GAZPACHO ESTIVAL

Nuestro tiempo, el de hoy 9 de agosto, minuto arriba, minuto abajo, no dista mucho de aquel que describió Dickens al inicio de su novela Historia de dos ciudades:

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto.”

Son los nuestros tiempos de progreso y gran miseria –IPads en una esquina y hambrunas en la otra acera, gin-tonics nocturnos y desahucios matutinos-, de revoluciones y también de involuciones –crisis institucionales y embajadas en París-, la razón y la fe de nuevo peleando. Pero hoy es ante todo un tiempo caliente, quizá demasiado caliente como presume agosto entre todos los meses del año.

Época la nuestra de contrastes y pareos. Nuestro mes es el octavo, ya saben: cero o infinito según se mire. Mes imperial para desgracia de Antonio y Cleopatra. En la astrología, época del león –un Cecil que será vilmente asesinado por un dentista en Zimbabwe- y del virgo, que se pierde alegremente en alguna calita o en un remojón algo atolondrado. 31 días, 31 festivos, 31 promesas de mojitos y de sol.

Resulta en estos días la tierra más árida y el cielo más alto, las temperaturas rozan lo volcánico, cuerpo y mente entran en estado de letargo y quedamos casi en estado catatónico. Se respira un cóctel de bronceador, quicos y alcohol en todas las playas; en las ciudades una larga siesta, llena de silencios y ronroneo de aires acondicionados, que sólo se quiebra a la noche, cuando todos desfilen en procesión hacia las terrazas y las persianas desvelen las intimidades más sensuales hasta que claree.

Para elevar los termómetros, se avecinan elecciones en Cataluña y en el Estado, así que los eslóganes y las promesas vuelven a regalarse en nuestros oídos, también se inventan odios y divisiones, falsas quimeras en las tribunas parlamentarios, discursillos apaisados en las calles, a vueltas otra vez con los nacionalismos y las amenazas –ya agotadoras- contra el caos o el extremismo. Dan igual estas bravatas: nosotros preferimos en este tiempo un sudoku, un capítulo de una nueva serie, echar un vistazo a una revista –ya sea Fotogramas, Cuore o La marea– y descubrir una nueva novela.

Así que para superar el rompeolas de este tiempo, nos refugiamos en un cine a ver los velocirraptors de Jurassic World, un ameno blockbuster, insustancial, sí, y por ello muy veraniego, o animarnos con la nueva de Pixar, Inside Out –incomprensiblemente traducida Del revés-, que ha resultado ser una brillante sorpresa, capaz de combinar diversión y neurología en una explosión colorista, dirigida más a niños grandes que a niños. Y por último, elevados por la ola estival de los últimos estrenos, darnos un chapuzón con estos nuevos Gremlins, llamado Minions, que se multiplican en todas las tiendas del mundo, ya no sólo de madrugada y después de comer.

Pero qué mejor forma de disfrutar el verano que rescatando algunas películas muy veraniegas, aunque no recientes, como la ácida y subidita de tono Pirañas de Alexander Aja, salvaje, sangrienta hasta decir basta, cafre y apropiada para este tiempo, que daría de sí una infumable secuela con un David Hasselford autoparodiándose, emulando un Vigilantes de la playa fondón y bastante, bastante egoísta. Podemos pasar unas vacaciones, hostigados por adolescentes, en Eden Lake con un aún desconocido Fassbender, antes de mutar en X-Men o en un revisitado Macbeth aún por estrenar.

¿Y qué tal La Felicidad de los Katakuris del incombustible Miike, ese fagocitador de películas pesadillas y rarezas imposibles? ¿Y un paseo por la playa con el torpe de Tati? Pero antes de salir del cine, una muestra de cine más sereno y optimista: visiten con sus Primos un pueblecito de la costa si las cosas marchan mal, durante las fiestas, allí siempre se puede encontrar el amor, la amistad o al menos, un buen rollito a costa de los Backstreet Boys. No saquen los pies a las calles tórridas, al sudor y al tráfico, sin acudir a una sala donde rescaten la hermosa, aunque triste Las vidas de Grace, Magical Girl o La herida, cine pequeño, de buenas interpretaciones: la primera captura las vidas en un centro de acogida para adolescentes, dura, nada condescendiente, pero incluso así, una película que hay que regalarse de vez en cuando, porque nos aporta algo; Magical Girl no debería ya presentarse, porque ya basta de por sí su título, un guion milimetrado, actores que inundan con el silencio la pantalla, elipsis muy sonoras y un misterio entrecruzado por el deseo y la venganza; La herida, para terminar la visita a las salas pequeñas, nos aporta gracias a una actriz soberbia -Marian Álvarez-, una luna en medio de la noche -y que brilla con luz propia-, otra mirada a los trastornos mentales. Si se acerca septiembre y la tristeza con ella, vean algún musical, siempre anima: Moulin Rouge, un baile de Astaire o Kelly pueden disipar el malhumor.

Tómense al salir del cine un buen refresco o mejor, pidan una horchata con fartons junto a esos buenos amigos que siempre encuentran un hueco al día para su gente, que prefieren el tú a tú al whatsapp. Y hagan como yo, llévenlos a una tienda de cómics a chafardear, desordenar, discutir y al fin, recomendarles Yo, asesino de Altarriba y Godoy, un retrato sofisticados de un asesino que elabora en un entorno muy real, lleno de referencias a nuestro país y en especial al conflicto vasco, criminales performances, inspirados –puzles, body-art, painting…-, exquisitos, que bien podría admirar Hannibal Lecter. Cómprense Fábulas, 100 balas o mejor, hagánse con la delicia de Degenerado, inspirado en la vida de una pareja rota por la Gran Guerra, resuelta a sobrevivir y asumir una existencia hermosa y perturbadora, cuando identidad y apariencia se mezclan en un Francia hostil, una sociedad anormal.

Si disponen de tiempo, revuelvan la sección de literatura de ficción. ¿Qué pueden encontrar en las novelas? Algo distinto mientras buscamos rastros nuevos de viejas aventuras, espejos que permitan sin sobresaltos abrir nuevos caminos, picantes especias de alegría e ingenio, granos de consolación y alivio. En los libros encontramos ampliaciones de nuestra identidad. Pueden en la playa o en la montaña sumergirse en la dictadura de Trujillo con una gran novela de Vargas Llosa, La fiesta del chivo, narrador que afila y lleva hasta nosotros distintas miradas –una mujer que regresa a su patria décadas después para afrontar su pasado, un grupo de desesperados que intentará atentar contra Trujillo y el mismo Trujillo, tan pulcro y machista, manipulador y cruel, en el centro de la miasma- para componer una aterradora visión de un momento de la República Dominicana. Y a pesar de su gran ambición y densidad, logra hacer fácil lo difícil hasta convertirla en una novela que se lee absorto, “enganchados” a la vuelta de la página. Amenicen los tiempos casi muertos del metro con cuentos de Chéjov, de Cortázar o de Fernández Cubas, no les decepcionarán.

Y si todo esto no les sirve, vuelvan al principio, a Dickens, sentados en una terraza, mientras contemplan a escondidas el espectáculo de las gentes pasar. No hagan caso a los políticos, no malgasten el tiempo –bien preciado, con riñas de gatos. No marchiten estas flores de estío porque, Benigni dixit, la vida es bella y por momentos, hasta refrescante. Que los ardores se los lleven otros. Y en el estómago.

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