PHILIP K. DICK: escorzos de una lectura apasionada

Por David Martin Acedo

I

“Si el tema central de mi obra es ¿podemos considerar el universo real, y si es así, de qué manera? Mi tema secundario es ¿somos todos humanos” Philip K. Dick

Creo que la mejor forma de presentar a Philip K. Dick, el más extraño de los autores de ciencia-ficción, es dejar de lado, por un momento, los datos biográficos, el aparato crítico, el análisis filológico y dejar sobre la mesa mi experiencia personal con este autor. Con esta crítica impresionista quisiera dibujar los malentendidos, las maniobras e itinerarios, mis prejuicios y finalmente, el encuentro gozoso y apasionado que ha representado la abundante –a veces, apabullante- literatura de este visionario, nacido en Chicago, gemelo superviviente de Dorothy y Joseph, ahijado de la contracultura y el LSD.

Estos meses de lectura febril han estado llenos de desencuentros y reconciliaciones, propias de una turbulenta relación amorosa, hasta conducirme hasta aquí, a este escrito, brindis final, con el que manifiesto mi amor, con el que consagraré para este autor un gran espacio permanente en mi biblioteca futura. Cada cual perfila su propio cuadro de deidades, de maestros, su academia y sus musas; hoy en mi parnaso, más que mis escritos, habitan mis mejores lecturas: las de Cervantes, Montaigne, Zweig, Mc Carthy, Chirbes, Cernuda, Ballard, Poncela, Wilde… y Philip K. Dick

Nuestros primeros pasos no pudieron ser peores. Como muchos, busqué a Philip K. Dick en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Su estilo me resultó pobre, mediocre; apenas parecían títeres de tres cuerdas sus personajes, sin hondura psicológica; no entendía ni su contenido ni el oscuro entorno –tan gris frente a las hermosas sociedades futuristas de Asimov- y lo abandoné a las pocas páginas. Ridley Scott nos brindó la mejor adaptación cinematográfica de Dick -junto A scanner darkly y Desafío total– pero escogió una novela difícil y los curiosos nos topamos con un muro.

Regresé al optimismo de Asimov, a la exactitud de Arthur C. Clarke y me olvidé por un tiempo de aquel barbudo, precursor del cyberpunk. Hasta que las sirenas volvieron a acusar mi ignorancia cuando un devoto suyo me encomendó darle una segunda oportunidad. Elegí El hombre en el castillo y esta vez mi desconfiada visita me colmó de sorpresas. De repente, la historia alteraba su curso: el Eje derrotaba a Estados Unidos, Alemania y Japón dividía el mundo en dos grandes reinos.

Dick Pulp

Lo que me sorprendió fue ver cómo hacía evolucionar esta ucronía hasta sus consecuencias menos evidentes –por ejemplo: el tráfico de objetos de la antigua cultura norteamericana-, afilaba su mirada hacia la oscuridad de este futuro y sabía ver más allá. La novela, además, estaba plagada de ideas, de maravillosas puntas de iceberg, de escorzos apuntados como el uso del I-Ching para planificar tu existencia; frente a otros autores más tacaños o más pobres, K. Dick deja rebosar su genio, entrega generosamente apuntes y escorzos, simples iniciales que nunca terminan de concretarse, reforzando esa sensación de indeterminación que en futuras lecturas se confirmarían. Para ser una obra de ciencia-ficción, la novela apuntaba hacia elementos filosóficos y existenciales, inéditos en otras obras del género.

Quedé loco, atónito con esta novela. Cuando un arqueólogo descubre con el pincel el vestigio de algo remoto, las horas se disuelven y amontonan sin valor mientras sigue su búsqueda; cuando un lector encuentra un autor como K. Dick, la pasión le lleva a buscar, ya adicto, ya irrefrenable, nuevos títulos. Me encontré entonces con sus cuentos, una gigantesca cordillera de relatos que empecé a escalar sin cuerda ni piolet. Ese fue mi segundo acierto: en ellos se apuntaban las obsesiones, las paranoias, el estilo de Philip K. Dick. Un compañero me había advertido: “te va a girar la cabeza”, “empezarás a ver todo a través de sus ojos”. ¿Pero cómo detenerme tras leerme El informe de la minoría, cómo frenar mi sed tras La segunda variedad, buscar nuevas sendas y dejar La paga, El gran C, El modelo de Yancy, Juego de Guerra, Y gira la rueda,…? Aluciné con ¡ser un blobel! y La fe de nuestros padres, una de las mayores pesadillas de la literatura.

                                                                                              II

“Yo siempre temí que mi televisor o mi tostadora tomaran el control de todo”

No encuentro mejor presentación y más ameno camino hacia el corazón de Philip K. Dick que sus cuentos, la mejor senda para luego abordar sus grandes novelas, antes de perderse con Ubik o con Los tres estigmas. Esta es la mejor ruta de navegación para conocer su mente alucinada.

Por supuesto, sigo leyendo más novelas de Dick. La lista es inabarcable, pero alterando la expresión, ya no caen en mis manos sus obras: las rastreo y capturo como un sabueso en cualquier parte, ya sea en mercadillos, librerías, almacenes o venturosos puestos perdidos, sin abandonar ya nunca la presa. ¿Los motivos? Muchos de ellos estaban apuntados en El hombre en el Castillo.

