EL MEJOR GAG DEL COMIC ESPAÑOL

Por David Martín Acedo

Tengo la impresión de que el cómic ha pasado de ser un icono del analfabetismo a uno de nuestros últimos bastiones del alfabetismo” Art Spiegelman

Introducción: un chiste de Vergara

Muchos chistes, tal vez los mejores, pintan con ingenio las más duras realidades, suavizando sus lacras sin borrarlas como siempre hacen los niños, capaces de mirar la desgracia cara a cara y luego seguir jugando. Los chistes aplican sobre el relato o el gag una gruesa capa de experiencia y logran hacernos calzar mejor el drama diario e incluso, las tragedias que se cruzan por nuestro camino. Por ejemplo, a expensas de la cacareada Marca España, circula un chiste de Bernardo Vergara que provoca la carcajada y encadenándose a ella, en una esquina, nos deja una interesante semilla para mascarla y repensarla.

En el chiste, publicado en la revista Mongolia, típicamente se reúnen un inglés, un francés y un español para competir sobre cuál lidera una mejor marca; cabe decir que los dos primeros caen en generalidades, en tópicos y reseñan virtudes a veces cuestionables o dignas de reprobación. Finalmente habla el español -ya saben esa entelequia patriótica que atribuimos al nacido dentro de una geografía, a pesar de tener en los posos de su ADN a hebreos, musulmanes, godos, romanos, griegos… en una genealogía que trasciende Covadonga y el Cid, mal que les pese a algunos-. Digo, pues, que le toca al español defender su marca y este, concentrado en un transistor, la oreja cosida al altavoz, sin atender a las peroratas de sus vecinos, grita de golpe: ¡casi marca España!

Más allá de la burla a la marca España, vitoreada por ciertos políticos en estos tiempos de miseria y recortes, el chiste logra además atinar en el centro de otras dos dianas: como Larra argüía en uno de sus lúcidos artículos de costumbres, España habita en el reino de cuasi. Cuasi una democracia, cuasi moderna, cuasi europea… España cuasi marca lo que no significa sino empate o derrota, a pesar de la euforia del hincha. El otro disparo del chiste apunta y atraviesa certero nuestra condición, diríamos, mediterránea: suspendemos en markéting. Como pésimos aficionados, no sólo no confiamos en nuestro equipo, sino que tardamos poco en colocarlo en la picota. Dicho sea de paso: esta falta de triunfalismo conlleva algunos defectos, pero también ese escepticismo, ese agorero estado de ánimo trae consigo no pocas virtudes. La primera: no tomarse demasiado en serio nada, antídoto de nacionalismos y funambolismos sin red. La segunda: la escasa seriedad permite que fermenten chistes tan buenos como este que dentro de cien años seguirán en boca de muchos.

 

II: ¿Marca España?

Si me han disculpado la digresión, comprenderán que este chiste bien podría aplicarse al cómic: pocos se lo toman en serio. Parece aún sobrevivir en el reino del cuasi. Para rebatir estos dos diagnósticos un tanto cenicientos, resaltaremos algunos elementos vigorizantes, estrategias y caminos que pueden cambiar la historia del chiste.

Durante el Renacimiento es bien sabido que tanto el griego y el latín se consideraban las lenguas de prestigio mientras las lenguas vernáculas se asociaban con el vulgo y solían despreciarse según el tópico horaciano Od prophanum vulgus, et arceo. Muchas veces por mero patriotismo, empiezan a circular obras eruditas que intentan dignificar la lengua vulga, ya fuera Dante, Bellay, Nebrija. Entre tantas, una batalla en favor de la lengua castellana la protagonizó Herrera y el Brocense: partiendo de la poesía de Garcilaso de la Vega, aclaran pasajes oscuros, señalan fuentes, enmienda errores en un esfuerzo que hasta entonces sólo se había dedicado a poetas clásicos.

