HISTORIAS DE BARRIO: memorias de otra Transición

Por David Martín Acedo

I

“Uno está siempre con uno. Y no hay nadie que pueda hacerte más daño que quien conoce hasta el más profundo de tus miedos” Historias del barrio

Cuando la escritura deja los moldes de la ficción e ingresa por unos días en la galería de los recuerdos, siempre decorada con grandes espejos y tupidas alfombras, para construir una autobiografía, siempre puede uno caer en la tentación de la nostalgia –inventariar edades de oro llenas de columpios, baúles y jardines- o tropezar en la trampa de inventar una aventis –soñar un pasado edificante, componer una narración con moraleja, en fin: fingir una vida literaria-, sin a veces pretenderlo. Porque buscando la raíz y la memoria -“la arboleda perdida” como tituló Alberti a sus memorias- muchos tienden a confundir la realidad con el deseo, los hechos con las ideas. Eso no resta mérito alguno a las memorias, pero sí elimina ángulos muertos, maquilla parte de la verdad humana, eso que puede hallarse con abundancia en los recuerdos de Goethe y Rosseau y en menor medida, en la Automoribundia de Gómez de la Serna.

De viajes al pasado la literatura jamás se contentó con pocas muestras; de hecho, la literatura indaga en la memoria como elemento fundador de la palabra, de tal modo que toda obra literaria enraíza en la experiencia. En lugar de estar a vueltas con Proust para ilustrar esa literatura memorística, acudiré a buscar un ejemplo en un manga clásico: Jirô Taniguchi imaginó en Barrio lejano a un hombre ya canoso en camino a su ciudad cuando despierta de repente, joven, inmerso en aquel pasado, frente a sus padres y sus viejos amigos. ¿Qué haríamos cualquiera de nosotros si regresáramos a nuestra juventud, qué errores intentaríamos enmendar, qué besos perseguiríamos, qué enfrentamientos de patio esquivaríamos o buscaríamos? Como en aquel inolvidable episodio de La dimensión desconocida, ahora en el pellejo del adolescente que fue, el protagonista debe bregar con su experiencia, enfrentarse de nuevo a los errores y calamidades de aquel barrio lejano. Su viaje, impregnado de lirismo y melancolía, le mostrará partes olvidadas de su identidad, tampoco tendrá nada de edulcorado su reencuentro con el viejo continente de la memoria, donde la falta de comunicación con su padre y la revelación del primer amor demostrarán que los niños han de soportar también tristes o terribles vivencias.

Un viaje similar realiza el protagonista de Historias del barrio (editorial Astiberri) hasta una barriada de Palma en los años 80. Gabi Beltrán ha eludido las tentaciones de la nostalgia y nos ha dejado un retrato amargo y descarnado de su pasado, tan difícil de concebir –sospechamos- como de digerir; hay desencanto despojado de paraísos, lleno de puños cerrados y ansias de huir. Desde nuestro presente regresa a su pasado como Taniguchi.

El barrio mísero de Palma que dibuja Seguí con las palabras de Beltrán –dueto en estado de gracia- se acerca al que describieron Marsé, Dostoyevski o Céline: a una literatura con los pies en el fango. Es ya una declaración de intenciones la cita de Delillo que encabeza el segundo tomo: “sabiendo que no vales nada, lo único que puede gratificarte la vanidad es apostar contra la muerte”; con ella está reconociendo que su literatura autobiográfica será intropectiva y literal, tendente a una búsqueda sin la liturgia de “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

Sucede en un pasado 1982, “el principio del fin de nuestro mundo” y cada capítulo, lleno de detalles, recrea momentos intensos de su pasado, creando un molde génerico entre el costumbrismo y cierto género noir, porque debemos señalar algo importante, definitorio de este cómic: el protagonista sobrevivió en esa zona gris, sólo visible en la sección de sucesos, enmarcada por la miseria y la delincuencia, pero también llena de humanidad y lucha. Una palabra revolotea en la mente del lector, aunque no se nombre: los quinquis. Como insinúa en varias ocasiones, muchas amistades jamás alcanzarían la edad adulta, atrapados en las zarzas de la violencia y la falta de horizontes, víctimas de un entorno hostil –drogas, prostitución, incultura, violencia familiar- y  a la vez, protagonistas de peleas, tirones, robos de autos, trapicheos…