Quien busque combates espaciales, alienígenas, los encontrará como simple decorado, como atrezzo en su obra, porque K. Dick prefiere con la ciencia-ficción pintar algo más que el futuro, creíble y oscuro; detectó como un astrónomo los lejanos peligros de la ciencia y la tecnología, se interesó por la religión –la reencarnación, la fe, Dios…-y la filosofía –la Caverna de Platón, el idios kosmos, el interrogante de Alan Turing,…-, su mente paranoide se obsesionó con la política –totalitaria: estalinismo, nazismo y las acciones de Nixon y la CIA- y la guerra. Sus novelas y cuentos escapan a las pocas líneas del límite fronterizo de la ciencia-ficción. Sus lecturas personales ya insinúan hasta qué punto fue un gran escritor, interesado en lo universal, pero atrapado por el azar dentro de un género y de unas editoriales pulp: Joyce, Borges, Kafka, Jung, Dostoievski aparecen entre sus escritores de cabecera.

Nada avaricioso, nunca escatimó en ideas. Esa generosidad compensa con creces su estilo áspero, a menudo torpe: a la vuelta de la esquina, encontramos semillas y esporas tan geniales que por sí solas invitarían a construir otro cuento. Las entregaba a sus pasmados lectores y luego dejaba a un lado, sin aclararlas, sin desarrollarlas, pues las tenía a millones y podía permitirse el lujo de seguir por otro derrotero. Una simple enumeración puede darnos una ligera comprensión de qué clase de cuerno de la abundancia tenía en su máquina de escribir: una empresa permite comunicarse con los muertos, una puerta de casa impide salir a los morosos, una lejana sociedad envía a un joven a interrogar cada año al último súperordenador, telépatas, precognitores, máquinas que dan vida a sinfonías clásicas, zapatos que se rebelan, un periódico homeostático desvela el futuro, una empresa contrata musas gracias a los saltos temporales,… Jamás imaginaría a Dick paralizado ante el bloqueo creativo de tantos escritores: es el más notable oxímoron de su escritura compulsiva y tan gran talento arrastra a sus lectores a algo raro: invita a crear, a imaginar, a ser coescritores, a amamantarnos y crecer con su arte.

Pocos autores alimentan al escritor que llevamos dentro. Cualquier adolescente soñaría con ser escritor, una vez lee a Dick. En mi experiencia, puedo contar con los dedos de una mano el número de artistas y musas al unísono, porque tan sólo Ballard o Dick me han estimulado a escribir, a inventar, a emborronar otro papel, a seguir las baldosas amarillas de su inspiración. Al fin y al cabo, su concepción de la ciencia-ficción ya alimentaba este virus creativo: según él, la ciencia ficción no se reducía a simples aventuras espaciales, basaba el género en plantear un mundo ficticio, “desfigurado del nuestro, al menos en un aspecto” conceptual y coherente, y después se trataba de observar su desarrollo. Le interesaba ver la realidad desde otro enfoque, como sucedía en su primer cuento, Roog, centrado en un perro incomprendido, pero para lograr buena ciencia-ficción se debía estimular el intelecto, “que provocara una reacción creativa en el propio lector”.

Dick Crumb

Philip K Dick anticipó el futuro, describió los monstruos y las pesadillas de la era moderna, tan plagada de razón, ciencia y tecnología. La dimensión alegórica –además de catastrófica- de sus novelas y relatos, tan próximas a Kafka, ofrecían puertas hacia nuestro tiempo y a los más remotos. Acertó a ver los desastres probables de una tecnología sin control, entre manos ignorantes; uno de sus mejores intérpretes, Stanislaw Lem, reconocía que Dick pudo adivinar en los logros del progreso algo hasta entonces impensable: el caos, la ruina, las dictaduras. Pero su mirada profética, gracias a los ácidos –o a pesar de ellos-, pudo atisbar las ramificaciones filosóficas y religiosas de nuestras sociedades modernas. Terry Gilliam lo expresó mucho mejor: “Para cualquiera que se pierda en las inabarcables y crecientes realidades del mundo moderno, recuerda: Philip K. Dick estuvo allí antes”. La impresionante serie Black Mirror está ya anunciada en las mejores novelas de Dick.

Los temas de su literatura, descritos con agilidad por Steve Olwen, fueron muchos y aparecen con insistencia en toda su obra: fascinación por la guerra, qué nos identifica como humanos, los dioses menores o la belleza de la desolación. Tal vez estos asuntos acabaron siendo obsesiones, algo habitual en su agitada y casi invivible vida. La muy recomendable biografía, escrita por Emmanuelle Carriére, demuestra hasta qué punto Dick vivía en otra realidad: drogas, indigencia, depresión, ácido, demenciales convicciones, varios matrimonios, bromuro de potasio, Nixon,… No sólo su literatura, su figura cobra visos legendarios y como un gurú, atrajo la atención de Lennon, Spiegelman o Crumb entre otros.

Cada libro de Philip K. Dick, ya sea un breve cuento o una de sus premiadas novelas, me recuerda que el despertador, ese infierno tecnológico del XX, no nos despierta. Los sueños son nuestras más precisas alarmas y el despertador, madrugador, nos devuelve al tonto sueño de la existencia.

Philip K. Dick, por suerte para todos, no está muerto: sus páginas como cámaras de vida siguen en constante comunicación con nosotros, sus soñadores lectores.

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