El cómic necesita una atención académica, un esfuerzo erudito, un enfoque capitaneado por la inteligencia que logre desterrar de sus páginas esa concepción de vulgar entretenimiento –de “tirillas o muñequitos”- y las dignifiquen. Habrá siempre alguien que emponzoñe ese esfuerzo y lo califique de gesto pedante, de ejercicio hípster, como ya se ha aplicado al estudio riguroso de series por parte de algunos medios culturales, pero la crítica tiene también la función de cuestionar la hegemonía, los estatus. Hoy, las redes realizan una labor de reflexión y arqueología interesante con algunos ejemplos como tebeosfera, el blog ausente, miscomicsymas, comitecla, actualidadcomic, blogdecomics. Desde que Umberto Eco dedicara un ensayo, ya célebre, al mundo del cómic en La muerte de Supermán, han ido lloviendo ensayos de interés sobre España de forma intermitente: Supercomic (mutaciones de la novela gráfica contemporánea) en Errata naturae, La novela gráfica de Santiago García, Historia social del cómic de Terenci Moix, La arquitectura de las viñetas de Rubén Varillas, la editorial Dolmen dedicó varios tomos a diseccionar al gran Alan Moore de la mano de varios ensayistas españoles,… Empiezan a surgir simposios, tesis doctorales, conferencias, exposiciones, créditos universitarios dedicados al cómic. La pregunta que puede esclarecer el éxito o fracaso de estos esfuerzos es la siguiente: ¿existe ya algún cómic o novela gráfica que aparezca como lectura obligatoria en los institutos junto a La Celestina, Cinco Horas con Mario o Don Juan Tenorio?

Alguien responderá colérico: ¡Nunca jamás! Y sin embargo, muchos cómics no sólo permiten un estudio exhaustivo, un grado de complejidad y codificación similar a la literatura, también abordan asuntos universales sin maniqueísmos ni trampas sentimentales. Los referentes que acuden a la memoria, al buscar cómics de enjundia (sea lo que sea esto), acostumbran a ser Paco Roca y Miguel Gallardo, los que lograron algo insólito: acercar al cómic a gente ajena o reacia. En Arrugas (Astiberri), Roca sumergía con ternura su pincel en una residencia de ancianos para comprender la enfermedad del Alzheimer, el proceso degenerativo del protagonista, arropado por un grupo de adorables niños grandes. Pero hacía algo más: como apuntaba Cocoon o el célebre episodio “Kick the can” de La dimensión desconocida, la tercera edad es un tabú social, arrinconado o invisibilizado en esta era que impulsa la juventud y el éxito como valores supremos. La misma sensibilidad demostró Miguel Gallardo para describir la vida de su hija, María, alguien que es más que el autismo, en María y yo, un viaje al corazón de una niña con un sentido especial del humor y una gran sonrisa, hoy ya mujer en María cumple 20 años (Astiberri).

Pero junto a estos dos regalos, que cambiaron las reglas y la percepción del cómic en España, quedan otros muchos ejemplos por ensalzar, aunque nos detendremos en sólo tres de la ingente variedad actual. Seguramente, El arte de volar (Edicions del Ponent) de Antonio Altarriba y Kim quedará como nuestro Maus, un desgarrado y sincero grito desde las entrañas de la guerra y la dictadura. A raíz del suicidio de Antonio Altarriba, padre del guionista, esta novela ilustrada repasa la tortuosa biografía de un hombre con conciencia, herido como tantos por la mediocridad y la crueldad de un país que estranguló la libertad, los espacios de convivencia e incluso lo más diminuto y sagrado: la esperanza. Junto a estas novelas gráficas podemos mencionar –y descuidar injustamente- muchas otras maravillas como Trazo de tiza de Miguelantxo Prado, un mágico y oscuro desembarco en una isla con secretos y desvíos temporales, o Blacksad de Díaz Canales y Guarindo, una filigrana cinematográfica inspirada en el cine noir de los 40 y protagonizado por animales antropomórficos.

Mención aparte merece Miguel Brieva. Sus viñetas deben tomarse con medida, una al día, porque  son antihestamínicos contra la estupidez circundante. O mejor dicho, mejor ingerir sin medida esta droga lisérgica que activa nuestra mente y sintetiza ironía, sátira, surrealismo en el espacio de una viñeta. Brieva Atiza como el buen boxeador underground que es contra la apatía, pinta los abismos esquizofrénicos del capitalismo (consumismo o pura adicción, destrucción del planeta, sacralización del dinero, banalización de la cultura en propagación constante). Influido por Crumb o El Roto, su concepción del mundo como pesadilla parte del triunfo del dólar sobre Marx y anota los horrores posteriores a la caída del Muro de Berlín. Parece recordarnos la idea de la Tortuga de Darwin de Juan Mayorga:

“Yo no he visto nada nuevo desde entonces. El mismo horror una y otra vez. La evolución culmina en el hombre-bomba”

Brieva es el filósofo que no sólo discurre por sí mismo: disiente.

Con una actitud beligerante, destapó en Dinero las heces del capitalismo. Editado por Reservoir Books, es un libro objeto como los que ingenia Chris Ware: juega con una editorial imaginaria, editorial Clismón; ironiza con las tan concurridas biografías de artista, con el código de barra e incluso añade en la contraportada un consejo: “los libros no tienen la culpa”.

