Malestar en la educación pública: final de curso

Por David Martin Acedo

I

“Si una nación espera ser ignorante y libre en un estado de civilización, espera lo que nunca fue y lo que nunca será” Jefferson

La única virtud que apuntala estos artículos sobre educación pública, una vez se acerca el epílogo, no será otra que la sinceridad. Puedo equivocarme o errar, pero la flecha surge de mi mano y mi experiencia. Ningún beneficio sacaré de ir a la contra del modelo que hoy se celebra, incluso me cerrará puertas y bloqueará algunas entrevistas laborales. Pero tras discurrir sobre violencia, innovación, privatización, una cosa quiero aclarar: no pretendía ser pesimista. Pero los tiempos se van acortando día a día.

La escuela vive hoy inmersa en la celebración de un nuevo paradigma: innovación y motivación frente a disciplina y memoria. La nueva ortodoxia pedagógica defiende que el aprendizaje debe ser fácil y divertido, debemos dejar al alumno seguir los caminos de su atención. Esta ortodoxia no sólo alimenta, tal vez, el narcisismo y el capricho del infante, cree que el niño es un filósofo y un científico en potencia. Los deberes y los exámenes son una molestia, un parásito que obstruye la felicidad de los futuros ciudadanos.

La enseñanza, sin embargo, es un círculo que necesita de la tradición y de la traición, una paradoja tan compleja como la que alimenta nuestra democracia: libertad y seguridad. Los opuestos no pueden ser invalidados por una parte de este juego: la Imitatio es una parte necesaria de la educación. Y aunque nos pese, la enseñanza no deja de ser un ejercicio de relaciones de poder, alimentada de promesas y de amenazas. Su naturaleza es por fuerza, conservadora, pretende preservar unos valores sociales. ¿Qué supone colocar al discípulo como único protagonista? ¿Qué conseguimos al poner el aprendizaje por delante del conocimiento? Apostar en exclusiva por una dimensión lúdica de la escuela, tal vez acabe dejando de lado el saber, aburrido, serio, exigente.

Siglos de enseñanza occidental se han puesto en cuestión muy a la ligera.

En este corrimiento de fuerzas, las humanidades se han convertido en un triste diplodocus, inofensivo, lento. Al borde de la extinción. La filosofía y el latín han sido arrojadas con las últimas leyes al trastero. No es la misma catástrofe la –triste- desaparición de La Comedia de Aristóteles que eliminar voluntariamente la filosofía. Me sorprende que no sepamos aún cómo quedaron derechas las piedras de la Isla de Pascua, pero me horroriza imaginar que la poesía de Quevedo nadie quiera entenderla dentro de una década. Me indigna recordar las tasas de analfabetismo de nuestro mundo, pero me impide dormir que toda una generación, capaz de leer y escribir, se resista a leer y escribir en su edad adulta: mientras unos habitan todavía en el reino de la oscuridad, los otros caminan rectos y de regreso hacia las antiguas cavernas.

Sustituyen la ignorancia por la abulia, un tumor extirpable por un cáncer extendido; parece que el mérito de consagrar la mente a lecturas, a estudios, al lento aprendizaje de la sabiduría resulta estúpido si ya tenemos Wikipedia. Un día, el relato de El gran C de K. Dick será noticia[i].

Al desacreditar la clase magistral o el aprendizaje de algo tan aburrido como la métrica, estamos desmontando el Partenón y la Bauhaus; cuando los nuevos pedagogos quieren reducir la aspereza de la cultura barroca, aparcar los vestigios del pasado en favor de competencias y aprendizajes significativos,… estamos sin quererlo entrando en un Nuevo Mundo. Sin tierra firme.

band-teaser-DW-Kultur-Straubing[1]

Fotograma de La cintablanca de Michael Haneke

II

Recuerdo una ocasión en la que un escritor de novela juvenil, de gran éxito, se ofreció amablemente a dar una charla con un grupo de 1º ESO. No tardó en decir que él fue un mal alumno, que se aburría en clase, que obtenía malas notas. ¿Hace falta señalar que se granjeó la simpatía de casi toda la clase? Lo tremendo fue que nada añadió a esta nota. Es moderno, juvenil, muy guay reconocer que la escuela es un rollo, que estudiar no mola. Nunca había visto mayor pirómano delante de mí: flaco favor al saber y a la lectura es fomentar esta actitud, por otro lado tan contagiosa y extendida. Las enseñanzas morales de La Fontaine, Samaniego o Esopo no están de moda; la postmodernidad discrepa de los ejemplos de obediencia y civismo de los cuentos de hadas; las estrellas e iconos juveniles hacen con la provocación –escasa rebeldía, nula revolución- , un guiño cómplice a la juventud. No es de extrañar que el profesorado y la escuela no estén de moda en una sociedad apolínea y consumista, tan súper pop.

