JUEGO DE TRONOS: LA GRAN BATALLA DE G. R. MARTIN

Por David Martín Acedo

(Conviene haber leído el primer tomo de Canción de Hielo y Fuego: Juego de Tronos, o en su defecto haber visto la primera temporada de HBO antes de continuar leyendo)

“Nadie ha querido entrar porque a ti sólo estaba destinada esta puerta. Ahora voy a cerrarla”- El Proceso de Kafka

En su espesa barba se enredan los diminutos personajes que intentan escalar el Trono de Hierro; sus ojos como bolas de anís han atisbado la sombra de los dragones y el fuego valyrio; bajo su negra gorra se cobija el futuro incierto de una saga conocida, pirateada, devorada y convertida en serie de culto gracias al acierto –tanto comercial como cultural- de HBO. Pero antes de HBO, de su barba encanecida, de su orondo aspecto, existe un pasado para George R. Martin, tan inhóspito como más allá del Muro, previo a Canción de Hielo y Fuego. Estos datos no limitarían su éxito actual, aunque sí pueden respaldar un hecho: su genial creación de Poniente, el complejo árbol de casas –Stark, Lannister, Baratheon, Targaryen, Tyrell, Greyjoy…-, su visión del Poder y la Fe… tuvieron una cuna en una serie de fracasos, tentativas, experiencias y éxitos que darían a luz en 1996 a Juego de Tronos.

Los mejores escritores antes de parir suelen enterrarse entre pilares y pilares de libros. George R. Martin era lector de apetitos variados, voraz y precoz, hasta que pronto vende sus relatos a los compañeros de clase. Vive los tiempos de agitación hippie, la contracultura, las revueltas libertarias contra la guerra de Vietnam, se declara objetor de conciencia y uno de sus primeros relatos: El héroe, resulta ser un alegato antibelicista, a disgusto de Nixon y de la Asociación del Rifle. El mismo autor que construiría una fantasía épica en Poniente, llena de combates, caballeros, juramentos o estrategias militares, aborrece la guerra, antepone su conciencia pacifista a la autoridad estadounidense.

En esta misma contradicción había incurrido siglos atrás La Ilíada, la epopeya homérica donde se ventilaban los defectos de los semidioses, a través del caprichoso carácter de Aquiles, un héroe capaz de encerrarse en su tienda mientras mueren sus compañeros por un amor o desatar una cólera sin límites a causa de la muerte de su amigo Patroclo. En la obra del ciego aedo, las descripciones no idealizan los combates: mutilaciones, decapitaciones, jóvenes reventados por los caballos o ensartados por saetas… y los discursos, numerosos, especialmente el de Príamo, culpan a los dioses y a los hombres de tantas atrocidades.

George R. Martin desde el género épico no renegará años después del objetor de conciencia que fue: saboteará los principios caballerescos, resumidos en la figura de Eddard Stark, que gobierna con justicia el Norte, padre de cinco hijos tan obedientes como él para con su rey, Robert Baratheon. Como Perceval reúne bajo su pecho las virtudes de la piedad, de la discreción, de la fe valentía, entre otras, que ofrecerá generosamente al ser nombrado Mano del Rey. Ante la ejecución de un Guardia desertor, Jon recuerda a su medio hermano, Bran, la ley de los Stark: el hombre que dicta la sentencia debe blandir la espada.  Sin embargo, esas virtudes y toda su sangre las verterá en la plaza de Desembarco del Rey sin comprender nada, sin llegar a tocar ningún Graal, sacrificado como un becerro, sin entierro digno ni bendición, a diferencia de Arturo, Héctor, Amadís, Lanzarote… Ya en Poniente, Martin sigue mostrando el horror y el sinsentido de la guerra: al igual que Norman Mailer –Los desnudos y los muertos-, no creerá en absoluto en la belleza, en la gloria de la contienda; al igual que Miguel de Cervantes, describe la muerte y la tristeza del caballero en un universo amoral.

Con esta actitud contestataria, en consonancia con el espíritu Woodstock, Martin estudia periodismo. Ya por entonces publica sus primeros relatos cortos que le valdrán diversos premios como el Hugo o el Nebula, además de un cierto reconocimiento entre los círculos de la fantasía y la ciencia ficción, por entonces reducidos, aunque sus cuentos son, pasado el tiempo, motivo de sorpresa. Los reyes de la arena compilan el horror y el juego en pocas páginas, donde unos insectos muy inteligentes juegan al arte de la guerra en el salón de un millonario. Para reducir la obesidad mórbida, un individuo halla El tratamiento del mono, que demuestra sin ambages la frase de Wilde: “ten cuidado con lo que deseas, se puede hacer realidad”. En la casa del gusano, el lector se adentra en una subterránea pesadilla, próxima a Robert E. Howard y Lovecraft, donde le aguardan babosas, laberintos y un secreto blasfemo. Continuará Martin su ejercicio de muñeca e inspiración con los vampiros de El sueño del Fevre, Muerte de la luz hasta llegar a la fecha de 1983 cuando publica su novela Armaggedon Rag. Vivir de la escritura supone una acrobacia sin red y si a ello, sumamos el fracaso comercial que sufrió Martin con esta novela, cualquier tentación puede cambiar tu rumbo. Fue Hollywood quien picó a su puerta y Martin, tentado, abandonó la literatura. Otros habían rendido su creatividad por razones diversas: Rimbaud se deshizo de la poesía y se rehízo en burgués, mercader y traficante; Juan Rulfo y Salinger agotaron su mundo escrito y conservaron en ámbar su reputación sin verter más tinta.

