Freaks and geeks: los últimos de la fila

-¿Qué tendrán ellos que no tenemos nosotros?

– Buenos cuerpos.”

Freaks and geeks

Antes de que los informáticos se hicieran de oro en Silicon Valley, antes de convertir a un magnate como Steve Jobs en un gurú (con su reverso en Oriente, veáse Foxconn), antes de que los raritos de The big bang theory se echaran novia y cobraran envidiables sueldos, antes de American Pie o Supersalidos, estuvo Freaks and Geeks recordándonos que ser un marginado en el instituto no era tan cool, más bien un lastre (salvo porque la agresión obligaba a crear amistades inseparables), los pasillos podían convertirse en un frío desierto sin novia y sin escudo. Como jugar a rol con unos dados que siempre señalan el uno.

Salvo Ghost World, pocas veces se dibujó el inhóspito campo de minas que era el instituto para los margis.  Mientras algunos discutían sobre la liga, coleccionaban cromos de la primera selección y anhelaban los treinta minutos de recreo para chutar un balón, unos pocos hablaban en un rincón esperando no recibir un balonazo diestramente dirigido contra ellos. Les gustaba leer cómics, novelas de terror o ciencia ficción, películas: su botellón de viernes y sábado. Algún machote alfa se comía la boca en la cantina con una adorable e inteligente chica (salvo para escoger unión sentimental) y otros rascaban el suelo, sentados en el banquillo, en grupito de tristes corderos durante las fiestas de fin de curso. Nunca les escogían para formar equipo. En general, lograban buenas notas, pero la chica de turno se las deseaba porque en el juego de la botella no le tocara ese. El gordito, el asmático, el cuatro ojos, el gay, el empollón. Sus sueños distaban mucho de quien quería cepillarse a la buenorra del insti, de ganar mucha pasta de mayor; una cita de Shelley resume bien el espíritu de los freaks:

“Mi pasión predilecta era “escribir cuentos”. Sin embargo, tenía un placer más querido: hacer castillos en el aire, dedicarme a soñar despierta”

Freaks retrata aquel frío escenario de instituto, repleto de amenazas y juicios precipitados, y aunque todavía los pedagogos no mencionaban palabras como homofobia, bullyng, acoso, todo eso con insistencia golpeaba muchas vidas. El sueño de hermosa juventud, recitado por Darío (divino tesoro) y aplaudido por el Dorian Gray de Wilde (el antecedente de los hedonistas de la era Instagram y selfie), se erizaba en pesadilla en la piel de muchos chavales.

La serie apenas contó con dieciocho episodios torpemente acabado en un episodio anticlimático (un viaje a un concierto de Graceful Dead) y, según circula por la red, justo en la mitad de la temporada. Paul Freig basó su guión, situado en el instituto MacKinley (Michigan), en su propia biografía mientras Jude Apatow, futuro padre de la nueva comedia (este año emite Netflix la muy recomendable Love), manejaba la producción ejecutiva. Parece mentira el apabullante número de actores, recién salidos del cascarón, desfilando en esta serie antes del éxito y la popularidad, entre protagonistas y cameos: James Franco, Seth Rogen, Martin Starr, Jason Siegel, Linda Cardellini, Lizzy Caplan, Ben Foster, Jason Schwartzman, ¡Shia LaBeouf!, ¡Ben Stiller!…

Durante la promoción 1980-81, una joven estudiante de buenas notas sufre una crisis existencial tras la muerte de su abuela, siente entonces la imperiosa necesidad de quebrar el molde -¿quién no ha querido mandar todo al traste alguna que otra vez?- y se acerca a una camarilla de freaks, porreros y repetidores, con los que logrará conectar. La serie acierta al mostrarnos las razones de su marginación: padre militar, entornos empobrecidos, familias desquiciantes y muy poco aconsejables. Lindsay será en todo momento el centro y sobre la que basculan todas las tramas. Junto a los freaks, destacan los geeks: el hermano pequeño de Lindsay, Sam, y sus dos mejores amigos, Neal y Bill, a mi juicio los más entrañables e interesantes de la serie: los mejores momentos son protagonizados por ellos. Lo más memorable: el juego de la botella, la actuación de ventrílocuo de Neal, la relación de Sam con una animadora, el nuevo novio de la madre de Bill (¡su profesor de gimnasia!), la alergia de Bill,… Son incontables, tan divertidas y conmovedoras, las escenas de este trío, se siente que el material es real, fruto de la autobiografía de Paul Freig.

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Los adultos quedan relegados un papel muy secundario en esta serie juvenil, la voz machacona de la conciencia y la experiencia: el profesor enrollado que anima a Lindsay a rebelarse ante Bush, el profesor de gimnasia describe a un traumatizado Sam (tras ver un vídeo porno) que el sexo es otra cosa, los padres Weir imponen sensatez en un mundo –en palabras de la madre tras un accidentado Halloween- “más malvado”. Tenemos la suerte de estar ante una serie fresca, con actores que se lo pasaban bien, sin discursos moralistas: el sexo, las drogas, el rock tienen cabida y sin censuras en una serie norteamericana de 1999, desarrollada en un highschool. Ya es mucho.

Freaks and Geeks no quiso triunfar. Como los buenos rockeros, al puro estilo James Dean, “cancelled too soon”. El motivo podemos encontrarlo, no sólo en las bajas audiencias, sino en un término catalán que podría bien definir la serie: “bruteja”, es decir, mancha, ensucia. Tenemos la sensación que la realidad con sus claroscuros inunda la serie: risas y lágrimas, falta glamour, hay demasiados profes que fuman, los chavales visten mal, se percibe la pobreza, la fealdad, no hay victorias ni finales alegres. Los ochenta no molaban y la serie recrea fielmente los tiempos de Star Wars, Jimmy Carter, el potro de gimnasia, la ropa gris,… Y como ya dije al principio, no eran los tiempos triunfales de The big bang. Se adelantó, sí.

¿Qué serían hoy Sam, Neal, Bill,… tras su paso por la universidad e ingresando en el mundo adulto? Lo más probable: protagonistas de Hello ladies o American Splendor. Es posible, incluso, que triunfaran y ligaran. Los raros que dibujó Paul Freig ya no son tan raros –menos mal- y es por eso que, tras ganar esa batalla, se embarcó en la nueva de Cazafantasmas. Porque las mujeres siguen siendo marginadas, arrinconadas por los balones en el patio, juzgadas por su tipito en revistas y calles, ninguneadas en las estadísticas salariales. Las mujeres siguen todavía siendo las geeks, las freaks, las outcast y los machitos nunca se rinden. ¿Por qué razón lloverían tantas críticas sobre las nuevas Ghostbusters?

Freig no descansa, el machismo tampoco.

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