Historias del barrio

Cuando se habla de aquel periodo, se recuerda la Transición, la movida madrileña, el 23F, la sacrosanta Constitución, las hombreras y la OTAN, pero apenas se recuerdan los 700 muertos, las protestas vecinales, las revueltas universitarias, el empuje de la cultura anarquista, la heroína, los quinquis… Todo aquella memoria que suene a extremista, que invoque la miseria y el combate ciudadano  es sistemáticamente sepultada bajo el espejismo idílico de la Transición, ya saben, ese cordón umbilical de la reciente democracia, hoy convertida en soga y límite fronterizo de nuevas realidades.

II

“Pero para ser un hombre, y entonces no lo sabía, uno ha de fracasar innumerables veces. Y ha de aprender a hacerlo con dignidad” Historias del barrio

Describe Beltrán los modos de vida, las costumbres de ese barrio, alejándose de ese estilo tan español, tan proclive a retratar lo pintoresco y celebrar vicios y defectos como si fueran valores singulares de raza. El fin de año del joven rodeado de prostitutas sirve para reflexionar sobre la soledad, mientras brindan con pipermint y sin emborrachar al lector con enervantes dosis de moralina; el señor Paco o la Loca no representan tipos ni guiñoles, la familia o las amistades no son escenarios estáticos, donde encontrar paz o dolor en botes cerrado, las emociones en torno al pasado –parece decir- no son banderas de un solo color. Su costumbrismo, por último, al dibujar a quinquis o prostitutas mezclan observación, crítica y distancia.

Alterna ese pasado, más lleno de espinas que de rosas, con inserciones de un presente en que intenta conciliar aquellos fantasmas con su persona, desnudándose capa a capa, peligrosamente. Con su segundo tomo, “Caminos”, su estilo mejora, la escritura se vuelve más introspectiva, también más rocosa, muchas frases cobijan lecciones de vida.

Pero cabe destacar la importancia de la época, los 80, fin y principio de una época. Por aquel entonces, los quinquis todavía encontraban cabida en la literatura y especialmente, en el cine: ya todos recordamos la enorme fila de películas que rendían homenaje a esos jóvenes rotos, ya fuera Navajeros, Perros callejeros, Deprisa, deprisa, El pico,… En la literatura, estos santos patrones de los bajos fondos desfilaban a través de La estanquera de Vallecas y de un modo singular, en la prosa de Marsé. Después, un largo silencio con pequeños hiatos como la propuesta de Javier Cercas, Las leyes de la frontera, fallido y meritorio intento de humanizar la figura del quinqui, despojado ya de santería y heroísmo, pero a través de una mirada impostada, apenas creíble, de un buen muchacho. Los años 90, llenos de proyectos modernos y negocios pingües, aliadas las ganancias a una cultura frívola y de diseño, embalsamaron en una buhardilla el Somorrostro, el Lute, las sobredosis de caballo, como ya habían hecho con la República o las fosas, y sería el nuevo siglo, doblegado por la crisis, quien reflexionaría y alumbraría las sombras de los 80.

No es de extrañar la reaparición y el interés súbito hacia aquellas formas de vivir: si la desigualdad crece y la educación marchita, empecinados los gobiernos en salir de deudas y olvidar a los olvidados, ese género quinqui volverá a florecer de nuevo, no sólo en la literatura y en la pantalla, las esquinas y los barrios amamantarán ese mundo, esos chavales, preñados del virus de la huida como aspiración de vida, de la rabia como ejercicio de supervivencia.

Pósters de Navajeros y Deprisa, deprisa; detención del Lute; imagen de la Transición con Adolfo Suárez y los monarcas

Pósters de Navajeros y Deprisa, deprisa; detención del Lute; imagen de la Transición con Adolfo Suárez y los monarcas

Los que hemos vivido en ciertos barrios, rodeados de carreteras, de drogas, de delincuencia, de incultura, es decir, de amenazas y frustraciones, sabemos que no hay paraísos perdidos sino ardientes deseos de huir, de encontrarse a uno mismo y hallar la felicidad en el mar, en un libro de Hemingway o en una nueva amistad. Obras como estas, ferozmente autobiográficas, nos recuerdan que los barrios lejanos de vez en cuando conviene visitarlos. Y no quedarse.

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