Salto de fe II

  Por David Martín Acedo

                                                                                              I

“La segunda a la derecha y todo recto hasta la mañana” Peter Pan

En el artículo anterior, caminábamos como Indiana Jones sobre el frágil abismo que lleva de la realidad al arte para reflexionar sobre el concepto teatral “romper la cuarta pared”, pero dejamos atrás la escena y rescatamos ejemplos aterradores como La continuidad de los jardines de Julio Cortázar o The Great Train Robbery de Edwin S. Porter.

Caben otras posibilidades no menos inquietantes que las mencionadas: cada vez que alguien descorre por sorpresa una cortina de ducha, nos vuelve a la memoria la orquesta de cuerdas de Bernard Herrman y el rostro de Anthony Perkins, interpretando al frágil y esquizofrénico Norman Bates. Este clásico de Hitchcock, Psycho, abandonaba en su última secuencia a Norman Bates en una celda acolchada, dominado por la voz de su difunta madre. Casi en el último fotograma, antes de abandonarle a la absoluta soledad de su demencia, Bates esbozaba una fría sonrisa mirando directamente a cámara. ¿Éramos nosotros sus próximas víctimas? Al mirarnos, rompía como un cuchillo afilado nuestra pantalla e invadía así nuestra intimidad. En un mordaz juego, Bates parecía decirnos: cuidado porque los mejores amigos de mi madre sois… vosotros.

Michael Haneke engrasó el motor de Funny Games con el propósito de reflexionar y cuestionar el tratamiento de la violencia en el cine. Como nos tiene ya acostumbrados, lo logró de una forma descarnada, despellejando nuestras retinas con la intrusión de dos adolescentes, pulcros y educados, en la casa de un matrimonio con hijos, que serán víctimas de una tortura sibilina, infectada de engaño y tensión, llevando el sadismo hasta extremos insoportables. La cuarta pared se resquebrajaba en numerosas ocasiones: los adolescentes detenían la acción, nos interrogaban e interpelaban, nos guiñaban incluso un ojo cuando esperanza y terror se confundían en nuestro interior. Nos convierten en cómplices incómodos de su juego como si se tratara de una diversión interactiva, donde nuestro morbo y su psicopatía terminan por ser espejos de nuestra sociedad mass media: el sacrificio ritual al que asistimos se está realizando en aras del dios Audiencia.

Frank Underwood, tan falto de empatía como los cachorros emprendedores de Haneke, es el Maquiavelo de House of Cards, muestra su violencia calculada, un asalto al poder de la Casa Blanca lleno de cadáveres bajo la alfombra, haciéndonos partícipes y electores suyos, a la fuerza, en un juego más político, pero no menos sangriento que Funny Games. De tanto en tanto, nos mira y habla de tú a tú en un plano casi fraternal. Así en el primer episodio nos confiesa sin escrúpulos, antes de sacrificar a un perro herido:

“Hay dos tipos de dolor: el que te hace fuerte y el inútil, el que sólo te hace sufrir. Yo no tengo paciencia para las cosas inútiles”

Ambas películas derrumban con una apisonadora la cuarta pared para compartir su crimen, situarnos en la escena y manchar nuestras manos como Macbeth.

Pero no siempre se rompe el espejo para estremecernos. En los títulos de crédito con que termina Inception (Origen), poco antes del fundido en negro, suena Non, je ne regrette rien de Edith Piaf; esa melodía dentro de la película de Nolan servía a los protagonistas para despertar del sueño como si de una patada se tratara. El director nos avisaba al finalizar Origen de que el sueño ha terminado, es hora de despertar.

Psycho, House of Cards, Funny Games y The train great robbery

Psycho, House of Cards, Funny Games y The train great robbery

  y II

El último ejemplo en que cae la cuarta pared es el regalo que J. M. Barrie destinó a los niños que no querían crecer.  Frente a sus versiones edulcoradas, quien lee Peter Pan descubrirá con sorpresa una obra triste: el joven Peter es un niño estancado en el tiempo que conservará siempre sus dientes de leche y que ignora junto a los niños perdidos (esos seres caídos del carrito por culpa de “niñeras descuidades”) qué es una madre. Por ese sentimiento de orfandad, adoptan a Wendy como madre en Nunca Jamás mientras Garfio, contramaestre de Barbanegra, acosado siempre por un cocodrilo, siente la tristeza de que “los niños no le quieren”.

Barrie muestra a los niños como seres “alegres, inocentes e insensibles” con todo lo oscuro y hermoso que representan.  Junto a ellos, Campanilla es el hada capaz de la traición y la lealtad más pura, porque al ser tan pequeña, sólo tenía un sitio para un sentimiento a la vez: toda bondad o toda maldad. Con ella asistimos a un momento mágico. Barrie temía y esperaba ese instante en el día del estreno, pero los aplausos acallaron sus temores cuando Campanilla, al borde de la muerte, pendiente de la fe de los niños, resucita con una clamorosa respuesta a la pregunta: “¿Creéis?”. El veneno de Garfio no cumple su cometido gracias al sí del público.

Peter Pan, el niño que se negaba a crecer, confundía lo real con lo fingido, por eso le costaba recordar si había comido o no. Barrie, hermanastro de Peter, anunciaba con este truco escénico, que rompe con la ilusión teatral, que el arte estaba unido por invisibles hilos con la infancia: la credulidad, la fe forman parten del artificio. E incluso, también con la muerte, como advertía Peter antes de enfrentarse a Garfio: “una aventura impresionante”. Un último y quizá vibrante salto de fe.

Quedan dos últimas anotaciones por añadir. La más importante depende de la suerte invisible que le depare a este artículo: encontrar a su lector. La segunda supone menor esfuerzo al tratarse simplemente de una recapitulación, mon frère[1]!:

Todos esos espejos rotos, esas cuartas paredes parecen advertirnos de algo: nuestra experiencia en el arte nos concierne, una lectura invade nuestra vida y la transforma. Nuestro sentido de la Justicia cambia tras leer Don Quijote o ver The judgement of Nurember; Anna Karenina o El beso de Klimt desvelan nuevas esferas de nuestro corazón. El arte como los sueños rectifican rasgos de nuestro ser, nos incumben más de lo que pensamos. Eso siempre los niños lo han tenido muy claro: lloran al despertar de una pesadilla, viven las películas sin ruborizarse ni desconfiar y por eso, los juegos suyos tanto se parecen al arte y al sueño. Como bien sabía Peter, nunca ha existido esa cuarta pared.

Peter Pan en los jardines de Kensington

Peter Pan en los jardines de Kensington

[1] Au lecteur, Charles Baudelaire

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