UN SEGUNDO CONTACTO

Por David Martin Acedo

¡¡¡¡¡¡OJO SPOILERS!!!!!!!

Kubrick y su 2001 fueron un gran paso. El cineasta espió y llevó a la pantalla las grandes lecciones de la ciencia ficción: aquella película podría calificarse –con cierta injusticia ante sus predecesoras- en aquel 1968 el primer contacto, adulto y serio, con un género esquivado por el cine; Kubrick fue asesorado por la NASA, por Arthur C. Clarke, los efectos especiales perseguían la exactitud y la similitud con el espacio y no sólo reducía el metraje a escenas de explosiones y marcianos con láseres mortales.

Como sucedía ya en la literatura, para quienes leímos scify en abundancia y devoción, la película exploraba el terreno de lo maravilloso y lo inquietante; reflexionaba sobre el tiempo y la mente, los límites de la ciencia, abordaba los eternos interrogantes. Como era de esperar, con 2001 surgió una obra mayúscula.

¿Y después?

Silencio, vacío. Aquel cometa había atravesado el cine y nadie había querido recoger ni captar el mensaje. A excepción de Tarkovsky, Star Treck, Blade Runner o el anime japonés –reduciendo vilmente las sobresalientes excepciones-, el cine volvió a dar la espalda a la ciencia ficción.

Y en espacio de unos pocos años, surgen nuevas novas: Ex machina, Interstellar, Real Humans, Westworld, Black Mirror. Y un milagro, como estrella de Belén, nos llega con La llegada de Gilles Villeneuve. De nuevo, el medio audiovisual volvía a explorar el espacio. Tal vez este retorno era inevitable. Imaginemos por un momento algunas posibles razones:

Nuestra generación ha percibido de un modo intenso y dramático, sin apenas adaptación o reflexión, gracias a la ciencia, rupturas y cambios sin transición. Internet, drones, clonaciones, biogenética, la fibra óptica, los móviles,… Los cambios originados por la tecnología, en apenas veinte años, han cambiado de forma irreversible nuestra conducta, nuestro planeta y nuestra forma de entender y relacionarnos con el mundo. Hemos vivido al menos dos grandes revoluciones tecnológicas y unos avances irreversibles que sitúan a la ciencia ficción como un género profético: ingeniería genética, robots, humanos biónicos, ordenadores, agujeros negros, viajes espaciales,… Como señaló Springler, la ciencia ficción ha explotado las perspectivas imaginarias de la ciencia moderna. Ha anticipado catástrofes y ha planteado soluciones.

Pero existen otras razones para esta nueva época de la ciencia ficción en el cine: nuestra especie ha adquirido unos conocimientos que bien podrían confundirse con la magia; y quizá el factor más determinante: nuestra especie, por indiferencia o crueldad, tiene la posibilidad de extinguirse si no altera su curso suicida: crisis energética, cambio climático, guerra nuclear, terrorismo biológico…

Todos estos elementos motrices, que la ciencia ficción ya había planteado y explorado (¿todavía la etiquetan de escapista al género?), han podido influir en este nuevo interés del cine. Si hace algunos años, la ciencia ficción se orientaba hacia la diversión en el cine, mera fantasía de aventuras a lo Verne, hoy la curiosidad y la genialidad han llevado hasta el cine toda la metafísica y la trascendencia de un género siempre vivo.

II

¿Resultaría excesivo decir que desde 2001 nadie había dado tan gran paso como el de La llegada? ¿Es otra muesca más del cine en la ciencia ficción o un segundo contacto, inteligente y audaz, con un género muy descuidado por el cine?

Villeneuve tomó el relato de Historia de mi vida de Ted Chiang para filmar una de las mejores películas de este año que ya termina. Chiang escribió un conjunto maravilloso de cuentos que habían merecido diversos premios y en todas ellas, llevaba la lógica de un planteamiento (científico, religioso) hasta sus últimas consecuencias: la torre de Babel, un mundo visitado por ángeles, una versión literal del golem, las consecuencias de una súper inteligencia o, por supuesto, un primer contacto con alienígenas.

La película nos muestra el primer contacto con una civilización alienígena. Los extraterrestres ya no comparten un molde humanoide: gigantescos octópodos que aterrizan en diversos lugares del planeta dentro de naves sin gravitación, silenciosas, sin marcas ni emisión alguna. Ante la pregunta de ¿por qué han venido?, el ejército envía a una lingüista y a un científico para intentar la comunicación y el entendimiento. Sin embargo, su lenguaje escrito resultará ser el enigma y el eje de esta aventura.

Pongamos sobre la mesa algunas de las razones que convierten esta película en una obra maestra. Enumerarlas no elimina su compleja perfección ni reduce a simple algoritmo su belleza, pero sí ayuda a comprender por qué La llegada debería convertirse pronto en una obra de culto.

