Los clásicos vs jóvenes en las aulas

Por David Martin Acedo

Estas son algunas de las lecturas prescriptivas para alumnos de 16 y 17 años en la asignatura de Lengua y Literatura Castellana, ya sea la común o la de modalidad: Los pazos de Ulloa de Pardo Bazán, La Celestina de Fernando de Rojas, El caballero de Olmedo de Lope de Vega, Don Juan Tenorio de Zorrilla. ¿En qué esferas celestes viven los ínclitos, los áulicos filólogos que bajan del atrio y dejan entre el estrépito de pasillos, entre gritos y alarmas de móvil, entre sudores hormonales y toques de whatsapp estas obras singulares?

Realicemos por un momento un ejercicio libre de imaginación, exento de las trabas y lugares comunes que impone la realidad administrativa en la enseñanza secundaria. Acomodemos la literatura a las aulas de un instituto de secundaria, sin calzadores clasistas, sin etiquetas academicistas, rodeados de alumnos escépticos, inmersos en lo virtual, quizá reacios a seguir una carrera universitaria, y entonces, sólo por un momento, tal vez se pueda entender la miopía o la indiferencia de quienes siguen en un cenáculo sin oxígeno mirando torvamente la complejidad, rica en matices, de estos institutos. Salvo a una minoría, siempre muy minoritaria por los siglos de los siglos, que valora y comprende, disfruta y escudriña La Celestina, El Quijote o Los Pazos de Ulloa, estos clásicos llegarán mal y a trompicones, a contrapelo y a pesar de todo lo bueno, no dejará placer a muchos sino un pesar y una alergia quizá perpetua a los libros.

¿Proponer una lectura nueva? Tal vez se trataría más bien de tirar abajo buena parte de este castillo de naipes, liderado por un grupo universitario y distante a este diverso mundo de estudiantes, que pronto se verán también cercados por universitarios igual de díscolos y ajenos como están los nuestros con nosotros. No se trata de adaptar clásicos, ni de dar pildoritas de erudición que nada dejan, salvo ardor estomacal. Puede Francia llevar a los barrios a Racine, Inglaterra a Marlowe e Italia a Dante para mayor gloria de la cultura nacional, pero nada abonará en esas mentes muchas de esas maravillas; al contrario, nuestra tarea es llevar la cultura de forma gradual y por tanto, tal vez sería hora de traer a los institutos nuevos aires. Por ejemplo, Eduardo Galeano; por ejemplo, una colección de cuentos de Cortázar; por ejemplo, Matute –Olvidado Rey Gurú-, Poncela –apenas duró un suspiro como lectura, anécdota sin raíces-, Delibes –Las Ratas, El Camino-, Marsé –El embrujo de Sanghai, Rabos de lagartija-. Nuestra literatura tal vez no sea tan rica en lo fantástico y gótico como la inglesa, pero tal vez nos toque hurgar en autores actuales y en géneros habitualmente desdeñados por el departamento de enseñanza.

La Clase, Pardo Bazán y Don Juan Tenorio

La Clase, Pardo Bazán y Don Juan Tenorio

Si debiéramos proponer una nueva obra, tal vez entre la diversidad de obras –más escasa y exigua de lo que la democracia prometía en sus albores- convenga seleccionar alguna obra teatral de Juan Mayorga. Posee una dramaturgia extensa con enorme proyección internacional, influida también por escritores como Kafka, Vallejo, Benjamin… y una solvencia -¿sería esa la palabra?- tanto estética y ética que lo hace un clásico inminente, gracias a obras como Hamelin, La paz perpetua, Himelwerg o Cartas de amor a Stalin. Además el género teatral es principalmente interesante para trabajar entre adolescentes puesto que este género se aproxima al universo visual que gobierna hoy sus existencias; su dimensión moral –no moralista- permite reflexionar y adelantar debates sobre temas de actualidad, dentro de una sociedad democrática y plural, frente a obras de dudoso trasfondo –pensemos en el clasismo y fondo reaccionario que impregna Los pazos de Ulloa o el racismo, la defensa absolutista, monárquica de tantos clásicos de nuestro Siglo de Oro-. Se puede señalar la escasa bibliografía en torno a Mayorga, pero en lugar de tratarse de un obstáculo, puede ser un aliciente para que los estudiantes abonen un territorio aún por explorar. Es probable que alguna obra de Mayorga sea representada y por tanto, permita un encuentro real con el teatro de este autor madrileño, además se puede escenificar en el instituto la obra o alguna pieza breve, que llevará a una implicación y motivación mayor del alumnado con la literatura contemporánea. Entre sus muchas obras, sería la más idónea La tortuga de Darwin o Cartas de amor a Stalin.

Mientras tanto, volvamos a llevar al aula el viejo Honor y la caduca Monarquía, pintada por Lope; apuntemos nuevas teorías sobre la autoría del Tenorio, sobre el naturalismo católico de Pardo Bazán, intentemos traducir la retórica y los juegos cultos de Rojas entre los jóvenes, pero no nos sorprenda ni asuste su hastío, su rechazo frontal, sus miradas esquivas al whatsapp y un largo bostezo de incomprensión, que nos deja a nosotros solos, a los libreros pobres, a la ignorancia más rica y a la juventud más huérfana?

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