Narcos: la última Gran Guerra

Por David Martin Acedo

“Pero que el siglo veinte/ es un despliegue/ de maldá insolente,/ ya no hay quien lo niegue.” Cambalache, Discépolo.

El mayor poema épico, La Ilíada, empezaba con una imprecación a las Musas para cantar la Cólera de Aquiles. Dos milenios después, la guerra civil más larga de nuestro siglo no cuenta con Musas, ni héroes; sólo tenemos un cruento negocio de cocaína, muertos y corrupción. Aunque la cifra de víctimas asciende ya a seis millones, algunos ni siquiera la etiquetan de guerra, así que la épica de la guerra (si existió alguna vez) queda descartada del guión.

Netflix escogió como Homero iniciar su Narcos con un ser colérico, Pablo César Escobar Gaviria, el primer patrón de Medellín, para explicar la compleja historia del narcotráfico.

Hasta aquí la historia, porque lo que veremos en pantalla durante dos temporadas es una dramatización, una colosal y brillante ficción poblada de personajes –sicarios, policías, paramilitares, agentes de la DEA- y no personas, un relato oscuro de Colombia y no la fiel historia de Colombia. No parece casual que la serie cite el realismo mágico como punto de partida: estamos delante de una ficción televisiva, de una creación artística, sobra pues señalar si Wagner Moura clava o no la recreación de Pablo Escobar, él es un actor brasileño hablando paisa, él crea su propio personaje y al final, se encumbra con otro Pablo. Sobra la comprensible indignación del hijo de Escobar: las mejores escenas y la trama requieren ficción, emotividad y no la cruda taquigrafía de los sucesos reales. Narcos sigue la estrella de Breaking Bad o Los Soprano, nos pone en la piel de un ser despiadado para comprenderlo e incluso empatizar con él: sería inaceptable moralmente esa proximidad en la realidad; en la ficción es hasta estimulante.

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Por fin, nos encontramos un producto que hace de América, y no sólo de Estados Unidos, el protagonista indiscutible. En tiempos de globalización, Narcos muestra una panorámica más allá de la frontera norteamericana, más allá de la DEA y empieza a poner en entredicho el pasado salpicado de intereses cruzados del continente. Ahí está la gran herida: la injerencia del yanqui en la historia de Latinoamérica, el respaldo a dictaduras anticomunistas, el debilitamiento de los gobiernos democráticos,… También entrará en juego la corrupción, la miseria moral de los dirigentes y ciudadanos. Poco a poco, sospecho, la serie se adentrará, una vez caído Pablo, en el cada vez más intrincado mundo del narcotráfico.

Como serie americana, no deja de lado un cuidado casi maternal hacia los escenarios. Las mansiones de Pablo, el intrincado laberinto de Medellín, la selva frondosa marcan e impresionan al espectador, hablan por sí solas. Porque en una serie con tantos silencios, la cámara también quiere hablar. Al fin y al cabo, nada está traído al azar, pues la geografía del país incide en el propio carácter de sus gentes: la selva con su espectacular vegetación parece ahogar y hacer replegar la modernidad; las calles empinadas y estrechas como mangueras retorcidas alientan pasiones de ceguera y estallido; la riqueza de los patrones y la indigencia de la mayoría en chabolas de mimbre hacen eclosionar el juego de sobornos y matonismos. Como serie que tiende a la perfección, no deja al azar las maravillas y los infiernos de Colombia. Están ahí para deslumbrarnos y cegarnos.

Narcos presenta dos cualidades muy apreciables en cualquier serie: apasionante y adictiva. Si la primera temporada cojeaba en el ritmo, quizá demasiado inclinada a potenciar la mirada del yanqui Murphy, la segunda temporada pone todo su acento en recrear los últimos días de Pablo Escobar, sin intercesiones ni ampulosas voces en off. La primera temporada resulta más ambiciosa en el arco temporal, recorre los primeros pasos del tráfico de cocaína, sitúa a un joven Escobar imponiendo a “plata o plomo” su imperio; la segunda reduce el tiempo, desde la fuga del patrón de La Catedral hasta su muerte, pero en su declive, su figura ya crepuscular se eleva, a través de la intimidad, de la confesión, de la sensación de derrota. En la segunda temporada, el monstruo se humaniza porque sangra, el “santo” bendecido por las clases populares ve caer su aura y su pedestal. Enorme problema les espera a los guionistas para afrontar una segunda temporada sin Pablo.

En resumen, la serie busca a Pablo Escobar para convertirlo en ser humano, en ente de ficción y finalmente, en una leyenda degradada por su violencia y derrota. Que el criminal logre arrinconar a los agentes y políticos que lo perseguían dice mucho de la extraña narrativa de nuestro siglo. Por el camino, escenas poderosas y ficticias, una música envolvente, intérpretes entregados –la mirada gélida de Moura vale, nunca mejor dicho, un potosí- y la sensación de que el mundo de entonces como el de ahora, corrupto, febril y furioso, sigue siendo un cambalache. ¿Quién podría imaginarse sino que el referéndum de Colombia sembraría un “no” ante todos?

Realismo mágico. Según algunos.

 

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