Jessica Jones: el superhéroe ya es adulto y mujer

Por David Martin Acedo

(El artículo evita los spoilers, presenta y juzga a grandes rasgos la serie)

Si miramos en perspectiva la relación del cine con el cómic, siempre aparecen varios puntos de inflexión: Tim Burton otorgó a Batman un aspecto gótico que lo distanciaba del tono kitsch de sus predecesoras (ese aspecto sombrío se elevaría gracias a una secuela, trufada de figuras como El Pingüino o Catwoman, tan magnéticas como perturbadoras); pocos recuerdan ya una nada desdeñable película de Shyamalan, El Protegido, reflexión hiperrealista sobre la relación –de colisión y dependencia- entre el héroe y el villano que tantos cómics habían mostrado; y todos tenemos en mente a Nolan y su Caballero Oscuro. Desde entonces, el cómic ha inundado las pantallas hasta el punto de ser ya la punta de lanza de Hollywood, los superhéroes han inundado con sus capas y sus superpoderes todas las taquillas, ya tenemos X-Men, Vengadores, Guardianes, Fantásticos en todas las sopas y pantallas habidas y por haber. No era extraño que Birdman, como ácida parodia, cuestionara la dependencia absoluta, bastante tóxica, de la industria con este género, convertido en la gran fábrica de dinero –y algunas ideas- de Estados Unidos.

El año pasado llegó desde Netflix un nuevo héroe: Daredevil. Tras disfrutar de Misfits o Heroes  (ambas con unas espléndidas e inigualables primeras temporadas), llegó el ciego enmascarado y sorprendió a crítica y audiencia, haciéndonos olvidar la ominosa antecesora con un Ben Affleck en horas bajas, antes de Perdida o su nuevo Batman. La serie, creada por Drew Goddard, mostró el lado más oscuro de Matt Murdock, un héroe que recibía terribles palizas y sufría más terribles dilemas, suscitando evidentes paralelismos con el martirio cristiano. Teníamos además a uno de los mejores villanos de la televisión y unas escenas de lucha que pocas veces habíamos contemplado en televisión y que tanto nos recuerdan a espectáculos visuales como The Raid u Old Boy –o en el ámbito occidental, referentes como Bourne, Matrix o el Bond de Craig-. A pesar de algunos secundarios que chirriaban en la trama y unas decisiones un tanto cuestionables, Daredevil seguía la estela de Nolan, inundando de oscuridad y violencia Hell´s Kitchen.

En Netflix abordaban esta vez la figura del superhéroe desde un rigor y un estilo más cercanos al cine de autor que a sus vertientes más palomiteras, más aún si Phil Abraham tenía en mente, como reconocería más tarde, a Serpico, a Sidney Lumet en un escenario crudo, tan húmedo e incómodo como la megaurbe de Blade Runner.  Por momentos, los poderes son lo de menos. Empezamos a jugar en otro terreno.

Jessica Jones 2

Así llegamos hasta Jessica Jones. Se recupera el tono noir de Daredevil, pero esta vez hay una serie de alicientes que la convierten, a mi juicio, en una serie más sólida y todavía más adulta que su predecesora. Jessica Jones tiene una fuerza demoledora, pero no sólo física, su magnetismo nos permite creernos al personaje, empatizar con él, sufrir con él: a diferencia de Matt, que tiene una postura ética casi fantástica, Jessica aparece humana, imperfecta, callejera, cínica. Su nombre resume esa naturaleza cotidiana que la aleja de lo rimbombante que puede ser apodarse Superman, Flash, Spiderman…  Está despojada de heroísmo e incluso se burla del atuendo de otros súpers: “si me pongo esa cosa, se me marcará el chumino”. Está claro que nuestra heroína pertenece a otra liga, más prosaica, donde las réplicas llenas de mala baba la sitúan como a una mujer de nuestro siglo y a la serie, en la más contemporánea de todas hasta la fecha.

Entre los muchos secundarios –y ninguno resulta desdeñable, algo de por sí increíble-, el que será su amante –no amado, no amigo: simple follamigo- la describe a la perfección: “Una borracha con mal carácter y un desastre de mujer”. Nuestra detective privado, llena de traumas y con un humor afilado, se emborracha, es autodestructiva, tiene relaciones sexuales efímeras, no persigue la redención ni mucho menos la salvación del mundo…

Por tanto, el antagonista ha de ser por fuerza más cruel y despótico que otros villanos de opereta. Como sucedía en El hombre invisible, contemplamos cómo un don –este sí prodigioso y muy atractivo- puede transformar y finalmente destruir la moral de cualquier individuo; nos aterroriza la brutalidad de sus acciones, que no se reducen al crimen o al caos, porque oscilan entre el capricho y la inhumanidad. Por momentos, el villano nos asusta porque no se comporta como un demonio con cuernos, sino un hombre caprichoso, pura métafora del capitalismo: no ve personas, sino cosas.

El villano y la heroína inundan a partes iguales de oscuridad y humor negro una serie que no afloja el ritmo, que no presenta apenas tramas de relleno, ni una intriga hinchada por los costados, ningún misterio que luego se desinflan. Apenas interfieren las alusiones a los Vengadores, Agents of S.H.I.E.L.D o al mismo Daredevil, aunque sí confieren a la serie una dimensión ambiciosa que la trasciende sin aturdirnos. Añadamos a este evento cinematográfico una Carrie Ann-Moss, más allá de Matrix, aquí interpretando a una lesbiana sin escrúpulos; una amiga que no se convierte en la típica losa de manual; un policía salido de ¡The Wire!, y un robusto barman que hará las delicias –y los aplausos- de no pocas mujeres.

¿Ya he dicho que además de sangre y mordaces comentarios de Jessica, tenemos escenas de cama sin engorrosas sábanas de por medio y sin primeros –soporíferos- planos de caras jadeantes, con cunnilingus y posturas del misionero ante nosotros? ¿En cuántas series de superhéroes podríamos oír una frase como “Espero que no me hayas jodido los dedos. Aquí hay muchas damas a las que satisfacer “? Aquí los referentes no son el pop o los juegos de rol, sino Green Day, Nirvana o Egon Schiele . Inhalen profundamente estos aires de libertad. En efecto, gracias a Jessica Jones, a los superhéroes ya se le han caído los dientes de leche y sus superpoderosos pañales. Estamos frente a una serie para adultos. Y Jessica va a golpear muy fuerte.

Egon Schiele

Pintura de Egon Schiele (Sitting woman with legs drawn up) que Jessica tiene en su oficina

 

 

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