Crossed: una jauría de bacantes

Por David Martin Acedo

“Penteo intentó detenerlas, pero, excitadas por el vino y el éxtasis religioso, le arrancaron los miembros uno a uno. Su madre Ágave encabezaba el tumulto y fue ella misma quien arrancó la cabeza a su propio hijo” Los mitos griegos, Robert Graves (Naturaleza y hechos de Dioniso)

 

Si la Comics Code Authority volviera a estar vigente,  este cómic sería el primero en ser arrojado a las llamas “purificadoras”. En Farenheit todos los bomberos harían cola por prender fuego a alguno de sus ejemplares. Hitler lo hubiera tildado de arte vomitivo-judaico, y en algunas sociedades puritanas como Salem, llevarían a la hoguera a su creador, Garth Ennis. Por fortuna, nuestra democracia ha comprendido que el arte se alimenta de la libertad y que la ficción es sólo eso, ficción, por mucho que algunos asocien los videojuegos con la violencia, la música gótica con el suicidio y el rock con las drogas.

El cómic nació en 2008 de la mano de Garth Ennis, responsable de maravillas como Punisher, The Boys o Preacher. El preludio de Crossed se situaba en un bar de carretera y como en aquel célebre número de Sandman (Preludios y nocturnos), aquí un grupo de personas son sometidas a un horror sin límite: un tipo entra en un bar con una médula arrancada entre sus manos, una sonrisa sádica y un eccema en forma de cruz en su rostro que sorprende a todos los comensales.. Nadie conoce el origen de la enfermedad, quién es el infectado cero (sólo en la irregular serie Badlands se revelará cómo se extendió la infección), la causa original, pero la infección está a punto de convertir el planeta en un paisaje de Juicio Final con sádicos monstruos como nuevos reyes.

Como si el Ello de Freud emergiera y rompiera con la moral, la civilización y con cualquier atisbo de supervivencia. Al igual que en la estética japonesa del manga seinen, el sexo y el gore se reparten el protagonismo en el cómic. Si un grupo de psicópatas pervertidos y depravados se reunieran en una habitación a idear un cómic, tal vez se acercarían a escribir las primeras viñetas de Crossed. Garth Ennis hasta ahora había perpetrados guiones muy salvajes, llenos de crítica –política y religiosa-, sexo y violencia, pero aquí hace saltar por los aires todo límite para dibujar un infierno en que infectados y supervivientes se comportan como feroces lobos. Palanuik escribió con Fantasmas una fábula terrorífica y Junji Ito nos llenó de pesadillas la mente con Uzumaki, pero Crossed es ya otra cosa; logra algo difícil: hacernos sentir culpables de su lectura en ciertos instantes como si fuéramos adolescentes ocultando una revista porno tras la mesita de noche. Y lo peor: queremos más.

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Háganse una ligera idea: una embarazada extrae su feto para devorarlo. Un grupo empala a un tipo al que le han hecho comer sus ojos ¿Mal gusto? Un hombre emplea la cabeza decapitada de su víctima como taparrabos. Una mujer es arrollada por un coche y bajo las ruedas, goza de un explosivo orgasmo ¿Demasiado? Necrofilia. Canibalismo. Violación en masa. Parricidio. Infanticidio. Y un sinfín de brutalidades que Facebook no tardaría en vetar.

¿Qué atrajo a David Lapham o a Alan Moore hacia esta sinfonía de bestialismo y gore desbocado? Lo sospechamos: el planteamiento postapocalíptico permite como en el cómic de Robert Kirkman llevar una premisa –la supervivencia- hacia una reflexión sobre la naturaleza humana. Moore quiso en +100 imaginar cómo convivirían los supervivientes y los cruzados un siglo después; cómo cambiarían las religiones, las lenguas, las costumbres y la misma concepción de la historia. En esa tónica de dar la vuelta al calcetín, como ya hizo en su League of Extraordinary Gentlemen (que no me cansaré de recomendar y distinguir de la película), mira con distancia nuestra cultura y nuestras costumbres.

David Lapham prefirió colocar a un psicópata frente a los cruzados. ¿Qué haría el Alex de la Naranja Mecánica en un mundo asolado por el mal?

Aunque quizá el mejor arco argumental sea en mi opinión Valores familiares de David Lapham y Javier Barreno. Todas sus portadas distorsionan célebres cuadros americanos como si quisiera dinamitar nuestra visión de la vida americana y eso es al fin y al cabo, este arco argumental: coger la moral cristiana, la familia nuclear, el heroísmo americano para barrerlo con ayuda de los Cruzados.

No hace falta acudir a Delleuze y a Marcuse, citar a Baudelaire o a Sade, principales analistas del mal, convirtiéndonos en unos hípster de manual, para justificar que esta burrada nos flipa y que queremos más dosis de violencia. ¿No seremos sus lectores un poco Crossed? Como ya advertía el Joker, un Crossed avant la lettre, no es difícil volvernos un poco locos. Sólo hace falta una chispa para que nuestra civilización libere a su jauría de bacantes.

 

 

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