Hermosa recreación del Trono de Hierro por el artista Marc Simonetti (The World of Ice & Fire, Random House)

Hermosa recreación del Trono de Hierro por el artista Marc Simonetti (The World of Ice & Fire, Random House)

En cambio, Martin se incorpora a la industria del cine como guionista y editor, todo parece indicar que el silencio en la literatura se convertirá en definitivo mutismo, tal vez esa caída que debiera fortalecernos es demasiado estrepitosa. La vida exige como un guion televisivo continuar adelante, a pesar del drama, de los giros inesperados e incluso de la muerte. Durante esa temporada en televisión aprendió y pulió dos elementos esenciales en pantalla: el diálogo y el suspense, algo determinante en el estilo –y el éxito- de su futura saga.

El aprendizaje del diálogo no sólo le permitirá avanzar la acción en Poniente, desnudando acciones o intenciones –ya sea la traición, el deseo o secretos helados en el corazón-, proporcionará también al lector atisbos psicológicos de cada personaje y cada frase caerá como una losa o una espada en los momentos cruciales de cada capítulo. Con sabiduría, los guionistas de Juego de Tronos respetarían: “qué cosas hago por amor”, “no olvides lo que eres porque, desde luego, el mundo no lo va a olvidar”,… Un novelista demuestra su oficio en el difícil arte del diálogo: Chandler, Carver, Tolstoi o Stevenson escriben conversaciones, discusiones, que veneran el espíritu de la poesía: la palabra exacta.

Martin ejercitó otro talento gracias a la televisión: captar la atención, retenerla, contenerla a su capricho, algo fundamental para tomos de más de 600 páginas, un talento que los críticos desdeñan al estar vinculados a lo popular –entretener, contar historias-, aunque dominarla se parezca mucho a domesticar un dragón o a encerrar una tormenta en un puño. Martin conquista ese dominio e impide el suicidio de toda novela: el aburrimiento.

Martin estableció la perspectiva subjetiva para cada capítulo, de modo que sería la mirada de Bran, de Jon, de Daenerys, de Tyrion, de Catelyn… las que registran los acontecimientos, se desvanece así el narrador omnisciente en favor de un solo foco, una lente emocional y personal que captaría sólo un apartadero de todo el conjunto. Con este estilo indirecto libre, proporcionó a la historia una sensación dinámica, pero también una gran zona de incertidumbre: pueden llegar hasta el personaje-foco noticias, rumores, hechos que serán aclarados –o no- más tarde. Extraña prolepsis. El lector vive alerta y sospecha porque el testigo es siempre subjetivo, desenmarañar la verdad exige adentrarse más en el bosque de Canción. Y si cada capítulo termina con nuestro personaje al borde de un precipicio, se asegura la total adicción del lector. Se lee Canción como se consume un vaso lleno de mar salada.

Aunque se había empezado a gestar el huevo en 1991, sería en 1996 cuando esta fantasía épica se adentra como un espectro de ojos azules en nuestro mundo, se instala poco a poco en las librerías, generosamente equipadas con novelas históricas, con libros de autoayuda, con biografías sobre criaturas televisivas,… libros cocinados para el éxito inmediato. En cambio, Canción superó un gran muro –el fracaso- y pronto un grupo reducido de cuervos alertó del potencial de aquella saga, empezó a cosechar premios y juicios favorables. Inspirándose en la Guerra de las Dos Rosas[1], los York y los Lancaster, y en Ivanhoe, Martin describiría el “invierno del descontento”, un mundo al que se avecina una cruenta guerra y una amenaza remota, los Otros, mientras la magia y los dioses antiguos empiezan a recobrar misteriosamente su apagada fuerza.

Este huevo acabaría de eclosionar el día en que HBO transporta los dragones y las luchas de poder hasta medio mundo. Martin había demostrado que su guerra había merecido la pena: Poniente había conquistado Occidente.

[1] Los Lannister y los Stark. Al inicio de la saga, los Stark realizan un descubrimiento que simboliza el futuro de su clan: encuentran cinco cachorros huargos junto a la madre, asesinada por un venado, augurio de la guerra civil que les espera.

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