Transparent: Ser en la galería de los espejos

Por David Martin Acedo

“Sueño con que mis cuatro hijos vivirán un día en un país en el cual no serán juzgados por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad” Martin Luther King

A partir de cierta edad, algunos empezamos a experimentar algo extraño. Como si nos halláramos en un ascensor detenido, vivimos entre la nostalgia de lo que fue y la esperanza de lo que vendrá, habitantes de una transición que no logra estabilizarse del todo. Por ejemplo, del mundo de ayer reclamamos la seguridad laboral, añoramos con pasión algo de la vieja cultura y soñamos, utópicos, que en un futuro se clausure la tortura animal, la contaminación, los desmanes del capitalismo,…

Entre el mundo viejo y el mundo nuevo, empezamos a ver costuras y pliegues de ambos escenarios. La serie Transparent nos muestra la colisión con un mundo que se niega todavía a aceptar la diferencia, esa diferencia que todavía es discriminada, maltratada o silenciada en este siglo tan tecnológico y global. El arte suele romper el velo de Maya, manifestando a través de la apariencia –la ficción- ciertas verdades, siempre incómodas como una china en un zapato: creemos vivir en una sociedad tolerante, abierta, plural y sin embargo rescoldos de viejas mentes arden etre nosotros, cuando aparece el sexismo, la homofobia, el acoso en gestos y hábitos casi inconscientes. Una serie como Transparent demuestra que el mundo nuevo todavía es hoy una ilusión, un sueño por cumplirse. Veamos.

Fue Amazon quien desvelaba en nuestras pantallas, en febrero de 2014, la transformación de Mort, padre y profesor retirado de setenta años, en Maura ante su familia y su entorno. Su creadora, Jill Solloway, partía de su experiencia personal: su anciano padre le confesó su identidad trans. En la serie, de forma paulatina, muy accidentada, Maura descubre a su familia, rica, blanca, aparentemente progresista, quién es él. De algún modo, su periplo personal provoca en su familia otra transformación, una especie de convulsión en el lago, el súbito reconocimiento de lo extraño que son ante sí mismos. Mientras Maura asume sin fisuras, feliz, serena, quién es, su entorno muestra la comedia, la ilusión, el engaño en el que viven. Su decisión es personal, pero en su mundo se traduce en un gesto político, revolucionario: el episodio de su entrada a los lavabos femeninos muestran la radical hostilidad de nuestro mundo. Ya no sólo el compañero de trabajo responderá con una risa incómoda, su familia podría darle la espalda: “En cinco años levantarás la vista y ni un sólo miembro de tu familia estará a tu lado” le vaticina su guía, Davina.

Poco a poco, el cine y la televisión han empezado a despertar: Orange is the new Black contaba en su inmejorable y muy coral reparto con la actriz transexual Laverne Cox, interpretando a la peluquera Sophia por la que sería nominada a un Emmy; Sense 8 no sólo incluía entre los senses a una actriz transexual, Jamie Clayton, sino que su directora Lana Wachowski fue noticia con su cambio de físico años atrás, mientras rodaba la trilogía de Matrix; Glee, Transamerica, Pink Flamingos, Mi vida en rosa, Boys don´t cry,… e incluso Glee han mostrado la realidad trans en una sociedad siempre reticente a reconocer y normalizar el movimiento lgtb. Queda lejos, aunque no debemos ahorrarnos esta importante mención, el Orlando de Virginia Woolf.

transparent[1]

Nuestra serie, Transparent, no se centra en la singularidad de Maura, no pretende poner su condición como centro de la narrativa; su mayor logro –creo- es situarnos al personaje en su madurez, en el equilibrio pleno de la felicidad, de la aceptación frente a las extravagantes y confusas vivencias de sus hijos. En lugar de reducir a Maura a un género, a una etiqueta, dubitativo ante los espejos y aristas de ser uno mismo, se comporta y siente más humano, más sólido que el resto de personajes. No problematiza ni dramatiza su decisión, la normaliza e incluso nos muestra a un personaje sereno, en armonía consigo mismo frente a un entorno chirriante, con unos  hijos convertidos en odiosos hípster, que se comportan de forma escurridiza, inquieta. Son ellos los protagonistas de una mutación que la primera temporada no resuelve, que como Hamlet viven en los dominios de la angustia y la tensión, veletas, sufriendo el temblor de una identidad sin anclas, a la intemperie, celebración angustiosa de la sociedad líquida, acuñada y largamente pregonada con gran éxito por el sociólogo Zygmunt Baumant.

Maura se despoja de sus ropajes, adquiere conciencia de quién es ante el mundo, propone acabar todo carnaval y apariencia, reconocer su esencia. Es paradigmático el episodio centrado en un funeral judío, no sólo por su valor transcendental, sino porque recrea la costumbre judía de cubrir los espejos y todo objeto de adorno. “Librarnos de la vanidad, librarnos de la máscara del ser vistos y ser quienes somos”. Esas palabras resumen hábilmente el núcleo de esta serie.

A todas luces, Transparent no sólo resulta ser una buena serie, capaz de mostrar con pocos trazos complejos conflictos, con un talento narrativo muy visible en el episodio 8 –a mi juicio, el más brillante de todos-: además visibiliza la realidad más desconocida del movimiento lgtb. En un mundo todavía polarizado, masculino o femenino, rosa y azul, en una sociedad de casillas y etiquetas –una especie de Juego de la Oca, repetitiva y ultracompetitiva-, Transparent nos desafía a repensar los géneros desde un tono de dramedia, humanista, sin tintes melodramáticos que persigan el panfleto más obvio. Para espectadores que como yo, desconocían el movimiento trans, la serie se convierte en un viaje humano, personal, hacia otro mundo mejor. Un mundo todavía soñado, pero en el que dentro de cien años, seremos todos libres de ser quienes queramos ser, sin máscaras, sin fronteras, sin tener que luchar contra los viejos yugos del prejuicio o la discriminación. En cien años, Maura conquistará su felicidad sin que implique la soledad; en cien años, un adolescente vivirá y será sin que le cueste la vida. Transparent es una bisagra entre nuestro mundo y otro por llegar, todavía por colonizar.

Está por llegar ese mundo. Mientras nos vamos acercando, disfrutemos con Transparent, con Matar a un Ruiseñor, con esas ficciones capaces de armonizar el mensaje humanista con el tratamiento artístico que merece.

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