LAS AULAS Y EL CELULOIDE

La ignorancia pasa, la inmadurez se supera, la ignorancia se cura con la educación y la embriaguez con sobriedad, pero la necedad dura para siempre” Aristófanes

Hace ya algunos meses, cuando esta página emprendía un vuelo precoz, sin esperanzas de alcanzar multitudes, escribimos un artículo sobre La piel dura de Truffaut. Algunas cámaras, antes y después de aquella oda a la infancia, se han asomado a esos centros, en general tan parecidos en sus diseños a las cárceles de nuestro Occidente,  han atravesado pasillos y se han adentrado penetrado en las aulas para explicarnos sus entresijos. Con alguna experiencia en este sector, suelo ver con ojo crítico estos films que suelen incurrir y suspender en los mismos problemas: quieren decir y no mostrar, evitan juzgar los sistemas educativos, caen en posturas muy rousseanianas –espíritus libres y creativos que se enfrentan a los cejijuntos veteranos- y por inercia, terminan en un punto neutro, amigable. Freud descubrió al monstruo que albergaban los niños, llenos de pulsiones, instintos, rompiendo con esa burbuja rosada llamada infancia, llena de querubines y putis. El club de los poetas muertos, Sister Act nos hablaban de la libertad y poco de la cultura, nos mostraban una visión bienintencionada y amigable de esa turbulencia llamada adolescencia. El profesor creativo, rompedor abre las mentes de la buena muchachada, cambiando las aburridas reglas del juego educativo. Todas estas películas, al amparo de cierto espíritu pervertido del 68, parecen decir con Mark Twain aquello de “nunca permití que la escuela entorpeciese mi educación”. En tiempos de Franco esas palabras podían ser muy ciertas, así nos lo describía Goytisolo en Coto vedado, pero hoy día la cultura, la escuela podría ser el último reducto de inteligencia en una sociedad tan narcisista y banal como la nuestra.

Si el celuloide ha dado una radiografía compleja y bastante atinada de la educación, ese ejemplo tiene que situarse en un entorno –Baltimore- y en una serie hoy de culto: The wire. Su cuarta temporada sigue siendo una muestra magnífica de los problemas que acucian hoy las escuelas, ahogadas por la mediocridad de la administración, por los conflictos sociales, por las estadísticas y por las desigualdades, cada vez más presentes y agudas en nuestras “modernas” sociedades. Lo que podría ser un problema específico de la escuela pública en Estados Unidos se extiende cada vez más por Europa, contagiada por el modelo neoliberal y sin oponentes ideológicos. Como recuerda su primer episodio: los alumnos, tan frágiles en su cáscara, son corderos para el matadero.

En el otro extremo, con una visión menos politizada, pero también bastante fiel al estado de las escuelas, La clase puede suponer para el espectador medio una pesadilla, una representación caótica de un aula de un suburbio de París que provoca migrañas y estupefacción. En ella veremos la evolución de un grupo muy heterogéneo de la ESO; para quienes vienen de BUP, esta película puede ilustrar a la perfección cuánto ha degenerado –o desaparecido- la cultura en las aulas, cómo el violento autoritarismo ha dejado paso a un progresismo sin barreras, y el enorme trabajo que realizan los profesores, combatiendo pacientes en favor de la tolerancia, de la democracia, del diálogo constante en un entorno hostil.

Al margen de estas obras maestras, existen otras películas que perviven sin grandes productoras, que cuecen su éxito gracias al boca-oreja, que no gozan de publicidad ni de grandes carteles en las carreteras, pero se hacen un hueco en el mainstream. Es posible que películas como Ser y tener, Hoy empieza todo, Las vidas de Grace no llegaran a irrumpir ruidosamente en la cartelera, apenas unos pocos festivales las proyectaron, pero son grandes pequeñas películas, cuyo visionado deja siempre poso y reflexión. Pero de entre todas me sorprende El club de los emperadores con un Kevin Kline alejado del registro cómico, convertido aquí en un profesor de cultura clásica en un colegio elitista. Su referente resulta ser La versión Browning, película para mí desconocida (todavía) y aunque este film no sea perfecto,  sí toca uno de los males de nuestro sistema: la ausencia de moral de los poderosos, en este caso el hijo de un senador, capaz de todo por ganar. Nuestro tiempo -¿quizá todos?- parece premiar a los arribistas, a los que carecen de escrúpulos. Esta es la más pesimista, la que deja un discreto desencanto en el espectador, durante sus casi dos horas, con un mensaje poco sutil pero contundente. Siendo la más floja -misterios de la vida-, resulta ser mi favorita.

The wire

Pero podemos dejar atrás las películas reflexivas, bien documentadas, y buscar el tono más destructivo, esas películas que quieren dinamitar la educación, gamberras, iconoclastas, puro derroche de testosterona y violencia, de las que tenemos no pocos ejemplos. La más aplaudida podría ser Battle Royale, una fábula nihilista que predica la venganza y el asesinato en una sociedad donde los adolescentes son un amenaza. Tan divertida como controvertida, convierte una isla en una gran aula sin límites ni moral, una especie de Señor de las moscas sin corsé. Más violenta si cabe, hoy convertida en película de culto, Class of 1984 es el producto de un demente muy punk con ganas de escandalizar: niños muy malos necesitan un correctivo, pero la fábula está pintada con explosiones, mutilaciones, violaciones, drogas, muchos pezones y una estética que pocos productores se atreverían hoy, en los tiempos de Crepúsculo y Corredores del laberinto, a dar luz verde. Una película que podría inaugurar un Festival de Sitges.

Y la tercera burrada en competición con la dos anteriores se llama If, un alegato feroz contra el autoritarismo, la moral conservadora británica, los internados,… y precursora de la ultraviolenta Naranja mecánica. Para algunos, emblema de la revolución y la libertad; para otros –me incluyo-, sátira oscura del establishment; en todo caso, una película incómoda protagonizada por un joven enfant terrible: Malcolm McDowell. Ganó la Palma de Oro en Cannes en 1969.

Alguien me dirá que dejé en el tintero Adiós, Mr Chips, la inclasificable Picnic en Hanging Rock, La Ola, La lengua de las mariposas, El profesor… pero cada maestro tiene su librillo o mejor dicho, sus películitas. Y estas han sido las mías. Ahora, suena el timbre y es hora, por fin, de dejar el pupitre, la tiza y el graduado escolar atrás. Sean buenos.

If

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