Doctor Who: mala no es la envidia

“Me perdí en el vórtice del tiempo, pero la TARDIS me ha devuelto a casa.”

A pesar de no poseer una fe católica ni fe espiritual alguna, soy consciente moralmente de mis muchos pecados. No me priva de sueño ni descanso saberme pecador: el vicio es altamente entretenido, ningún error o vicio ha tenido otra víctima que yo mismo y mis mayores crímenes no hacen mínima sombra a la de tantos otros buenos –estos sí- cristianos. Entre mis muchos y reconocidos pecados, tal vez el más constante, el que me sigue y ronda a todas horas sea el de la Envidia. Ya saben, ese pecado tan típicamente español, según Unamuno. en concreto, he de confesar aquí mi más negra envidia hacia Gran Bretaña y su cultura. Nuestro romanticismo palidece ante el suyo, lleno de “primeras espadas” (qué expresión más rancia) como Byron, Keats o Coleridge; su revolución industrial cambió la historia de Occidente y aquí podemos apenas presentar una transición, denostada incluso en nuestras tierras; su literatura juvenil –Peter Pan, Alicia, Harry Potter, La Isla del Tesoro- no encuentra sino un Manolito Gafotas y un Gurb en nuestro país… Pero todo eso queda empequeñecido e inservible ante lo que más envidio. Nosotros no tenemos un Doctor Who.

Hagamos memoria: un viajero alienígena recorre el tiempo y el espacio a bordo de la Tardis, una nave similar a una cabina, ayudado por distintos compañeros de viaje e igual que don Quijote, pese a su carácter estrambótico, logra deshacer injusticias y socorrer víctimas en situaciones imposibles y escenarios increíbles. Desde 1963, esta serie británica ha crecido hasta convertirse en cultura popular, reconocible y querida en su país, capaz de convertir el género de la ciencia ficción, generalmente arrinconado, en el centro de esta gran aventura británica. Muchos hay que con razón la critican por cutre: la falta de presupuesto la compensan con creces con la originalidad, el cariño, la diversión que toda serie B explota sin reservas. Es en la serie B donde todo tiene cabida, hay mayor interés en lo creativo que en lo financiero, no dudan en colocar lo lúdico sobre lo académico, anhelan la provocación sin miedo a la censura, no viven bajo la guadaña de los grandes estudios. Toda serie fantástica debe obedecer al espíritu de la serie B y un gran presupuesto puede domesticar al genio; las grandes muestras del fantástico televisivo siempre huelen a serie B: La dimensión desconocida, The Fades, Misfits, Star Trek,…

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Apenas llevo vista una temporada del Doctor y en esa fracción de tiempo, han logrado captar otro fan. Ya sueño con una convención de seguidores, deseo comprarme su revista, fotografiarme en el museo de cera con su figura, discutir sobre cuál es su mejor Doctor… Pienso que hasta el momento ya me he encontrado con extraños vampiros venecianos, un cetáceo galáctico, los Dálek, un alienígena imitador, oscuros ángeles de piedra y no puedo imaginar qué nuevos argumentos me deparará la serie sí sólo llevo una temporada en los bolsillos. Tengo 34 años y temo que no maduraré si estas son las cosas que me entusiasman.

Pero creo que en este país hay más envidiosos. Tal vez nuestra generación esperaba y soñaba con el día que veríamos algo más que series “para toda la familia” en nuestras pantallas, destinada a contentar desde el niño a la abuela. Crecimos envidiando el fantástico de otros países, el realismo crudo y la comedia ágil y ácida de nuestros vecinos. Mientras aquí sufríamos la crisis, las cadenas nos insultaban con edulcorados retratos de Suárez, Marujita Díaz, Juan Carlos o Cayetana, alegres hagiografías de personajes llenos de ángulos; mientras veíamos refrescantes sitcoms como The Big Bang, Modern Family, aquí seguían multiplicándose comedias costumbristas o de brocha gorda, estiradas hasta casi la hora y media; Doctor Who o Perdidos llenaban aquí el vacío del fantástico.

La envidia no sólo nos atormenta, puede obligarnos a ver nuestras carencias, forzarnos a cambiar, superar el reto de nuestra pobreza. Así que en la comparación, algunos empezaron a roer en la piedra y traernos a la pantalla Crematorio o Siete Vidas. Y al fin llegó El Ministerio del Tiempo.

No es Doctor Who, no ha de serlo; esta serie triunfa y crece porque bebe del fantástico sin renunciar a la tierra donde crece. El imaginario del que bebe el Doctor es británico; los mitos, los homenajes, los guiños, la historia, la fisonomía de los personajes son singularmente insulares y por ello, desde lo local se enriquece lo universal. Al Ministerio le sucede lo mismo: Lorca, Lazarillo, Lope, Rosendo representan las raíces que pueden conmover y dar un fondo a ese universo fantástico. A diferencia del Doctor, confesado scifi,  el Ministerio juega en la liga del fantástico, un fantástico lleno del humor –ironía y negrura española- y la historia –claroscura- de este país. Hay ganas de pasarlo bien, pero también –propio del serie B, ya dijimos- de corregir lo políticamente correcteo, de superar el maniqueísmo, de combatir la cobardía de lo asentado y común: “Ahora entiendo cómo dejamos de ser un imperio. Siempre tuvimos buenos soldados y… malos jefes” nos sueltan ya en el episodio cuatro. Hay deseos de repensar, de provocar, de hurgar en las arenas del tiempo. Cuando topa nuestro trío calavera con el Lazarillo, parece que nos enfrentamos no sólo con aventuras salpicadas de humor, sino con lecciones sabias de historia: “Estaré más cómodo en el anonimato… Si ese libro explica sus andanzas, no será precisamente el Amadís. Será más bien el retrato de este país de miseria que necesita cambiar cuanto antes. Y eso no será del gusto del Rey ni de la Santa Inquisición”.

Con esta patrulla descubrimos la literatura, la pintura, la cultura y la esencia de la historia: “Eso es la historia: muerte, guerra y pérdidas. Pero eso no hay que contárselo a los niños”. Parece resonar el mismo Wilde, sabio y dulcemente melancólico, en esta serie.

Tanto el Doctor como los ministéricos son pasajeros del tiempo. A uno sigo envidiándolo, a otros empiezo ya a quererlos. Tiempo habrá de mitigar mi pecado y acabar con los muchos de este país si este juguete televisivo –nacido en un canal público como aquel- tiene una larga vida y ningún pecador lo rompe por ignorancia. Que este, amigos, es el peor pecado de todos. Y el Tiempo ha dado buena prueba de ello en abundancia.

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