Stephen King: el Maestro desconocido (I)

Por David Martin Acedo

“El arte procede de una imaginación creativa que trabaja duro y se divierte” Stephen King

Cuándo alguien me pregunta por mi escritor favorito, alterno las respuestas según el día o el humor: Dickinson, Montaigne, Balzac, Cernuda, Shakespeare, Cervantes, Mc Carthy, Chirbes, Lope,… Y como sucede con el cretense del acertijo: nunca digo la verdad. Porque a quien más horas de lectura (qué narices: de vida) he dedicado, de quien más libros he consumido, sólo hay un nombre que me viene a la cabeza. El Rey: Stephen King. Hasta el día de hoy, agárrense, he leído It, Misery, El talismán, Historias fantásticas, Carrie, Cujo, El Resplandor, la Torre Oscura, La cúpula, Cell, Salem´s Lot, Rabia, La larga marcha, La tienda, La torre oscura (I-III)Pesadillas y alucinaciones, Desesperación/ Posesión, Ojos de fuego, Dr Sueño, Juego de Gerald, Zona Muerta, Christine, Cementerio de animales, La danza de la muerte, Los ojos del dragón, Los Tommyknockers, La mitad oscura, Insomnia, El retrato de Rose Madder, El pasillo de la muerte, 22/11/63, El umbral de la noche, Las cuatro después de medianoche, Mientras escribo, Danza macabra.

Supongo que en algún momento decidieron saltarse esta enumeración. Todo eso he devorado y queda una parte todavía, su etapa actual, que este infiel ha dejado momentáneamente por otros placeres literarios. ¿Pero por qué diablos nunca lo menciono? Quizá el motivo pueda hallarlo en que lo leí en esa etapa que tanto nos abochorna y de la que renegamos ante amigos y parejas, la adolescencia, pero creo que quedarme con esa respuesta sería hacer trampas al solitario. Stephen King es para muchos la afición de la que no presumimos, un placer que en misa condenamos; muchos dicen y hacen cosas distintas. Nadie vota al Partido Popular. Nadie ve Gran Hermano. Nadie reconoce leer a Stephen King. Confieso el tercer pecado, señores. Que el buen jucio me libre de cometer los otros dos.

Stephen King, antes que autor de novelas de terror, es un escritor que transpira americanidad, su narrativa nace en la tierra de los pioneros y cada una de sus novelas, a diferencia de otros autores fantásticos –Tolkien, Martin, Asimov-, recrea las costumbres, la música, el cine, los hábitos y defectos de su país. Pero parece que se esfuerza por retorcer el espejo, ralentizar la alegre música de ese disco americano y sacar los trapos sucios; al igual que otros escritores realistas, su prosa denuncia la violencia –del rifle, del maltrato-, el racismo, la pena de muerte, incluso ha dibujado inolvidables retratos de esos paletos brutos de la América profunda, esos tejanos al estilo Donald Trump que nos hielan la sangre.

Su literatura es expansiva, ambiciosa, porque ha ido mucho más allá del terror y de su Maine. El propio King ha negado la existencia de los géneros, mencionando ejemplos como El cerebro de Donovan o Alien– más ciencia ficción que la mismísima Star Wars-. Como tantos autores costumbristas, serios, ha sabido destripar –en más de un sentido- la sociedad americana: desde el microcosmos de Nueva Inglaterra –su macondo particular- ha llegado a ser un fabricante de bestseller mundial. Las cifras que maneja su obra o lo que algunos, con malicia, han llamado “su industria, marearían a cualquier inversor de Wall Street. Sorprende que su éxito no haya alterado su costumbre de tocar con su vieja banda de rock, tambaleado su matrimonio con Tabitha, su mirada demócrata, el trazo de gentes anónimas y humildes que llenan sus páginas. Sigue tocando con los pies en el suelo, aunque viva de la magia de una imaginación casi desbocada.

