Entre qué gentes estamos

Por David Martin Acedo

“Hoy los cuatro se reúnen/ pa´ brindarnos soluciones/ y aunque dos y dos son pares/ lo que acuerdan siempre es nones”- ¡Ay Qué tío!

I: Don Benito

Perez_galdos[1]

Este es el retrato de un escritor canario, liberal anticlerical, para unos Don Benito y para otros Benito “el Garbancero”. Es hoy y será siempre nuestro escritor nacional, junto a Cervantes, aunque ningún Panteón lo atestigüe.

Incansable en su manía creadora hasta perder la vista, jamás su preocupación por España ni su desencanto le llevaron hasta los extremos de Larra, descerrajándose un tiro, ni a convertir su país en alfombra metafísica como sucedería más tarde con los noventayochistas. Se adentró en la historia, en la magistra vitae, tras abandonar su vocación periodística y reducir sus visitas al teatro y a los cafés, puso como lámparas a Dickens y a Balzac en su modesto escritorio, empezó a auscultar la voz sincera de la nación –sus dejes, sus discusiones, sus chanzas y expresiones- y a empapelar su prosa con el mundo que le rodeaba. Gestó en su mente y después en su pluma los Episodios, las novelas contemporáneas, Fortunata, Misericordia, La desheredada… sin que sus manos, sí su vista, descansaran. En Cervantes reposa la tolerancia y la imaginación; en Galdós emerge la condición humana.

Más allá de sus muchos devaneos con la política, su vida se centró en la ficción. En sus aceleradas memorias, Galdós escribió emocionado:

“Ven aquí, memoria mía, auxiliar solícita de mi pensamiento. ¿Por qué me abandonas? ¿Duermes, estás distraída?

– El distraído eres tú. Años ha que estás engolfado en la tarea de fingir caracteres y sucesos. Apenas terminas una novela, empiezas otra. Vives en un mundo imaginario.

– Es que lo que imagino me deleita más que lo real.”

Por desgracia, su tiempo no supo estar a la altura de aquel monumento vivo y en lugar de ser cobijado en las instituciones, ensalzado en los salones, reconocido en los círculos intelectuales como aquel Goethe endiosado en su retiro o aquel Voltaire codiciado entre las repúblicas ilustradas, venerados ambos en la vieja Europa, lo hallamos en sus últimos días ciego y pobre, su talento enfangado, su nombre ridiculizado por mostrar convicciones políticas, negándosele el apoyo a la candidatura del Nobel, retirada la silla en la Academia de la Lengua. La envidia y el partidismo político quedan hoy como oprobio nacional, aunque también queda entre el plomo fundido, ciertos rastros de oro, el recuerdo íntimo de los amigos de ideología dispar, que le admiraron y reconocieron: un Menéndez Pelayo, católico militante; un Pereda carlista; un Clarín republicano, que supieron colocar la estrella de la inteligencia, de la tolerancia por encima de las facciones.

II: Doña Perfecta

Como en el lejano Ártico, España parece que siempre queda engullida por la oscuridad o por la luz. O es la alegría mediterránea o la oscura Inquisición, o la leyenda negra o el aire romántico, parece decantarse la región por los contrastes –mesetas o montañas-. La vieja, y cada día más languidecida, teoría de las dos Españas. Tal vez Galdós sufrió los embates de esa tradición cainita, pero tuvo la gracia, el donaire, la bondad sin recelos de darnos Doña Perfecta, una novelita que hoy podría desencallar el entuerto de esas dos Españas enfrentadas, en perpetua colisión y sin remedio. Tiempo después de que Voltaire elevara el caso de Calais a uno de los ensayos más conmovedores de la historia universal, construyendo un perfecto alegato contra la intolerancia, Galdós entró en las entrañas de nuestra España profunda, más exótica y siniestra que la unión de Shangri-La y la Transilvania de Stoker, para imaginar una Orbajosa fanática, tradicionalista adonde llega un joven ingeniero, Pepe Rey, a pedir la mano de Rosario, la hija de una ilustre de Orbajosa: Doña Perfecta. Esta novelita de 1876 podría hoy confundirse con otro folletín, con un melodrama ya sin lustre, que habla de lejanos conflictos hoy superados, pero la historia a muchos nos parece hoy un clásico que pulsa las preocupaciones de nuestro tiempo. En el fondo, existe una confrontación entre la visión liberal, europeizada, krausista de Pepe Rey y la mentalidad fanática, tradicionalista de doña Perfecta y don Rosario, el cura de Orbajosa.

