Stephen King: el maestro desconocido (y II)

Por David Martin Acedo

“Usted no es un escritor, es una maldita industria”

A veces el fantástico toca de pies con el suelo. Como sucede con Poe o Martin, King nos revela que los monstruos se visten con nuestra piel. Las tinieblas no brotan de criptas o armarios chirriantes, sino de nuestros corazones. Cuando repasamos la nómina de sus maestros, adivinamos su terca inclinación hacia los terrores de la psique: La maldición de Hill House, Ladrones de cuerpo, Fantasmas, El otro… En una sociedad narcisista como la de Estados Unidos, el mayor terror acaba siendo el “nosotros”. Y si además, King ha optado por el terror como punto de partida (y no final), está garantizado que su narrativa debía escarbar en el tabú, en las fronteras del status quo.

Los temas de su literatura proceden de su tiempo, proyecta nuestras pesadillas como en el juego de sombras chinescas por medio de símbolos o arquetipos: fantasmas, vampiros, muertos, demonios… Pero ¿quién crea esas sombras alargadas sobre la pared? El aislamiento, la locura, la adicción, el fanatismo religioso, el machismo, la violencia sin sentido… En It se esconde el horror de la muerte de un niño, en El Resplandor asistimos al infierno de un alcohólico, en la Zona Muerta presenciamos el magnicidio y el sufrimiento de los hombres buenos. Todos los escenarios terroríficos sirven de pretexto –muy bueno, muy ameno- para hablar de nosotros.

Como señala en varios de sus ensayos, King traduce con sus imágenes el impacto de la guerra de Vietnam, del Ku Klux Klan, de la matanza de Columbine, del 11S. Para King, El enigma de otro mundo fue un producto de la Segunda Mundial; El terror de Amytville colocaba la ruina económica como origen de la pesadilla; ET el extraterrestre sólo podía existir tras la generación hippie y el desastre de Vietnam, cuando los militares ya espantaban más que los alienígenas, Cromosoma 3 aludía a la desintegración de la familia tradicional… Astuto y frecuente lector, reinterpretó las claves del mejor terror, situado en cuatro obras capitales –Drácula, Frankenstein, El misterioso caso del Dr. Jeckyll y Mr Hyde y Otra vuelta de tuerca-, y desafió los límites del género al intentar abrir las puertas del armario, mostrar sin sábanas al monstruo. A diferencia de otros escritores que sugerían –Lovecraft, Robert Wise-, King levanta las cartas. A veces consigue asustarnos, otras horrorizarnos y cuando nada le funciona, nos provoca revulsión. No descarten de primeras el tercer truco: El chestburster de Alien todavía sigue asustando a los insensibilizados adolescentes de nuestra época.

Demócrata convencido, ha regresado siempre a un mismo territorio, como Steinbeck, Carver o Faulkner: a la clase trabajadora. Sus referentes y su mitología siempre regresan a la cultura popular, evitando a los clásicos, acudiendo siempre a otras preferencias “bastardas”: Billy Holiday, Springteen, Bradbury, Roger Corman, Amazing Stories, Tales from the Crypt, Weird Tales… Buena parte de su lenguaje bebe de los refranes, de las canciones populares, de la sabiduría de los pueblos. A diferencia de otros, a King no le costó describir el extraño modo en que llegó a la escritura –su vara de zahorí-, cuando en el desván de su tía halló los libros de bolsillo en rústica de ciencia ficción y terror, en la editorial Avon (años 40). Su sinceridad y sus influencias han dotado a su literatura de una dimensión cercana, humilde, de proximidad e igualdad con el lector. Que venda tantos ejemplares se debe al oficio, al talento y también a que nos conduce como un amigo leal hasta su orilla. En lugar de complicarnos y enredarnos la lectura, emplea trucos y resortes para facilitarnos la experiencia.

Su propio y accidentada biografía revela la ascensión de un hombre pobre. Del nomadismo precario con una madre soltera, se internó en la universidad y vendió sus primeros relatos mientras trabajaba en una lavandería. Como relata en Mientras escribo, pasó realmente miedo durante su primera época de casado con Tabitha y sus dos hijos, el terror de no poder pagar medicamentos, de escribir a costa del sueño y la salud, de no conocer los renglones del día de mañana… hasta que un golpe de suerte, llamado Carrie, le llevó a empezar un sueño y matar la vieja pesadilla. Quien conoce bien las verdaderas pesadillas –la miseria, el alcoholismo y adicciones varias, la cercanía con la muerte en junio de 1999-,  está dotado para empezar a volcarlas en papel.

Heredero de la tradición de los humildes, de los trabajadores, no escogió una fórmula y se asentó. Se ha internado en todas las orografías posibles: el fantástico medieval –Torre Oscura, Los ojos del dragón-, el drama psicológico –Dolores Clairbone-, la revisitación de clásicos –Salem´s Lot-, el horror lovecraftiano, la ciencia ficción -22/11/63- . Incluso ha coqueteado con los juegos metarreferenciales, tan queridos por los postmodernos, al introducir personajes de sus novelas en otras –el ejemplo más emotivo es el de Richie Tozier y Beverly Marsh de It en 22/11/63-; pero lo emplea al servicio de la trama y no como exaltación culterana. Que King juegue con los viajes al pasado y añada una travesía personal hacia su pasado literario conmueve las rígidas tablas de su ficción. Misery y La mitad oscura colocaban al escritor y su labor ante oscuros desafíos.

Su propia concepción del lenguaje reproduce la visión de una estética democrática, artesanal, concienzuda con su oficio. Escribir mucho, reescribir con la puerta abierta, eliminar esos dientes de león llamados adverbios, desconfiar de los argumentos, conceder más importancia al escenario y al ambiente que a la descripción, lograr que el diálogo muestre y no cuente, pero por encima de todo, hacer personajes convincentes. Su arte poética no parece arte, incluso no parece destinada al crítico ni al escritor; pocas veces he leído un ensayo artístico que raye la obscenidad de no esconderse nada. Hasta en un ensayo que pocos lectores leerán, nos busca a todos para decirnos: “eh, tú, puedes intentar ser escritor, te muestro mis herramientas y mis secretos, todos podemos intentarlo”. Pocas aulas de escritura creativa alientan y animan como este ensayo a que escribamos. King no es un Rimbaud altivo, ni un Juan Ramón Jiménez neurótico, mucho menos uno de esos arrogantes estetas que fabrican tantas universidades. Trabaja como el herrero o el oficinista y ama su creación.

Parte de su humildad algunos la han confundido con basura de ficción, otros la resumen en una palabra: “superventas”. La popularidad de sus historias, magnificada por las versiones cinematográficas, ha ocultado al magnífico escritor americano –sin etiquetas de género-, subestimado o descartado por el canon. Murió Van Gogh en la miseria sin vender apenas un cuadro y el tiempo reveló al genio. King ha vendido todo, su nombre es tan conocido como una marca de refresco, pero como aquel pelirrojo podría morir sin ser conocido por su arte.

A él le dará bastante igual, pero a sus lectores, no.

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