El Trono y el Anillo: de J.R.R. a G.R.R.

“La fantasía es una actividad natural en el hombre, que no destruye ni agrede a la razón ni a la verdad”.

Por David Martin Acedo

La literatura es un caldero que siempre hierve. Los libros parecen tener un semblante definido gracias a sus cubiertas, pero a poco que se mire sus letras, el microscopio revelará formas de vida, universos en expansión, abismos y simas inexploradas. Ningún libro está quieto ni aislado: flota sobre unas aguas. Cada página viene de y va hacia. El pensamiento es móvil, fluye, emerge de una constelación y contribuye con su huella en esa morada múltiple, llamada literatura. Aunque la literatura nacional excluya este fenómeno, en cada obra hay un hilo invisible que une a Quevedo con Séneca, a Machado con Bergson, a Cervantes con Ariosto, a pesar del idioma, de la historia y de la frontera.  Canción de hielo y fuego no nació de un fuego solitario en el claro de un bosque, no brotó idealmente de esa lámina inquieta que fue la mente de Martin. Ningún libro crece huérfano: como intentaremos explicar, la obra de Martin respira el aire de Tolkien –como género- y absorbe, desde la lengua inglesa,  la grandeza de Shakespeare.

Entre amables anillos de humo, entre las robustas paredes de Oxford J. R. R. Tolkien había creado de la nada una lengua élfica para entretener su vocación filológica; pronto sus amigos le animaron a llevar más lejos este juego erudito y durante la corrección de unos exámenes, en el verano de 1928, encontró una hoja en blanco donde escribiría una frase venturosa: “En un agujero en el suelo vivía un hobbit”. Este relato largo, El Hobbit, tenía el noble propósito de convertirse en nana para sus hijos, pero la buena recepción de lectores y críticos animaron a este profesor taciturno a publicarlo y más tarde, a gestar una obra más compleja y oscura, centrada en la destrucción de un anillo mágico, que llevaría a una comunidad variopinta de héroes desde la Comarca hasta el Monte del Destino, ya saben: un camino plagado de elfos, arañas, oscuros magos y un poderoso Ojo que inquieta el corazón de los buenos seres de la Tierra Media. Su cuento de hadas, inserto en un medievo mágico, escrito entre 1937 y 1940, tan inverosímil como delicioso, recogía los pétalos de distintas mitologías –germánicas, normandas celtas, anglosajonas y cristianas- en un ramo de 1000 páginas, con una preocupación especial por el lenguaje.

La editorial George Allen & Unwin superó sus reticencias ante una obra de tamaño colosal y la dividió en tres tomos para facilitar la digestión de sus lectores, pero pronto la comunidad desató su furor: se fundaron sociedades y clubs con el nombre de Tolkien, la popularidad empezó a acosar a este hobbit [1]inquieto, soñador de una sociedad preindustrial, más enamorado del latín y de las Eddas que de las entrevistas y los autógrafos. El Señor de los Anillos absorbía todas sus inquietudes filológicas, históricas y mitológicas en un capricho intelectual que sería aplaudido por millares de lectores, celebrado por autores como Auden o C.S. Lewis, pero pronto surgieron interpretaciones más allá del capricho, extrajeron de aquella creación lecturas e interpretaciones que incendiaron la calma de Tolkien. No sólo reconocían la influencia de Beowulf, Sigfrido, Loki, el relato de Sigurd con el dragón Fafnir o Le Morte d´Arthur (una de las lecturas que más impactó al autor del Simarillion), Muchos empezaron a ver –me incluyo- paralelismos con la Guerra Mundial, con Hitler y la invasión nazi. Tolkien se negó a aceptar las interpretaciones que los lectores extraían de su libro: “En cuanto a algún significado interior o mensaje, no hay ninguno en las intenciones del autor”. Negación infantil de la realidad: sólo el escritor puede ser propietario y custodio de la letra impresa en el papel, luego nada les pertenece ni nada controlan, el ejercicio de la lectura nada respeta, cada mente traiciona y ensancha la moral y la finalidad de cada creación. Toda lectura es irónica y revolucionaria, no se pliega a ningún deseo, incendia los orígenes, contamina las fuentes y se adueña por la imaginación y la experiencia de los reinos literarios. Tolkien debía saberlo, aunque no quisiera admitirlo; celoso de su propiedad, como buen hobbit, olvidó la principal ley de la literatura fantástica: todo es posible.