Si fuera la simple dialéctica entre buenos y malos, entre dos Españas eternamente enfrentadas, sería otra novela de tesis, impulsada por la ideología y muerta al segundo minuto por la ausencia de fuerza narrativa. Pero Galdós pinta un joven ingeniero a quien le falta sensibilidad, tolerancia cuando defiende su postura y en el tramo final, ya vencido su espíritu, no hay victoria tampoco para el bando de doña Perfecta: Rosario en un asilo, Inocencio huye a Roma y Perfecta, víctima de la ictericia, se refugia en la religión. La falta de entendimiento, la intransigencia entre ambos mundos no puede dejar ganadores y vencedores, como si Galdós ya pronosticara el nefasto resultado de la futura Guerra Civil: una paz vacía, sin posibilidad de duelo ni en la democracia. La batalla en Orbajosa, esa contienda de ideas, tiene su cuna en la intolerancia y en las falsas apariencias.

Doña Perfecta afianzó en Europa la leyenda negra de nuestro país, ese cortijo cerrado a cal y canto por Felipe II con olor a sacristía, y en España debiera mostrar una lección. En la tragedia que enfrenta a unos y otros, sólo quedan en pie los supervivientes, en tumbas las víctimas y en el extranjero, los responsables. No hay victoria y para muchos, tampoco memoria, sino una mentira bien confeccionada que cuentan los más interesados. Así cierra la historia: con el testimonio poco certero, bastante ignorante, que intenta guardar bajo la alfombra el crimen.

No sé si España, pero la política española parece jugar de nuevo a crear una Orbajosa, un país de bandos que sólo a unos pocos beneficia.

III

“Todavía flota algo de esos tiempos por aquí” La fiesta del Chivo

Pongamos el ejemplo del partido que hoy nos gobierna, Partido Popular, la antigua Alianza Popular fundada en 1976 por Manuel Fraga Iribarne, Ministro de Gobierno de Francisco Franco. Más de seis millones despertaron un domingo y acudieron a las urnas a entregarle una mayoría absoluta al PP, volvieron a sus casas y hasta dentro de cuatro años dejaron el país en sus manos. Nada sabemos de lo que Galdós hubiera escrito de este misterio en el que un país con cinco millones de parados deja su democracia en manos de la derecha. Yo, por mi parte, nada entiendo. Sé que la derecha por definición procura proteger los intereses de los más privilegiados, mantener bajo amparo de ley la riqueza de unos pocos; en otros tiempos, esos eran conservadores porque si limitaban derechos, reducían las manifestaciones, las cosas seguían su curso, el de ellos. Nada que objetar: los más ricos quieren conservar sus derechos de conquista.

Luego están los conservadores, los que suelen ser más favorecidos en antiguos regímenes: iglesia, ejército y ¿nobleza? Bueno, nobleza hay, aunque ya no suelen los hombres acudir al casino, fumando y bebiendo coñac ni las mujeres fingir ser señoritas discretas que tocan el piano y reciben con sonrisas a las visitas, hoy se han modernizado: la duquesa de Alba, los monarcas, los duques, los aforados,… Pero esta población, lejos de los peones, no suma ni la uña de esos seis millones de personas.

ENo sirve ni la violenta metáfora del españolito que duerme o bosteza, ni imaginar a esos votantes como castellanos viejos, carlistas o requetés. No son esos ancianos que gritan ¡Cristo Rey! O los que hacen el saludo franquista. ¿Quiénes son?

Serán personas y no marcianos, que acuden al cine algún domingo, van al dentista, leen y se informan, llevan a los hijos a la escuela, no tienen cuernos ni rabo, son vecinos, tienen tal vez los papeles en regla, pagan una mutua o no, tal vez tengan queridas o sean fieles a sus parejas, incluso podrían ser homosexuales y querer cambiar de sexo, llorarán viendo Soldados de Salamina o leerán Los girasoles ciegos. Es imposible simplificar y deshonesto desacreditar a esa población, aunque Rajoy los etiquete de “silenciosos” y “gente de orden”. Tal vez alguno esnife cocaína o suba los decibelios de vez en cuando para sorpresa de nuestro presidente.

Cometería un agravio si busco un manual de sociología o estadística para juzgar o etiquetar a ese grupo de población. Pero sé bien lo que hace y no dice nuestra antigua Alianza Popular.

