Javier Krahe: un esbozo

blasfemiaPor David Martin Acedo

Fue un cinco estrellas. Nos dejó de golpe, un triste julio, en silencio, sin marchas funerarias ni grandes titulares, pero sólo se llevaron su cuerpo y su cromosoma. Quedan sus letras, su tos, su lucidez.

Ya por aquellos días gobernaba a golpe de decreto y recorte el PP y su telediario, su TVE aprisionada, apenas le dedicó un minuto. El cantautor tuvo un glorioso esplendor antes de la sección de deportes; parecía como si aquel instante invocara el recuerdo de En las antípodas, un retrato fiel de un país, que todavía hoy huele a sacristía y garita militar. Entre el esférico y el verso, ya sabemos hacia dónde se inclina el súbdito pusilánime.

Pero Krahe fue incómodo para toda la clase política pues no sólo recibió el golpe del Partido Popular. Le persiguió en todas sus biografías su Cuervo ingenuo, dedicado a aquel PSOE de “la Otan, de entrada no”, que le censuraron en plena transición. ¿Qué hubiera compuesto hoy al Ferraz de la abstención? En esta democracia, que calificó de vil, todavía le aguardaba un amargo juicio a cargo de un irónico vídeo.

Pero eso no le quitó la sonrisa ni agrió sus letras: su Fuera de la grey sigue siendo una hermosa despedida para un hedonista, un ácrata, un sabio defensor de la pereza. A diferencia de otros cantautores, lacrimosos, agrios, un tanto solemnes, Krahe practicó la ironía como juego de esgrima. Como tuve la suerte de seguirle en sus últimos años, pude descubrir a un cantante de proximidad, de salas pequeñas, humorista y ágil conversador; a los que ya le admirábamos por sus canciones, descubrimos que en las distancias cortas, se hacía querer. Aunque se granjeara enemigos, pude adivinar a un amigo de sus amigos. Y si un hombre se mide por sus amigos -y su número-, el juicio no podría ser más favorable: Wyoming, Sabina, Ruibal, Carbonell,… Serían ellos, sus fieles amigos, quienes montarían 18chulosrecords y un documental a su figura: Esta no es la vida privada de Javier Krahe.

Me sorprendió descubrir en aquellos conciertos a una persona que se podía estimar. Admirarlo resultaba más sencillo. No era para menos: sus versos y su figura se han engrandecido a medida que crece el silencio alrededor. Como sucedió con las dolidas muertes de Berlanga y Rubianes, dibujantes irónicos de este país, la desaparición de Krahe nos hace preguntarnos una y otra vez: ¿qué escribiría hoy en esta España de cartón mojado?

krahe

Bob Dylan, quiera o no, ha recibido su Premio Nobel. Krahe ha sido, quieran o no los poderosos, nuestro mejor juglar. Y como aquellos medievales poetas compuso bellas odas a las mujeres; pero las suyas no eran angelicales y mudas, sino carnales y muy vivas. Las amaba y mediante sus versos, moderados, irónicos, sensuales, alabó el juego, la conversación, el sexo sin pudor. Su mariví, su Matilde Urbach, su Marta, su treintañera, su Genoveva, su Melibea, incluso su Yeti recibieron el cálido y entregado beso de un enamorado; no hubo acritud en su postura y como fiel amante de las mujeres dejó en evidencia al oscuro maltratador en su ¿Dónde se habrá metido esta mujer? Celebró con hedonismo unas tetas (Olé tus tetas), animó a una suicida amante de Larra y Woolf, recibió un burdo rumor e incluso le dedicó un grato y melancólico poema a su mano en pena. Se aventuró a colocar al Amor por delante de la Civilización. Siempre recomiendo tomar un buen ron de caña mientras disfrutan  paladeando sus canciones amatorias.

Pero no todo iba a ser follar. Crítico del dogma, de la verdad absoluta, se granjeó la enemistad de la Iglesia con sus versos de hombre ilustrado. Antepuso el cromosoma a la ciega fe de frailes y vicarios, dedicó unos versos a un ladrón amnésico en una iglesia, se burló de tantas ciencias ocultas, imaginó ciertas concupiscencias en un hospicio y recetó contra el fanatismo cierto Jesús al pil-pil. Sentó mal su ligereza, su inteligencia a los del celibato y a los antiabortistas. Demasiada razón ante tantas sectas, ante tanta sinrazón. En otro país, más civilizado, hubiera vendido millones de discos (señala Sabina): aquí le esperaba un juicio por blasfemia.

A diferencia de otros, su credo era el placer y el pensamiento crítico. No sorprende pues que con uno de sus discos regalara un magnífico antídoto para la nueva religión, la de los capitalistas, consumidores y neoliberales: Derecho a la pereza de Paul Lafargue. A orillas de su playa gaditana, obedeció al placer y a la poesía con la que cumplía, tan fiel como un amante, hasta dejarnos más de ciento cincuenta  canciones. A un país, a un tiempo que retrató sin descanso: En las antípodas, Asco de siglo, Villatripas condensan y encierran en un marco muy barojiano las fatigas y virtudes de este siglo tan nuestro.  Sus canciones resumían la caja de Pandora de este siglo de bombas, de ciencia y de Fred Astaire.

Ataviado de dulzura e inquietud, no se resignó a dormir la siesta en este país durmiente y buceó sin descanso en la cultura. Tuvo ocasión de celebrar y aventar sin elitismos sus abundantes lecturas con hermosos poemas que celebraban la belleza de La Odisea, La metamorfosis, Borges, Quevedo, La Celestina, El árbol de la ciencia… Porque sus juegos, su humor, su burla constante no debería hacernos olvidar que Krahe manejaba como pocos el lenguaje. Su único cuadrilátero fue siempre la rima, la medida, la dichosa métrica, un manejo lleno de sudor y genio con la que nos desvelaba sus zozobras, su vida de artista. Se desafió y nos retó con poemas en esdrújulas, en difíciles bisílabos, en auténticos rompecabezas que hacen las delicias del literato. Hasta un poema geométrico tuvo la osadía de construir. No ignoremos que entre Borges o bailable, se inclinaba  hacia el barroquismo de Quevedo y la armonía de Garcilaso. Aunque ningún manual escolar ni tesis doctoral dedique estos días un espacio a su nombre, sus letras y sus buenos amigos ensalzan al literato que fue, es y será.

En todas sus canciones, amanecía una conciencia preclara. En un país crepuscular, de hogueras y cuevas, como el nuestro, todavía hoy los dogmáticos le reprueban, los beatos le huyen como si del Maligno se tratara y los fachas le maldicen. Y en una barca sin tiempo, río arriba, sigue Krahe navegando y tirando monedas de cobre al mar, sonriendo, discreto y sin inútiles estrellatos. Su cazú no deja de sonar estos días.

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