Malestar en la educación pública (II): poderes públicos

Seguimos la serie de artículos sobre la educación pública. Tras una introducción anterior, esta vez nos acercamos a la presencia de la política en las aulas:

5-“Los poderes públicos garantizan el derecho de todos a la educación, mediante una programación general de la enseñanza, con participación efectiva de todos los sectores afectados y la creación de centros docentes” Artículo 27, Constitución Española

Yo pertenezco a la generación de BUP y COU, que creció libre, jugando a las canicas, intercambiando cromos, viendo La Bola de Cristal y haciendo eternos amigos y esporádicos enemigos en la calle; nací en los albores de esta democracia incompleta. Hoy somos bautizados por nuestros profesores como la “generación de élite”, porque recibimos una educación pública de calidad, disfrutamos de una formación insólita partiendo de nuestros orígenes: hijos de humildes trabajadores, nuestro desarrollo intelectual fue un sueño imposible para nuestros padres y abuelos; gozamos de oportunidades, de futuro, estudiamos carreras, nos convertimos en heraldos de progreso, simientes de tiempos mejores, respetamos a nuestros profesores porque nuestras familias nos lo inculcaron, nuestra educación afectiva y cívica la forjaron nuestros padres con el refuerzo de nuestros profesores. Nos etiquetaron como Generación X, Nocilla, Baby Boom,…

Hoy enseño en institutos públicos a la generación ESO, carente de espacios públicos (ellos apenas tienen los parques, descampados, plazas en los que nosotros jugábamos), interconectada, digital, consumidora de telerrealidad, que nutrirá la cola del paro, que recibirá la etiqueta de nini, que no logrará por sus posibilidades económicas iniciar una carrera, menos aún un máster.

¿Qué ha sucedido en la transición entre ambas generaciones? El desastre de la ESO muchos lo anticiparon: ampliar la enseñanza hasta los dieciséis era una buena iniciativa, pero su desarrollo fue mediocre, torpe, improvisado. Para maquillar los datos del paro y reducir la delincuencia juvenil, eliminaron la FP –vía para “tontos” según un cruel y desatinado vox populi– e invirtieron colocando más pupitres en los institutos. Se olvidaron de establecer itinerarios curriculares, de proporcionar recursos y formación a los docentes, de crear un entorno adaptado a un alumnado que no quería estudiar sino formarse en talleres y profesiones. Tiraron por lo barato. En lugar de revisar y detectar los fallos del sistema ESO, tan notorios para quienes estamos dentro, que conocemos la magnitud de la tragedia y sus futuras réplicas sísmicas, algunos ante los índices de paro actuales prometen ampliar la ESO hasta los 18 años. Como fuego a las brasas. Sembrar ceniza en terreno baldío. La historia se repite con un soniquete burlón ante nuestros ojos.

Clase

Al fin y al cabo, los desatinos en la educación son reverberaciones de una constante: la improvisación ha sido la rutina de la política española. Cuando alguien quiso en la época de vacas gordas –para algunos- proclamar la escuela 2.0, insertaron cables y portátiles en las aulas, pero se olvidaron de la fibra óptica, de una formación sólida, de dotarnos de recursos y materiales multimedia: las familias tal vez regalaron votos a estos gobiernos tan modernos, nosotros nos las vimos y deseamos para sobrevivir en aquellas cavernas con mala conexión y –encima- sin un libro, sin formación, sin una reflexión profunda del proceso. La siguiente buena nueva vino con la escuela trilingüe, quisieron impartir matemáticas e historia en inglés, cuando los alumnos apenas sabían –ni saben- redactar una frase en su idioma nativo. Han modificado en varias ocasiones el calendario escolar y hay quien promete hacernos europeos, reducir las vacaciones estivales y repartirlas por el curso, pero ¡ay!, en su afán de innovar, vuelven a descuidar un aspecto razonable: en julio, en nuestro país, en un aula sin aire acondicionado, resulta fácil enseñar y muy divertido aprender. Recomiendo a los señores de despacho –pues pocas mujeres disfrutan de esta ventaja, relegadas a puestos y salarios inferiores en este recién estrenado 2016- tomarse la molestia de recrear en simulación –o diferido- este entorno durante unos días; verán cómo sus hojas de cálculo y sus bases de datos empiezan a salirles equivocados, derritiéndose frente al Lorenzo hispánico.

Como es lógico, cuando los políticos persiguen réditos electores a costa de la educación, al Pacto Nacional por la Educación ni se le conoce ni se le espera. Son pocos los políticos que siendo gestores de lo público, garantes y supervisores, envían a sus hijos al centro público que les corresponde por zona. En Estados Unidos se propuso un compromiso en algunos programas políticos: los candidatos políticos deben utilizar los servicios públicos que la mayoría utiliza; aquí suena exótico plantear que gobernantes y gobernados convivan en los mismos espacios, experimenten las listas de espera, vivan de forma cotidiana y habitual en barracones escolares , en el seno de la sociedad y no en una urna de cristal. Todo esto debe sonar a ciencia ficción, a populismo barato en oídos de muchos de nuestros políticos. Un puro disparate.

¿O no?

 

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