La hora de las brujas

Por David Martin Acedo

Es hora de empapelar las paredes con relieves sombríos, criptas, esqueletos y otras siniestras chucherías de Halloween. Conviertan a su gato negro en la estrella de la velada, cubran sus rostros con falsas cicatrices y largas ojeras, engatusen a algún político para que asuste a los niños en la entrada de casa… Reivindiquemos de una santa vez esta fiesta y aparquemos de una vez ese chicloso Día de Todos los Santos con los casposos don Juanes Tenorios, el obligado ramito que los muertos ya no agradecen ni piden (festejen a los vivos, mejor), ese cansino y cristiano 1 de noviembre. Como mucho, para no caer en radicalismos, salvemos los buñuelos, los panellets, los boniatos y los coloridos esqueletos de ese Méjico de tan feliz sincretismo y prehispanismo.

Para celebrar Halloween, ya ha llegado a nuestras pantallas la nueva temporada de American Horror Story y esta vez, sin abandonar la misma plantilla (hasta Gaga reaparece del malogrado Hotel, cuarta temporada), han desafiado las reglas con un divertido twist: montan un mockumentary para explicar con actores los horrores de una familia en los bosques de Carolina del Norte. Como su título indica, nos espera una colonia perdida, atroces homicidios, alguna que otra cópula, espíritus vengativos y los sustos habituales de la temporada. Siento que la primera temporada, menos explícita, brillaba con un oscuro resplandor que no se ha vuelto repetir. Pero también llega estos días a la pantalla nuestro ya encanecido, racista y bribón Ash desde Jacksonville; si no saben que les estoy hablando de la muy divertida Ash vs evil dead, les condeno a cien flexiones y a ver El paciente inglés cien veces. Vuelven de nuevo los deadites, los litros de sangre a cascoporro, las réplicas ingeniosas desde el canal Bratz, porque ¡todavía! a España nadie ha traído esta delicia. A la espera de The walking dead (porque Fear the w… para mí no ha existido ni debió existir), el cine apenas ha aportado en estos últimos meses alegrías terroríficas: Expediente Warren 2, Light out, No respires y la inacabable Sesión de investidura, season 2.

La literatura, por suerte, nos brinda muchos más ejemplares, mayor diversidad que los medios audiovisuales para estremecernos en una noche de octubre. Todos ya conocemos –o deberíamos conocer- a Stephen King, Lovecraft, Hodgson, Robert E. Howard, Matheson,… Pero las tierras británicas cobijan muchos, muchos esqueletos que conviene sacar del armario. Tuve ocasión ya de reivindicar a Arthur Machen tiempo atrás, ¡dos años atrás! Este verano tuve la suerte de tropezar con M. R. James, celebrado en la lengua inglesa, pero con escasa resonancia en nuestras tierras. Grave error. Sus cuentos de terror, escritos casi un siglo atrás, resultan hoy tan estremecedores como en su época: este es, a mi juicio, la mejor valoración si tenemos en cuenta que los relatos de terror sufren más el desgaste del tiempo, tal vez porque los terrores varían en función de las épocas. Apenas se sostienen los cuentos góticos y hace bostezar los miles de fantasmones con grilletes, las oscuras mazmorras y los gritos de socorridas damas en tantos novelones.

M. R. James apuesta por el principio de realismo, parece siempre distante e incluso esquivo con las crédulas supersticiones, incluso se atreve con dulce ironía a cuestionar la veracidad de lo que sucede. El narrador siempre impone un cierto desprecio, un calculado freno a los excesos del romanticismo en este género; aunque las maldiciones, los espectros, las oscuras tradiciones y los nigromantes pululen entre sus cuentos, estas se encadenan a una ambigüedad propia de Henry James. Esa ligereza en el estilo lo distancia del pesimismo cósmico de Lovecraft, de la depresiva languidez de Poe, pero acerca mucho más a los lectores de nuestro siglo.

Los miedos adquieren formas muy originales, casi insólitas, apenas unas vagas pinceladas de seres peludos, diminutos, casi arañas, delgadas como cañas; los fantasmas son sangrientos, tenaces y actúan de forma sibilina, sin que la víctima aprecie su presencia, hasta el fatal desenlace. El lector se asusta, no así el inconsciente protagonista que muere desconcertado y sin poder recopilar los muchos avisos de muerte. Los crescendos son magníficos discretos hasta el clímax y casi siempre, los finales desgarran, no logran responder ni darnos masticados los enigmas. Estas estructuras de precipicio o acantilado acrecientan nuestro interés y toda la atención porque se cierran en falso, incómodos y vibrantes. Para atraer al incrédulo y al escéptico, James colorea sus textos con notas de erudición, protagonistas bien documentados –bibliotecarios, arqueólogos, anticuarios…- y unas descripciones precisas, gracias a su elitista formación, propia de un eterno y académico solterón. Borges hubiera celebrado las falsas bibliografías y las ingeniosas citas que dan a sus relatos una impresión de estar ante una investigación plausible.

Entre tantos, escojo para mi colección: El grabado, Número 13, Panorama desde la colina, El señor Humphrey y su herencia. En un entorno doméstico, cálido, aparece un cuadro que poco a poco, desesperando la cordura, empieza a cambiar y mostrar el perfil del horror; el segundo relato logra convertir la arquitectura de un hotel en un ensayo del infierno, asegurando toda una noche en vela; el tercero idea unos anteojos diabólicos que cualquier fan del steampunk soñaría; el último tiene la mitología, el laberinto y el oscurantismo como perfecto arsenal para helarnos la sangre. Pero todos sus cuentos, incluso en los menos logrados, tienen algo superior e inquietante. Dediquen una noche de Halloween a leerlo y luego el resto de sus noches: les robará el sueño.

mrjames1

 

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