Malestar en la educación pública (I)

“1.Toda persona tiene derecho a la educación. La educación debe ser gratuita, al menos en lo concerniente a la instrucción elemental y fundamental” (artículo 26) Declaración universal de los derechos humanos

Ya hace casi nueve los años que llevo transitando entre institutos públicos, tal vez sean catorce los centros públicos (con sus profesores, sus alumnos y sus hábitos) que he pisado, más de dos mil adolescentes han tenido la suerte –y a veces, el gran disgusto- de cruzarse en mi errática trayectoria, he padecido varios cambios de leyes y he conocido sin máscaras electorales a varios partidos políticos en el poder –tripartitos, CiU, PSOE, PP-. Mi itinerario de peonza o noria, bastante precario en su conjunto, trufado de dichas y arcadas, me permiten hoy abastecerme no sólo de experiencia sino de una visión –muy particular- del estado de la educación pública. Esa experiencia se complementa con la miopía que supone tener una postura política; mi malestar está condicionado por los azares y malestares de una biografía -limitada por la edad- y tal vez, por malos juicios y peores decisiones.

De nuevo, como cada tanto tiempo, en esos compases cíclicos plagados de buenas intenciones, atisbo como un viejo marinero desde el mástil central cómo vuelven los pedagogos a frecuentar las aulas desde sus libros y a montar nuevas teorías para intentar detener el gran fracaso en que se ha convertido la educación pública en este país. Un país por donde se desangra la inteligencia, las inversiones y el futuro de nuestros jóvenes. José Antonio Marina ha propuesto el Libro Blanco y como es costumbre, los medios corretean para registrar las opiniones de familias, pedagogos, directores, sindicatos, políticos y filósofos, pero entre tanto debate y encuesta, vuelve a faltar el viejo elefante blanco: el maestro. Con mayor o menor destreza, con mejor intención que resultado, quiero añadir a este nuevo plan maestro un breve diagnóstico del estado de la enseñanza pública que hasta hoy he conocido.

IMG_1820

II

A diferencia de otros países, España persevera en conservar embalsamadas, sin tocarlas ni cuestionarlas, tres vías de enseñanza: la privada, la concertada y la pública. Los grandes partidos políticos han sostenido sin discusión ni rubor el gran cáncer de nuestra democracia: una concertada que hoy representa un 30% de los centros de enseñanza en nuestro país. Y cuando alguien cuestiona el mantenimiento de la concertada, se arremolinan y desfilan las mismas opiniones: “queremos tener libertad de elección”, “este no es el problema”, “las concertadas pueden así seleccionar su profesorado”.

Más allá del juicio de valor, el dato más objetivo es que con dinero público se están gestionando unos centros que seleccionan sin oposición, a dedo, sus docentes; las complejidades que han implicado la inmigración y los entornos más desfavorecidos, según unas estadísticas –opacas, a las que el ciudadano no tiene acceso directo- son expulsados y redirigidos hacia la pública; las concertadas establecen unas cuotas económicas como primera barrera ante los menos privilegiados de nuestra sociedad, a pesar de que los impuestos de todos sustenten esta realidad; más del 60% de las concertadas promueven un ideario católico y no laico, como exigiría una democracia moderna. La escuela concertada equivale a un copago o un repago con el agravante de que las inscripciones se reducen y filtran como un embudo a un núcleo delimitado de población.

La escuela pública se convierte, a efectos de estos antecedentes, en un espacio heterogéneo, complejo que parece destinado a “fabricar” peones porque ya en la concertada y privada surgirán los abogados, los médicos, los catedráticos, los periodistas que gobernarán una sociedad clasista. Esos bellos sarcófagos, urnas de los futuros gobernantes, compiten con ventaja con el espejo más fiel de nuestra sociedad: la escuela pública. Los alumnos más conflictivos que hasta la fecha he tenido en el aula eran los no deseados por los colegios concertados, que sus padres abandonaban allí a la espera de que cumplieran los dieciséis. La administración, cómplice de este perverso estado, se ha encargado de dificultar la expulsión de esas bombas de relojería. El sistema, sin duda, funciona de forma asimétrica.

Pero si la opinión de un maestro siempre será puesta en tela de juicio, siendo este tachado de corporativista, de juez y parte con cuestionable imparcialidad, les remito al artículo de Vicenç Navarro sobre la cuestión.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s