El historial del PP abochorna pues su mayor enemigo es la memoria o la hemeroteca, no el paro o los presuntos casos de corrupción: el currículum de Religión en las escuelas públicas, “Algunos se han acordado de su padre solo cuando había subvenciones (Rafael Hernando), cierran la Oficina de Atención a las Víctimas. La actitud del ministro Morenés ante el caso de Zaida Cantera, las versiones sobre la masacre del 11M. “Luis, sé fuerte”. Una ley mordaza que me hace cuestionar las repercusiones (carcelarias o económicas) de un artículo de reflexión). Incumplir el programa electoral. Celia Villalobos jugando al Candy Crush. La presunta fuga de Esperanza Aguirre. La Gürtel. El presidente del plasma. Ana Botella en un Spa. La Ley de Seguridad Ciudadana. El “Que se jodan”. Dar medallas a vírgenes o una ministra encomendándose a la virgen para mejorar el empleo. Las presuntas cajas B. La amnistía fiscal…

Resintonizan la realidad, pervierten el lenguaje y la dimensión de palabras como “democracia” o “justicia”. A golpe de ley y decreto imponen una coraza sobre un país que bulle en miseria y desigualdad. A los que disienten o protestan convierten en enemigos y hasta en estos tiempos de paz, obran como en un gran campo de batalla porque sólo descansan al ganar su parte, no ven mayor victoria que el silencio o la derrota del otro. Toda rama de olivo la quieren suya. No hay patriotas de país, sino de partido.

Galdos anciano

Y IV

“Hay que guardarse de los enemigos, pero en especial de las personas buenas y no lo son” Doña Perfecta

Conviene dejar de lado en política los eslóganes, los pasquines, las sentencias y refranes que fían todo su conocimiento a un fogonazo bruto y fijarse atentamente en los detalles, en las contradicciones y fisura que todo pensamiento esconde. Dejemos a los extranjeros la visión sensual, pasional y mística de España. Mientras que los partidos, para lograr votos, tienden a abofetearse, a equiparar a los otros con extremistas, a hacer de la tribuna parlamentaria una pelea de corral; quiero explicarme: mientras los partidos se condenan a no encontrarse, sendas sin destinos, nosotros –los ciudadanos- debemos entendernos a la fuerza. No existe mejor y más triste ejemplo de los juegos irresponsables entre partidos que Cataluña, donde los nacionalismos –banderas siempre excluyentes- gota a gota han mermado el diálogo y nos han conducido a una situación bien enladrillada, que nos dejará –sea cual sea el resultado- separados en frentes, obligados a eso tan triste y poco liberador como es “tomar partido”.

Dejemos de ser hinchas, tribuneros, tiralevitas de los partidos políticos. Basta de decir: “yo les voto toda la vida, hagan lo que hagan”. No tiremos más de tópicos y estereotipos. No hay dos facciones condenadas a matarse. Nos falta vida, ciencia, ilustración, menos espíritu o nación; no debe ser esto reserva espiritual de Occidente. No hay dos sino muchas Españas. O quizá ninguna. Unos deseos electorales, un vuelco de mayoría puede desatar cambios sin furor, nuevos espacios que no deberían servir para animar el triunfalismo o el fatalismo. Recuperemos la tolerancia como piedra filosofal, perfecta receta con la que evitaremos más doñas Perfectas y Pepe Rey en nuestra historia.

Para terminar, de espacios tan remotos vuelvo a la escritura de Benito. Así pintaba Galdós al señor Pez: “soy la expresión de esa España dormida, beatífica, que se goza en ser juguete de los sucesos y en nada se mete con tal que la dejen tranquila; que no anda, que nada espera y vive de la ilusión del presente, mirando al cielo, con una vara florecida en la mano; que se somete a todo el que la quiere manda, venga de donde viniera, y profesa el socialismo manso; que no entiende de ideas, ni de acción, ni de nada que no sea soñar y digerir (La de Bringas, página 107, ed. Cátedra).

No es este el retrato de un conservador o un radical, uno del PP o de Podemos. Creo que estas palabras las dedicó al mayor peligro de la democracia, tan grande como la intolerancia de los partidos, y a un misterio que día a día amenaza la democracia: la abstención. Galdós alumbró en su novela, antes de la llegada de la democracia moderna, lo que los partidos políticos –ironía- han ido alimentando y promoviendo en su matriz. Un 35% en el 24 de marzo de 2015.

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