Pero tantas de sus virtudes han estado empañadas por la crítica erudita y por el propio King. Todos hemos leído en entrevistas y prólogos suyos cómo nuestro autor se flagelaba y se situaba voluntariamente bastante lejos del canon, incluso fue muy aplaudida su comparación con la fabricación de hamburguesas. A eso se llama tirar pedruscos contra tu propio tejado. Para rematarlo, su relación con la crítica ha sido de todo menos cordial, incluso la lectura de Danza macabra o Mientras escribo sugiere –me quedo corto- un desprecio hacia el intelectualismo universitario, que ha sido correspondido. De algún modo, King se siente un escritor comercial, popular, orgulloso ante el desprecio académico y que ha erigido la modestia del payaso como su escudo; gran miopía: ni King ni la crítica han admitido que es un gran escritor, que pertenece por méritos propios al mismo territorio que Faulkner o Melville. Con notables diferencias, King escribe con su mismo idioma, emplea el lenguaje como su única y valiosa caja de herramientas.

Cuesta comprender que su oficio es el de escritor. Se me antoja esta la principal razón del maltrato que el cine comete contra sus historias. Si descartamos las notables adaptaciones de Misery, La niebla o Cadena perpetua (tal vez, Cuenta conmigo), los cineastas han pasado su narrativa por un tubo del que ha salido grandes bolsas de basura. Incluso el Tobe Hooper de La matanza perpetró un Creepshow (que he visto cientos de veces, pero esa sería otra historia) y el mismo Stephen King llevó a la pantalla La rebelión de las máquinas. No tiene empacho en reconocer que aquella cosa era intragable. Abundan obras literarias imposibles o difíciles de traducir en imágenes, el lenguaje condiciona y dificulta llevar a la pantalla a King, Ballard, K. Dick o McCarthy. La mejor adaptación traicionó y derribó las vigas maestras de una de sus mejores novelas: Kubrick se liberó del Resplandor y la transformó al lenguaje cinematográfico. Stephen King pertenece a la literatura, Kubrick al cine. Esa simbiosis dio un resultado irrepetible, de uno entre un millón.

Cuando le preguntaron cómo escribía tanto y brotaban tantas ideas, King respondió: “escribiendo todos los días”. Esas son palabras del que conoce y ama su oficio. No se esconde una industria ni diez negros literarios tras su nombre. King puede ser muchas cosas, pero estamos seguros que la escritura le tiene atrapado, nada tiene de forastero ni visitante casual. Hay oficio y amor en su labor.

Que parte de la crítica no encumbre su oficio se debe a algo más que su escasa estima artística o su estúpida estrategia de humillar al intelectual. Aunque lo anterior, cierto es, no ayuda nada. Muchos críticos han caído en la misma trampa: sucedió antes con Dickens, Tolkien o Chandler. Pocas veces se perdona la literatura que es capaz de gustar a todos, un don natural en King, consciente de pertenecer a la clase media-baja de Estados Unidos; en Danza Macabra, ejercicio de sinceridad sin parangón, admitió que él no escribía sobre pijos o universitarios de familia bien (Henry James, Austen,…). Que su escritura alcance a todos debería resultar inspirador, pero no, algunos críticos detestan que la literatura no se reduzca a paraninfos y gabinetes de estudio. Menos aún perdonan que un libro divierta: siempre se le arruga la nariz al erudito cuando reconoce el aroma de la popularidad y la diversión en algún cocido lingüístico. Borges lo resumió muy bien en pocas palabras, siendo un narrador brillante y además un todavía más brillante crítico:

“Ciertos críticos niegan al género policíaco la jerarquía que le corresponde solamente porque le falta el prestigio del tedio […] Ello se debe, quizá, a un inconfesado juicio puritano: considerar que un acto meramente agradable no puede ser meritorio”

Muchas de sus novelas sobrevivirán a su legión de críticos e incluso en alguna universidad se escribirá alguna tesis: adolescencia traumática en It, la influencia de Tolkien en La Torre Oscura, la violencia y su plasmación en la narrativa de King… Si a Cela o a Benavente le han concedido un Nobel, todo es posible. Y más merecido.

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