Nightcrawler: El corazón de la noche

Por David Martin Acedo

En no pocas ocasiones el cine y la televisión se han interesado por el periodismo, colocándolo como telón de fondo en joyas como Primera Plana o Luna nueva, Todos los hombres del presidente, Network, El gran carnaval o The newsroom, que han mostrado ante cámara el funcionamiento de los medios periodísticos, han alabado su función, han denunciado su prostitución y nos han recordado qué significa la libertad de la prensa: garantía de poder hablar y expresarse por encima de la voluntad del Estado, pensar y comunicar una información sin censura, expresar una blasfemia sin mordaza, compartir una herejía sin hoguera o hacer circular un wikileaks sin prisión.

La prensa puede ser un juguete ameno para el capitalismo, una jugosa fuente de ingresos, pero cuando se inclina a convertirse en cuarto poder, empieza a molestar porque muestra el fracaso de un sistema, porque cuestiona la ética de una empresa o un colectivo, porque filtra un conocimiento vetado. El juguete es valioso, pero incómodo con el poder. El cine ha aceptado muchas veces el reto de recordarnos la fuerza del cuarto poder y de vez en cuando, nos recuerda los peligros del periodismo en su peor faceta.

Nightcrawler no se ocupa de las amenazas ni de quienes ponen palos en las ruedas: indaga en los escombros de la prensa, aquella dedicada a recrearse en las trifulcas, en los crímenes, en los tiroteos, en los desastres, en los accidentes de tráfico; pone en el punto de mira el periodismo que confunde informar con saciar el morbo, con recrear el bajo vientre de la condición humana, con inyectar en el curioso una versión etílica del periodismo, llamado comúnmente “sensacionalista” o “amarilla”.

Como en una versión periodística de Taxi Driver, recorremos los barrios residenciales y los suburbios de Los Ángeles en una noche eterna, interrumpida por las sirenas de ambulancia y por los aficionados con cámara mientras seguimos el ascenso de Louis Bloom, un Jake Gyllenhaal soberbio, un reptil desesperado y ambicioso, carente de escrúpulos y con mirada de adicto: al éxito, a la lógica empresarial, al “todo vale”. Tras películas como Prisioneros o Enemy, Gyllenhaal mantiene su éxtasis ante cámara con un film a medio camino entre la pesadilla y la psicosis.

Ya la estética parece empujarnos a recordar Drive, ese film neonoir de acelerones, miradas y estallidos de violencia, pero Nightcrawler encara y acelera por otras autopistas, porque su principal objetivo –y mérito- es dibujar un personaje, una conducta, un tipo oscuro en el momento y el lugar oportunos. Dibujan un monstruo dentro de un reino capaz de glorificarlo e incluso premiarlo, donde se mueve como pez en el agua o quizá convenga más decir: chacal, reptil. Adora la adrenalina, no se amedrenta ante la moral o la muerte, es feroz en sus objetivos, concibe las relaciones como redes de interés y las citas como meras transacciones:

“Un amigo es un regalo que te haces a ti mismo”

Nightcrawler nos describe un mundo terrible que sólo puede tentar a una mente dúctil, capaz de ascender dentro de ella; la violencia externa del mundo y la interna del protagonista conectan y viven en perfecta simbiosis, en un idilio perturbador. Si la política en su peor faceta genera un pequeño Nicolás, la prensa y su entorno pueden levantar el vuelo de un Louis Bloom.

El cangrejo vivirá en la concha de los moluscos muertos: ¿mejor metáfora para esta profesión de carroñeros? Por fortuna no estamos ante otra Bildungsroman en que hay evolución del personaje según el trato, adverso o armónico, con el mundo: la primera escena define con un robo su ser y su estar en el mundo.

Nightccrawler

Los gestos pueden esconder al chacal, pero su lenguaje muestra todos los tics del capitalismo desatado: confianza, estadísticas, potencial, oferta y demanda, objetivos y plazos, rendimiento,… La jerga alienante para emprendedores podría entrar en el manual para cualquier barman del Capital: agite Paolo Coelho y utilitarismo en la misma coctelera, mantenga una actitud resistente, líquida, sin escrúpulos y ¡hacia adentro!. El argot neoliberal, que podrían abrazar el “pequeño” Nicolás o un sabueso de un fondo buitre, inspira a Louis en su carrera hacia las audiencias, pero también le permite adoctrinar. Este Quijote, enamorado sólo de su planta, hechizará a su Sancho particular con su relato del éxito, una mentira de 10 pasos.

Ya mucho antes, The Wire o Bowling for Columbine habían alertado de una prensa adocenada, inclinada al shock y al suceso sin fondo, superficial, privada de factores sociales o económicas, de investigación más allá de la línea roja de la actualidad. Nightcrawler robustece a lo largo del film esa amenaza y la resume con una frase escalofriante:

“De hecho, me enteré hace poco que la mayoría de los estadounidenses ven noticias locales para mantenerse informados y también aprendí que la media hora promedio de noticias de Los Ángeles ofrece una visión general de la realidad política local, incluyendo las fuerzas de la ley, el presupuesto, el transporte, la educación y la inmigración. En 22 segundos. Crímenes locales no sólo abren las noticias, sino que llenan 14 veces más la transmisión, con una duración de 5:07 minutos“.

Estamos, sí, ante una película de terror y está sucediendo ahora, aquí, cerca de nuestra casa. Este periodismo ha entrado a punta de pistola en nuestras casas.

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