Malestar en la educación pública (IV): violencia entre muros

Por David Martin Acedo

“Y a España la salvación le ha de venir por la educación”- Historia de una maestra, Josefina Aldecoa

Todos recordamos El florido pensil de Andrés Sopeña (ed. Rocabolsillo): el tiempo de las bofetadas, del golpe con el anillo, los brazos en jarras, las orejas de burro,… Un historial de vejaciones y humillaciones por parte de quienes debieron mostrar atención y cariño hacia sus pupilos, una actitud tan desalentadora que demostró cómo el franquismo usurpó a los maestros su lugar y cedió a burócratas, a pequeños tiranos las riendas de aquellas grises escuelas de crucifijo, nación cerrada y el “ordeno y mando”. Carlos Giménez y Juan Marsé dibujaron el horroroso mapa de la dictadura en la carne de los niños. Con la llegada de la democracia, llegaron los derechos del infante y las teorías antiautoritarias, reflejos lejanos del mayo del 68, con gran retraso, a nuestras escuelas y barracones: se cuestionó el castigo y la vigilancia, se fue despojando de autoridad (es decir, del prestigio y crédito que reconoce a una persona o institución) a la figura del docente, prohibido prohibir, la filosofía libertaria pasó a tomar peso hegemónico en la pedagogía. Los beneficios no se hicieron esperar: la escuela respondía a los nuevos tiempos de democracia y diálogo, cesaron los abusos, la protección impedía antiguos excesos, la infancia tomaba peso y voz –creatividad, autonomía- en el corazón de nuestro país.

En estos últimos tiempos, sin embargo, se acumulan los indicios de otra alarma que el pasado siglo no pudo concebir. Detectores de metales instalados en institutos públicos, decomisar armas en las entradas, masacres perpetradas por adolescentes, bullying y ya sin mencionar lo que sucede fuera de los centros. ¿Alarmismo? ¿Doctrina del shock? Conviene recordar que siempre hubo matones y no son pocos los filósofos que lamentaban siglos atrás las malas costumbres y el salvajismo de los jóvenes. Muchos podemos evocar El señor de las moscas. Pero incluso así…

El número de profesores quemados ha aumentado estos años –tiene incluso un nombre: burn out-, a pesar de que los últimos gobiernos han penalizado las bajas laborales, maquillando así y forzando a mejorar las estadísticas –no la salud- de sus docentes. Cada año he visto a veteranos profesores lamentarse de su día a día en el aula y recuerdo con tristeza cómo una profesora prejubilada era objeto constante de burla de sus alumnos. He tenido compañeros zarandeados en un patio, agresiones verbales, algún escupitajo en el pasillo, enfrentamientos con familias y alumnos.

¿Hay malos profesores? Sin duda. ¿Nos merecemos por ellos este trato? No. La nuestra es una profesión que se nutre de la vocación, de la buena voluntad, de una cierta heroicidad y esfuerzo que hasta la propia sociedad nos exige; no sólo se nos pide ser profesionales, a pesar de la escasa lealtad y apoyo de las instituciones, se espera siempre de nosotros mucho más. Somos profesores “a solis ortu usque ad occasum”.

Paracuellos

El curso pasado sucedió algo inédito hasta ahora en nuestro país: un profesor fue asesinado en un instituto de Cataluña. Lo que veíamos en los centros de Estados Unidos a través del cine y los documentales –Bowling for Columbine, Elephant…-, algo lejano y preocupante, hacía acto de presencia en nuestro país. Más allá del hecho en sí, grave, traumático, fueron extrañas las reacciones que se produjeron en los días posteriores. La consellera de Educación, Irene Rigau, esgrimió que se trataba de un episodio psicótico, algo puntual y aislado. Varios sindicatos reclamaron su fulminante dimisión pues alegaron que carecía de pruebas para sustentar esa afirmación, que exponía –de ser cierto- sin protección una información sensible sobre el menor. Poco después de estas primeras palabras, dejó caer lo siguiente: “ha muerto un profesor, pero la gran víctima ha sido el menor”. Esa sensibilidad tan asimétrica la manifestaba una consejera de educación.

El mass media en Cataluña, muy controlado por un partido político, hoy bicéfalo, pasó en general de puntillas y sin dedicar tiempo alguno a fomentar debates sobre la violencia escolar, el estado de las escuelas,… Alguien malintencionado pensará que esta cadena de afirmaciones políticas y estos múltiples silencios mediáticos permitieron esquivar una bala muy molesta: un problema que se ha ido agudizando en el transcurso de los años llamado violencia escolar. En lugar de un homenaje y una reflexión, aquella noticia se blindó con el silencio de unos y la indignación de otros; todavía algunos esperamos la rectificación de la hoy ex-consellera y pocos recuerdan el nombre del profesor.

¿Existe una solución política para reducir la violencia escolar? Tal vez reclamar hoy que el docente se convierta en autoridad pública se confunde con una reivindicación franquista. Y tal vez el amparo jurídico no resuelva nada, tal vez la sociedad en su conjunto debe revisar sus planteamientos, tal vez hemos fabricado algunos monstruos, pero el hecho es que yo he sido testigo de abusos que jamás imaginé ni concebí como estudiante.

En todo caso, los brazos cruzados no sólo provocan el desgaste de los maestros, también afecta al corazón mismo de nuestra sociedad. Toda violencia impune tiene un efecto directo en las relaciones humanas: hace escasas semanas un joven trans se quitó la vida. Hasta ese día de desesperanza, había sufrido acoso: por bollera, por trans, por no pertenecer a la tiranía de “lo normal” y “binario”. El clima de violencia se extiende como la brea, contaminando raíces y brotes, contra la paz, la diferencia y la minoría. Para poder hablar de tolerancia, civismo, derechos, el entorno no puede ser hostil y beligerante, debe respirarse en las aulas un aroma de calma y exigencia, nunca la bruma de la bronca y la agresión. ¿Cómo podemos alentar un espíritu respetuoso, democrático, cívico si nuestros alumnos ya no sólo pasan, sino ya agreden? ¿Cómo reclamar respeto e igualdad hacia cualquier orientación si los adultos son ya objeto de burla de sus alumnos? Es este el caldo de cultivo del racismo, de la violencia de género, de la transfobia, del sexismo,… de la intolerancia y la ignorancia, padres y madres de la miseria y el hambre.

Nuestros alumnos no son peores que los de otros tiempos. La violencia forma parte de nuestra sociedad en casi todas sus facetas, los jóvenes sólo reflejan los signos de su tiempo: recompensa inmediata, baja tolerancia a la frustración, agresividad y competitividad, narcisismo,… Ellos no son los culpables de la violencia, aunque sí responsables, los adultos hemos engendrado un cóctel infecto. Necesitan los profesores del prestigio y la autoridad perdidas, el apoyo y compromiso real de las familias (su implicación en la formación integral de sus hijos es un deber contraído desde el útero o el esperma, no una carga suplementaria), la presencia de la sociedad como tribu o comunidad activa, la agilidad de la administración en situaciones que alteren la convivencia, el respaldo de los equipos directivos. Nosotros pondremos la coherencia, el diálogo, el reglamento y en lugar del miedo o el abatimiento irritado, aparecerá de nuevo la maestra y el maestro.

Porque sería una triste ironía que siguieran los bofetones y las orejas de burro en una oscura inversión del relato. Nosotros, burros; ellos, tiranos. En este camino tan lóbrego, si persiste, tal vez un día actualicen el final de La lengua de las mariposas y veamos en pantalla que un niño vuelve en nuestro siglo a lanzar una piedra contra su pobre maestro.

Lengua mariposas

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