De la unidad a la multiplicidad

De la unidad a la multiplicidad

Si cada lector se comporta como heredero y traidor de su lectura, cada escritor examinará y dinamitará por ley natural a sus antecesores. G. R. R. Martin jamás ha negado la huella del Señor de los Anillos en su saga de Canción de Hielo y Fuego, es más, lo admira. Pero entre ambos media medio siglo y por fuerza, el rastro del tiempo se ha grabado de modo distinto en los dos escritores: Tolkien concibe un gran relato sobre la lucha entre la luz y las tinieblas, tras ser testigo de la Gran Guerra; Martin ha sobrevivido a un siglo XX lleno de sombras, ese “asco de siglo” que cantaba Krahe. Tolkien dibujó un reino lleno de magia, animado por seres puros, no contaminados por la historia, como podían ser los ents o los elfos; nostálgico de un orden, celebra la sencillez burguesa de los hobbits, impone al final a los hombres en un gobierno monárquico, liderado por Aragorn y confunde la ética de un gobernante con la estabilidad del reino. Su filosofía resulta cristiana y su reflexión sobre el poder, simbolizado en un anillo, impone una lucha entre un ser corrupto y unos héroes.

Martin recogió parte de ese testamento romántico y le dio nueva forma. Adoptó los dragones, diseñó  los grandes continentes con un rico poliedro de razas, lenguas y religiones; recuperó la estructura inicial de tres libros y por encima de todo, reemprendió la reflexión sobre el poder, esta vez simbolizada en un espinoso asiento, codiciado por todos: el Trono de Hierro. Su obra, un work in progress llevado al extremo, tendría también muy en cuenta las sabias palabras de Tolkien: “la obra es demasiado corta” y en consecuencia, ligando su destino a la reconversión de Tolkien, empezó a construir su universo como un jardín, dejando pequeñas semillas en ciertos capítulos que más tarde germinarían: las visiones de Daenerys en la Casa de los Eternos muestran indicios de futuros acontecimientos, superar un puente implicará inesperados giros políticos, viejas leyendas, objetos sin aparente función,… Cada pequeña onda se expandiría hasta generar maremotos en lejanas tramas. Él mismo comparaba su quehacer con el de un jardinero frente al diseño arquitectónico de la obra de Tolkien. Su consecuencia: siete probables libros para cerrar su saga. Cuando asumió esta expansión, empezaba un juego impredecible: hoy nadie sabe si esta larga hiedra tendrá algún día un último tejado.

Otras decisiones irán más allá de estos cambios y traicionarán el espíritu adánico de Tolkien, lleno de armonía y respeto a lo sagrado. En su obra, el escenario maravilloso de los espectros y los dragones se mezcla con un retablo de incestos, intrigas políticas, violaciones y terribles decapitaciones. Era una consecuencia lógica en el devenir de la literatura fantástica: si la literatura ya no expone lo que debería ser el mundo, si ya Galdós o Balzac interpusieron la realidad entre el lector y la ficción, por fuerza la fantasía gracias a Martin empezaba a discurrir en un nuevo sendero, a través de la historia, escribiendo su gesta con el sabio ritmo de crecimiento del mineral, pulido, duro, más interesado en la perpetuidad de la obra que en el contento de sus lectores.

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En una entrevista concedida a Rolling Stone, Martin confesaría sus reparos, propios de un hombre de nuestro siglo, ante El Señor de los Anillos: “tiene una filosofía medieval. [Según Tolkien] si el rey era un buen hombre, la tierra prosperaría. Si miramos la historia, eso no es tan simple… Tolkien no se preguntó: ¿Cuál sería la política de impuestos de Aragorn? ¿Qué hizo con los orcos: un genocidio? ¿Y qué medidas adoptó el Rey en tiempos de inundaciones y hambrunas?” A estas alturas, todos sabemos que Martin se distanció del género de la fantasía heroica, llena de héroes literarios y fantasías remotas, para internarse en un relato más histórico y menos literario, lleno de referencias al muro de Adriano, a la historia romana y británica, a Constantinopla, a Bizancio, a los nizaríes, a la Cena Negra escocesa,…

Con Martin acaba la concepción mágica y ética del mundo de Tolkien. Los caminos que podían llevar a Sam de regreso a la Comarca al final del libro han desaparecido. Ya el gran canto de cisne, soñado por un idealista que confiaba en la tradición, queda mudo al fin de El Señor de los Anillos, no hay Puertos Grises en el horizonte, los elfos y los magos se despiden, empieza el reino de los hombres. Así empieza Juego de Tronos: es un mundo presidido por la psique humana, por el laberinto oscuro de las pasiones y las historias, donde surge la magia poco a poco, en forma de huargos y huevos de piedra, pero los héroes pueden ser aquí vencidos, los villanos reinar, la filosofía puede ser oscura, las religiones cuestionadas, la riqueza y el hambre repartirse en desigual proporción. De golpe, Martin arrancó de su mano el anillo de Tolkien, se distanció de la Tierra Media y colocó una daga de hierro en el corazón de su fantasía, donde se reflejaba a un lado de la hoja las fábricas, los centros comerciales, el napalm y al otro, Minas Tirith, Camelot y la magia del dragón.

[1] “De hecho soy un hobbit en todo menos en tamaño”- Tolkien

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