Tal vez formemos profesionales, pero ignoro si construimos ciudadanos en este camino fácil, rápido, divertido y digital.

Cuesta saber si el fracaso -palpable- de nuestras escuelas es deliberado, producto de una conspiración, o involuntario, ejercido por el azar y por la estupidez de muchos dirigentes. Pero no me queda sombra de duda: la ignorancia funciona como un boomerang letal. Cuando los alumnos desconocen, por ejemplo, su pasado, abren oscuras puertas.

Pongamos algunos ejemplos: mientras que Italia o Alemania muestra en las escuelas el rostro de su pasado fascista, España ha esquivado largo tiempo el horror del franquismo. En pocos países de tradición democrática se permitiría un alcalde poner en su callejero el nombre de Hitler, Goebbels o Mussolini; aquí el genocidio nunca se persiguió y los familiares de víctimas siguen reclamando cuerpos que nunca reposarán.

Otro ejemplo más incómodo e impopular: en Cataluña se analizó de forma extraña la dictadura. El nacionalismo catalán elaboró con inteligencia una lectura sesgada de la historia, donde toda España se confundía con el franquismo –olvidando la lucha del Madrid republicano, el sufrimiento de tantas provincias sometidas-, imaginando que la resistencia antifranquista era catalana, obviando un detalle y asociando España –los de “Madrid”- con las derechas. Pero fue la clase trabajadora quien principalmente había resistido el golpe militar, mientras la inmensa mayoría de la burguesía e iglesia catalana apoyaba con aspavientos la llegada de Franco. La historia -sesgada- de las naciones confunden la parte por el todo.

La ignorancia o la manipulación de ciertos hechos del pasado tienen terribles consecuencias, presentes en el contexto actual, más allá de la propia escuela: reverberan con mayor intensidad en la futura sociedad.

Troya arderá.

Aunque el negocio de la educación reportará muchos beneficios para entonces, el nuevo analfabetismo conllevará problemas que salpicarán a toda la sociedad, incluso a los privilegiados[i].

Y como pronosticó Casandra, nuestra sociedad puede arder. Por el momento, todo funciona por inercia, por la voluntariedad de unos pocos héroes, pero la dinamita ha empezado a sudar. El sistema ha entrado en fall out (maquillan el fracaso, diseñan pruebas para primates), pero hay remedios. La sociedad ha de poner de nuevo su atención en las escuelas, las familias han de respaldar la difícil función de la docencia, la administración ha de ocuparse de lo público, el profesorado debe reclamar mejoras y autoridad en las aulas. Porque las amenazas se amontonan.

Si no se pone freno, la cultura volverá a los monasterios y academias. La gente volverá a ser masa y horda. La ignorancia incubará su propio huevo, tierno, letal, y saldrá tarde o temprano del cascarón la víbora: las rabias del fascismo, las verdades del fanático, las soluciones radicales, los gobiernos autoritarios y el futuro, horrible distopía, no tendrá pupitre donde aprender nada bueno.

Podemos creer en lo nuevo –móviles, tablets-, confiarlo todo al modelo neoliberal –competitivo, privado, economicista-, desterrar las bases de la educación occidental, pero estos alegres Aquiles nunca llegarán a atrapar a la vieja y sabia tortuga. Su lento camino, memoria y saber, en el largo desierto.

[i] Dos ejemplos: nazismo y nacionalismo.

[i] En el relato, los hombres han vuelto a un estado de barbarie tras una catástrofe que no se aclara. Cada año un joven acude a hacer tres preguntas a un superordenador (el gran C), capaz de resolver problemas que la humanidad ha olvidado. ¿Cómo surge la lluvia? ¿Por qué se mueve el sol? Si el gran C resuelve la cuestión, ello tiene siempre fatales consecuencias para el ignorante muchacho.

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