Brieva cumple con un principio estético: “el arte es la posibilidad de pensar al margen del concepto”, de modo que sus versiones distópicas pueden ser espejo de las pesadillas diseñadas por Charlie Brooker, donde la miseria, la estupidez y la alienación sonrojarían la versión 1984 del mismo George Orwel (y que es ya casi presente nuestro). Introduce lo siniestro en un marco doméstico, lleva los gags hacia la pesadilla o al absurdo a través de atmósferas que imitan –y deforman- los spots americanos de los años 50 o el universo Disney. En su universo, unos padres van a la escuela para averiguar cómo se comporta su dinero. Para embellecerse, una mujer acude a un centro de estética para extirparse el cerebro. Los ejemplos son envases filosóficos, gags políticos, seísmos contra las ideologías –que conducen al consumismo o al terrorismo-.

Actualmente, ha escrito en su primera incursión distópica a la novela gráfica: Lo que me está pasando (diario de un emperdedor).

Dinero

III: Últimas pinceladas

Hay vida más allá de la novela gráfica. Manel Fontdevila, antiguo colaborador de El Jueves y creador junto a otros de Orgullo y satisfacción tras la postura deleznable de censurar una portada por parte de RBA, custodiando la Monarquía como si se tratara de un dogma medieval irrefutable, ha garantizado en estos tiempos de mordazas y servilismo oxígeno democrática con sus punzantes radiografías de nuestra sociedad. El Roto, Forges, Eneko, Liniers son humoristas gráficos que han empleado la viñeta como reseña periodístico a la plaga de franquismo, miseria, corrupción frente a la censura y el miedo. Son los bufones que ante Lear se atreven a revelar que los poderes están desnudos.

Por último, para cerrar este artículo, nos queda preguntarnos ¿Y qué hacemos con nuestros clásicos del cómic? ¿Merecen atención Mortadelo y Filemón, Súperlópez, Carpanta, Don Pío o Zipi y Zape? ¿Es nuestra década una meta sin telón de fondo, merece la pena recuperar esos vestigios del pasado? Nuestro presente tiene un origen: la factoría Bruguera y TBO que nunca fueron simple entretenimiento, sus cuadros costumbristas eran espejos rotos de la miseria, de la derrota, de las disputas familiares, de las deudas,… Sus personajes estaban dotados de realidad, embadurnados más bien de verismo gris: el hambre de Carpanta, la morosidad de Vázquez, la demencia del Loco Carioco, las solteronas de Las hermanas Gilda, las disputas conyugales de 13 Rue del Percebe…  Hasta los superhéroes eran caricaturizados en Superlópez y la estadística concluye que las clases sociales dibujadas solían ser baja-media. Sus pinturas nada tenían de inocente juego o pasatiempo de tarde: cada viñeta era una escopeta de balines, cada bocadillos se convertía en un tirachinas mordaz. Sus monigotes miraban el descarnado paisaje y vendimiaban frutos agridulces de aquellas oscuras cepas.

Si las creaciones de Francisco Ibáñez, por ejemplo, fueran infantiles recreaciones como la rayuela o la peonza,  ¿por qué TVE pasó de puntillas sobre el último número de Francisco Ibáñez, El Tesorero? Toda proyección sobre el cómic español debe colocar su primera lente en Bruguera y después, ya visionaremos Creepy, Cimoc, Makoki, Roca, Gallardo, Brieva…

Todo esto está aún por hacer. Mucho camino por recorrer: faltan más documentales como Grapas o Historias de Bruguera, necesitamos más cómics de mujeres para mujeres [1]como las de Clara Soriana o Mamen Moreu (distanciadas de la mujer frívola, neurótica y coqueta que Maitena pintaba), requerimos de más películas como la fiesta fallera de Fesser –esa pirotécnica Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo– o María y yo dirigida por Félix Fernández de Castro, necesitamos más cómics en las escuelas e institutos. Y por último, para saber si los tiempos son bienaventurados para la viñeta, un día dejaremos un cómic español en el andén y minutos después, misteriosamente habrá desaparecido.

Ese sería un gran reconocimiento para nuestros cómics. Y también un buen gag, ¿no?

Ibañez

[1] Remito al blog Asociación de Autoras que aspira a crear un espacio igualitario en el mundo del cómic, dando visibilidad y difusión a autoras de cómic como las mencionadas, además de Ana Oncina, Agustina Guerrero, Emma Ríos… Para empezar, aquí recomendamos Todas putas (editorial dib buks)y Enjambre (editorial Norma Editorial).

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