The shining: dos visiones del Overlook

Por David Martin Acedo

I

Aunque cada año se publican millares de libros, a partir de cierta edad uno prefiere escoger un clásico a una novedad. Mientras los editores producen sin descanso carretadas de libros, en la búsqueda de su Santo Grial –el superventas-, los lectores buscamos con pinzas, entre tanta oferta, algo valioso para nuestra biblioteca o nuestra playa desierta. Es una búsqueda muchas veces frustrante. Desde hace años, salgo de esta tangente: La Odisea y El Quijote regresan a mis manos para ser revisitados y de nuevo, gozados. De diez lecturas, una es novedad.

Estos días quise hacer una prueba con un clásico de terror, The shining de Stephen King: lo puse en la camilla junto a su hermanastro, la adaptación de Kubrick, y quise volver a disfrutar de ellos, además de añadir un análisis desde la distancia. ¿Eran hoy tan estremecedores como entonces? ¿Sus antiguas virtudes seguían en pie? ¿Qué les une y separa? Temo que el tiempo ha desgastado más la obra maestra de Kubrick y ha resaltado más las virtudes de aquella novela. Se trata de un juicio personal que intentaré argumentar.

II

“a Cadillac with no engine in it” because “you can’t do anything with it except admire it as sculpture.” Stephen King

 

Tras Barry Lyndon, Kubrick volvió a saltar de género y se embarcó en un proyecto suculento, basado en un superventas: The Shining. Tras agotar a Stephen King con centenares de preguntas, algunas de ellas a horas intempestivas, muchas de ellas desbordantes (Dios, el Mal…), Kubrick escogió a la novelista Diane Johnson para trasladar la novela al cine. El resultado fue una obra que saltaba por encima del contexto, de las causas, de los personajes para interesarse en plasmar el Horror en pantalla: locura, soledad, violencia, fantasmas… No es extraño que Stephen King negara cualquier parentesco con su novela: Kubrick había tomado como excusa la tragedia de los Torrance para fabricar su carrusel de fantasmas y espantos.

El genio, la técnica y la perfección obsesiva de Kubrick se unieron y surgió una obra de culto. Sigue dando pavor las gemelas mutiladas, la anciana mohosa, un Nicholson endemoniado y un paisaje gélido, inhumano entre las montañas de Montana.

La película es esencialmente romántica si entendemos el romanticismo como algo más que un movimiento histórico. Transformador del pensamiento occidental, el romanticismo acabó con la tradición racionalista y el arte como un modelo universal, ideal y armónico. El Resplandor de Kubrick se impone al espectador como una obra oscura que apela al inconsciente, a fuerzas poderosas que conmueven el espíritu. La película es un estado de ánimo, bañado de simbolismo. Apoteosis, paranoia, fuerzas sagradas e infinitas que trascienden y destruyen al hombre. Para muchos, resulta incoherente y por momentos absurdo: ¿qué hace Torrance en una foto del 4 de julio de ¿El hombre disfrazado de perro? Los románticos detestaban la explicación, las reglas, el conocimiento contemplativo; Kubrick ensambló una obra onírica, antiintelectual, de terror irracional como los cuentos de Hoffmann. “Analizar equivale a matar” decía Wordsworth.

A Kubrick no le interesaba el proceso de la locura, sino el estado de la locura; sacó sin reparos todo el marco y contexto de la novela. Le sobraba el desarrollo psicológico, toda trama explicativa. Le importaba un bledo los personajes. Sin matices ni evolución, como en un grotesco cuento de hadas (y son múltiples las referencias a ese rico cauce), cada uno representan un rol, casi extraído de la teoría de Vladimir Propp: el ogro, la víctima, el auxiliar, el pequeño héroe…

Las imágenes debían sugerir e implosionar como una bomba en el espectador. Quienes hayan visto en pantalla grande la película, comprenderán qué cerca estaba Kubrick de Novalis, Friedrich, Schiller y qué lejos le quedaba Stephen King y su novela. Según este planteamiento romántico del arte, expresivo, creador, no nos extraña el peso central de la música en la película: arte opuesto a la mímesis, sin significado explícito, incorpóreo, tiende a magnificar el estado de horror. Por momentos, traduce el nerviosismo, la catarsis, la desesperación con sintetizadores, violines,… Sinfonía del horror.

Por supuesto, la película logra aterrorizar. Es moderna y genial. De culto y de Óscar, aunque la tónica de la academia siempre ha sido despreciar cualquier “carraca de sustos”. Por primera vez, Kubrick no recibió una sola nominación. Admitamos, pero, que la trama no funciona, la misoginia desborda contra Wendy y la sacrificada Shelley Duval, no hay lógica ni causas. Su estructura levita y encaja a través de escenas inconexas e imborrables. La música y las interpretaciones vuelven la película un sueño perturbador. Regresamos con ella a los terrores nocturnos, a los monstruos infantiles.