En primer lugar, aquí nadie toma al espectador por idiota y le ofrece detalladas explicaciones: cada plano muestra y cada uno debe recomponer y asimilar el sentido de lo que ha visto. Se sitúa en nuestro plano, sin condescencias ni paternal didactismo. Algunos confunden eso con frialdad.

Como todo clásico que merezca tal nombre, ofrece más de una lectura e interpretación, dialoga con su intérprete, deja abiertos nuevos interrogantes, no se cierra sobre sí mismo en un segundo visionado sino que se ensancha y muestra nuevos perfiles. Por cada minuto que transcurre en nuestra cabeza, brotan nuevos temas y asuntos.

Y algo muy difícil, tanto de lograr como de explicar: emociona. Como si un tren nos fuera a arrollar, sin necesidad de gafas 3-D o efectos espectaculares, gracias a escenas sin línea de diálogo –el primer encuentro, los helicópteros rodeando la nave, las entrañas sin gravitación de la nave…-, nos sumergimos en un estado casi de trance. Son ya muchos –yo, entre ellos- los que salen del cine “como” mareados, con el corazón en un puño. No sólo las drogas producen estados alterados de la conciencia. Las diferentes piezas del puzle, una trayectoria directa del suspense y sin oscilaciones, y el conmovedor dilema que nos lanza al rostro, que nos afecta hasta el tuétano, como mortales, como seres pensativos y emocionales, generan una emoción estética perdurable, como ascender un 3000 sin bombona de oxígeno. No creo ser el primero ni el último al que La llegada le afecta en un sentido íntimo.

La llegada (e Historia de mi vida) concilia las dos vertientes más opuestas – y muy simplificadas- de la ciencia ficción. Recoge en su seno la cf hard, más científica (hard SF), más exigente en los aspectos ténicos y científicos, asociada generalmente a Clarke, John W. Campbell, Benford, Niven para llegar a un nivel intelectual. Tanto el cuento como la película parten de la hipótesis de Sapir-Whorf –el lenguaje determina nuestra forma de entender y comprender el mundo- para llevarlo hasta sus últimas consecuencias. La hipótesis fuerte de Sapir permitía reflexionar sobre el lenguaje y la comunicación, centro gravitatorio de la película. Para ello, Villeneuve buscó asesoramiento lingüístico y aunque se trate de ficción, dentro de la lógica narrativa, todo resulta plausible.

Pero la película asimismo conserva la huella de la New Wave de la ciencia ficción, más experimental en la forma, adentrándose en la metafísica, la moral, la psicología: ¿cómo se concibe el tiempo humano? ¿qué es el libre albedrío? ¿El conocimiento limita o anula nuestra felicidad?

La maestría resulta de unir los aspectos filosóficos y científicos de la ciencia ficción, sus dos principales vectores. Ambos mundos tienen cabida en la película, sin rivalizar ni competir. Resulta muy simbólico que la lingüista y el científico terminen juntos. Es el resultado de un suma cero. Ganancia sin pérdidas.

Por supuesto, algunos pueden reprocharle demasiada bondad y optimismo en su tramo final. Tras cortar las comunicaciones e insinuarse que el puzzle quedará sin descifrar, una llamada telefónica cambiará el rumbo de nuestra historia y miles de años después, la de los extraterrestres. El regalo provoca sacrificios y dolor, pero no deja de ser esperanzados. ¿Demasiado optimista? Tal vez. Una especie capaz de su propia destrucción también se muestra capaz de soñar hermosas soluciones. La ficción nos debe permitir soñar con que los humanos no sólo se matan y se destruyen entre ellos; las historias pueden engañar y dar calor, como frágiles hogueras en la noche, pero son humanas. Y esta lo es. Tras las columnas científicas y lingüísticas que sustentan este edificio, La llegada construye una historia humana. Amor, sacrificio, recuerdos… La historia del que duda y sufre. Igual que en el primer relato, la del que prefiere el amor de una esposa perdida en una isla de Grecia a la fría  inmortalidad junto a la diosa Calipso.

¿Seríamos capaces de suprimir nuestros errores y desgracia si con ello dejamos de ser nosotros? ¿Merece la pena tanto sufrimiento? ¿Cobra sentido una vida si le espera la muerte? ¿Podemos amar aunque sepamos que la muerte o el tiempo o los azares nos lo arrebatarán? Como la esfinge de Tebas, estos extraterrestres nos plantean adivinanzas sobre lo que somos, sentimos, deseamos. Hasta en el universo, entre estrellas, encontramos espejos con nuestro semblante.

Vuelvan a verla. Y vuelvan a escuchar a Jóhan Jóhannsson. Tarde o temprano entenderán el significado de los círculos.

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