Orange is the new black: liberando tabús

Por David Martin Acedo

“El mundo es mejor en blanco y negro… y rojo”- Red.

En 2013 desembarcó Jenji Kohan, creadora de Weeds, en Netflix para lanzar de una tacada Orange is the new black, serie que empezaría jugando con una premisa, con unos estereotipos y en un género muy cerrado para ir convirtiéndose episodio a episodio en una serie de éxito, compleja, llena de sensibilidad y en muchos aspectos, ha tomado la valiente dirección de un misil dirigido contra un gran lote de tabús y convenciones.

En sus inicios, la serie encarcelaba a Pyper Chapman por asuntos de drogas, una joven blanca, delgada, de clase alta, un poco ingenua y en general, bastante repelente. Cualquiera pensaría con esta carta de presentación que iba a encontrarse con otra serie carcelaria como Prison Break, pero nos equivocamos: Orange es algo más que una serie sobre la institución penitenciaria y los conflictos en torno a libertad, castigo y redención[i].

Pronto se multiplican los temas que diferían de lo habitual: aparecen problemas raciales y religiosos, en general aparcados en la ficción norteamericana, con diálogos deslenguados, directos, tan divertidos como chocantes. Debe ser brutal para algunos beatos ver en sus pequeñas pantallas -cada vez menos, eso sí- el arrebato judaico de una afroamericana en la tercera temporada o las pullas geniales entre latinas y negras. Lo que demostraría cuánto daño en la práctica discursiva  hace a la tolerancia algo tan hipócrita como lo “políticamente correcto”, tan disuasivo y represivo en el lenguaje como en la realidad. Como ejercicio de democracia, de asamblea carcelaria y metáfora de la calle, Orange no se ha cortado en mostrarnos las desigualdades, la miseria, la falta de oportunidades de las minorías, las repercusiones de la privatización de lo público –véase la tercera temporada-.

Como ejemplo de esta capacidad subversiva, de esta valentía en los temas como en los planteamientos, en un episodio una tabacalera realiza unas pruebas en el correccional de baja seguridad para contratar a una presa y a bocajarro, dos presas conversan de este modo, sin tapujos, sobre el capitalismo:

“-A los ex-convictos sólo nos contratan los que ya son odiados por todos…

-No, mujer, no son tan malas (las tabacaleras). Mira: la gente tiene libertad para fumar o no. Las empresas malignas de verdad son las empresas que nos matan sin que lo sepamos. Como Holy Burton, Monsanto, Rio Santo, BP,… Esas no nos contratarían. Los verdaderos delincuentes no se preocupan de nosotros.”

En absoluto Orange es otra serie más sobre prisiones.

Aquí no acaban los cambios, las bifurcaciones. La protagonista no parece esquivar al rol habitual de otras series “femeninas”: desde Sexo en Nueva York e incluso Girls, siendo hasta cierto punto rompedoras, no dejaban de poner en el eje a una minoría sin grandes preocupaciones económicas, superficiales, algo vanidosas y en general, guapas y delgadas. Aparentaba ser una serie genuinamente femenina… exclusivamente de la minoría blanca y adinerada. Pero pronto descubrimos que es lesbiana y lo mejor está por llegar: Orange nos ha proporcionado uno de los mejores repartos de la historia de la televisión. Cada episodio nos dibuja la historia, a veces fragmentada, de una presa con ayuda de flashbacks y logra el milagro de que ninguna resulte aburrida. ¿Recuerdan los odiosos y abultados flashbacks de algunos de los personajes de Lost? Conocemos la intimidad, los deseos y frustraciones del coro femenino como ya insinúan los títulos de crédito, fijos en la mirada, en los tatuajes, en los labios. Y de la noche a la mañana, Pyper pasa a convertirse en otra figura más del reparto, como le advierte una presa –ejercicio muy metacinematográfico-:

“- Me alegro, Pyper, que hayas superado el complejo de ”yo soy la estrella de mi película y del mundo”.

Orange

Cada espectador puede escoger su mejor personaje y los Emmy han de premiar el trabajo colectivo de un reparto, donde principales y secundarios se difuminan. Suzanne, una presa lesbiana, vulnerable y violenta, apodada Crazy-Eyes logró este año un Emmy por su merecida interpretación; Big Boo es un personaje fuerte, combativo, que nos regaló una brillante reflexión sobre el aborto y la delincuencia; la cocinera del correccional, una pelirroja rusa apodada Red ; la fundamentalista cristiana Pennsatucky, y una larga, larga lista entre las que conviene destacar a Laverne Cox, actriz transexual.

Esta serie surge como noche estelada: hay tantas luces como actrices. Magistrales interpretaciones que los patrones estéticos nos están escamoteando diariamente: ¿cuántas Big Boos, Suzannes,… hemos perdido en el camino por un estúpido canon, irreal, generador de frustración en nuestra juventud[i]?

Como señala Serielizados, Orange se ha convertido en el Caballo de Troya de Kohan que introdujo muchos temas aparcados hasta entonces de muchas series. No es de extrañar que Jodie Foster dirigiera uno de los capítulos porque es de las pocas series feministas sin ser panfletarias, poliédricas y muy divertida, que la parrilla nos ha regalado. ¿En cuántas series se habla de la vagina como hacen las presas en uno de los episodios más hilarantes y a la vez, más incisivos sobre la escasa educación sexual en una sociedad hipersexualizada?

Gracias a esta serie, las cosas no son sólo blanco o negro. Las líneas que separan el drama de la comedia se desvanecen, los límites del género carcelario se expanden a otras lindes, los patrones estéticos de la mujer ya no son de guapas y feas. El mundo puede ser una gran prisión, dividida por dos colores, o por el contrario, podemos empezar a verlo de otro color. Naranja. Rojo. Negro…

[i] Presos de una imagen corregida y estilizada de la mujer, hemos impuesto caricaturas de la belleza, denunciadas por movimientos feministas y mujeres como Inma Cuesta, Kate Winslet y un largo etcétera que no debería agotarse.

[i] Poco se ha hecho aún por investigar un territorio tan opaco como las instituciones penitenciarias. Ya el propio Évole manifestaba los pocos permisos que facilitaba el Ministerio del Interior para hacer entrevistas en las cárceles. En poco o nada contribuyen documentales como “Filosofia a la presó” que estos días se está promocionando. Produce sonrojo e indignación escuchar a algunos de los alumnos de Esade en TV3, que participaron en el documental, analizar el mundo penintenciario. Tras estas declaraciones, he evitado –llámenlo prejuicio- asomarme a las verdades socráticas del documental.

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