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III

“Este lugar inhumano crea monstruos humanos” Stephen King

En cambio, King escribió una novela poliédrica. En realidad, existen muchos movimientos y muchos géneros en su interior; Kubrick alzó una película romántica, King desarrolló una novela y en ella cabía todo. Puso todo, hasta su alma, en la escritura de esta novela y quien busque un poco, sabrá que esta fue una novela autobiográfica; en ella, exorcizaba muchos de sus demonios: extraída de la papelera gracias a su esposa Tabitha, King había logrado con su primera novela un superventas. Meses atrás, tenía dificultades para pagar los medicamentos; años antes, su madre soltera costeaba la supervivencia de ella y sus dos hijos con empleos precarios. Con Carrie, King se convirtió de la noche a la mañana en un hombre rico. Para su desgracia, debía encajar este decisivo cambio y la muerte de su madre, que nunca llegó a ver el éxito de su hijo. Tras Salem´s Lot los problemas empezaron a converger y entró en barrena con toda clase de adicciones y un bloqueo de escritor, poco habitual en este autor. King temía su agresividad y sus dotes de autodestrucción. Por fortuna, Shirley Jackson, Bradbury y una estancia en el hotel Stanley le salvaron de encarnar su propio Jack Torrance.

El Resplandor sacó a la luz sus demonios y en parte confesión, en parte exorcismo, El Resplandor resulta ser una de sus obras más personales. A diferencia de la película de Kubrick, King construyó una novela de personajes. Maestro en el ritmo –a excepción de la última parte, irritantemente quebrada por los capítulos intercalados de Hallorann-, desarrolla el marco para que todo pueda suceder; cada ingrediente, cada resorte conduce a que comprendamos a todos los personajes y a que estalle el infierno. Todos son seres humanos, eso sí, en un entorno inhumano. El terror no procede tanto del Overlook, cómo del uso turbador que hace el hotel de los miedos de cada uno. No nos da miedo la muerta de la habitación de la 207 ni la reaparición de Grady o los setos: sí el alcoholismo, la pobreza, el fracaso económico, los antecedentes familiares de Torrance que le encaminan a la autodestrucción.

No olvidemos que en los 70 el horror se teñía de hiperrealismo: El Exorcista narraba las dudas de fe y remordimiento de un hijo; Rosemary´s baby incidían en las teorías conspiranoides, las sectas; Terror en Amytville recreaba el miedo al desahucio y el impago. King recogía la tradición de las casas encantadas para hablar de las pulsiones del ello, del miedo al fracaso. Los fantasmas de King no ululaban con pesadas cadenas, eran el peso inerte del pasado, esas fosas que duermen en nuestra memoria, los bebés muertos, las cargas que no quisimos de nuestros padres. Wendy teme ser su madre, Jack teme convertirse en su padre; esos fantasmas pasan a caminar por el Overlook y serán ellos, no los asesinados ni suicidados, los más terribles espectros de la novela.  Si la realidad se percibe por el filtro de los recuerdos, el Overlook es un gran laberinto de espejos rotos.

King era un hombre cristiano y aquí la dimensión moral –la culpa, la redención- adquiere importancia, el Overlook se interpreta como la tentación demoníaca, los abismos del infierno; Kubrick se declaraba ateo y jugando a la ambigüedad, antepone el homicidio a lo sobrenatural. King convirtió el Overlook en un avispero latente, una fuerza que al ser negada se fortalecía. No son pocos quienes creen que no sólo Jack esplende, su ignorancia provocará su locura. Subyace la alerta cristiana: “el mayor engaño del diablo es hacernos creer que no existe”.

Sólo el final de la novela se vuelve romántico en su sentido más trágico: hay una fuerza sobrenatural, poderosa, a la que se enfrenta la familia Torrance. La tragedia no nace en lo inevitable del destino –como en las tragedias de Shakespeare- sino en la lucha patética contra fuerzas suprahumanas. Y aunque el carácter romántico resulta claro en ambas, los resultados son bien distintos: el frenesí y la agitación en el final de Kubrick culmina en un gran fuego; en cambio, la película de Kubrick se vuelve fría, por momentos estática. Una extraña llama azul anima la película de Kubrick. El sueño de la razón provoca en la novela fuego; en la película hielo.

Ambas obras resultan estremecedoras, aunque por razones distintas.

Kubrick prefirió filmar al primer vigilante, Charles Grady, quien había matado con un hacha a sus hijas y a su mujer. No hay explicaciones ni proceso como en el libro, sabemos en poco tiempo que el Jack Torrance de Kubrick está loco y la emprende a hachazos con su hijo Danny y su mujer. Su arma es el hacha. Sólo el deus ex machina fuerza un final feliz que no creemos: la imagen del Torrance-Grady congelado en el laberinto resulta muy extraña. King quiso describir el drama de Jack Torrance, un padre y marido ex alcohólico al que el Overlook manipula hasta sacarlo de su centro; el final puede ser feliz, porque hay humanidad, redención, humanidad hasta con un mazo de roqué entre sus manos. Ambos son genios y cada uno la emprendió a golpes contra sus fantasmas. Nosotros no podemos cansarnos de ver una y otra vez su homicida maravilla. Sus casas encantadas no serán más grandes que la Casa Winchester, pero siguen asustando en un siglo XXI cada día más aterrador. Quien crea que el género de terror sólo asusta, olvida que son espejos simbólicos de nuestros más profundos miedos. Como decía el maestro “el auténtico problema de la casa de al lado es que transforma a la gente en aquello que más aborrece”. Todas las pesadillas nos hablan a cada uno. En susurros.

Y no hace falta una ouija para saber que están sonriendo detrás de cada puerta entornada.

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