Un paseo dominical por los mercados de libros

Por David Martín Acedo

“¡Y qué cosas! Cosas carnales, entrañables, desgarradoras, clementes, lejanas, cercanas, distintas: cosas reveladoras en su insignificancia, en su llaneza, en su mundanidad. “¡Maravillosas asociadoras de ideas!..” El Rastro, Ramón Gómez de la Serna

Este domingo con esa inyección de júbilo que proporcionan los días festivos, le invitamos a usted, curioso embajador de su casa, a emprender un periplo tan fascinante y osado como el que Ulises, Nemo o Gulliver iniciaron en otro tiempo. Abandone su rellano, súbase al metro de Barcelona –este nuevo Nautilus sin escalas- y desembarque en la parada de Urgell. Allí le espera entre el tráfico de mirones y algún que otro turista descarriado ¡el mercado dominical de Sant Antoni! Aquí acuden todo tipo de pasajeros: curiosos, fisgones, investigadores –todos mineros y astronautas, según se mire- como polillas, ávidos de gangas, se arremolinan para comprar o desenterrar valiosos cofres mientras esquivan bultos, inhalan el polvo de libros antiguos, separan el grano de la paja y marchan como alegres comensales a sus casas bien saciados.

Por unas horas, el mercado de alimentación, situado entre las calles Comte d´Urgell y Tamarit,  se convierte el domingo en una ristra de paradas que venden cómics, libros, monedas, videojuegos, películas, postales, sellos y revistas. A vista de pájaro, en este espacio diminuto, ojal barroco y mestizo en la solapa de Barcelona, se crean y deshacen arterias espesas de personas que circulan y se atropellan en una travesía que cierra su calzada al mediodía.

Esta aventura matutina, que se realiza antes del vermut y tras encargar un pollo a l´ast, requiere tiempo, paciencia, buena disposición, cortesía, un tonel rebosante de curiosidad y unos dedos ágiles para ojear revistas, libros o cómics. Entre el magma de curiosidades que alberga este mercado  siempre podemos distinguir un destello feérico, una sorpresa apretujada bajo algún rascacielos de libros. En un traspié pueden brotar joyas tapiadas.

Azuzados por el ansia, encontramos una perla y reclamamos la atención del vendedor. Estos mercaderes actúan como Cenicienta o Argos: a veces dormitan arrugados como colillas y otras veces vigilan su huerto con uñas y dientes. Algunos de ellos carecen de tienda propia y perviven, almas errantes, entre internet y la parada dominical, siendo muy rigurosos en los precios –escritos a lápices en la primera página- o un poco arbitrarios, anotando al vuelo un precio cuando son interrogados. Tienen también cartones o cartulinas arrugadas donde señalan el precio general de uno o dos euros para un conjunto apilado de libros. Podemos encontrarnos revistas plastificadas, bien conservadas gracias al cuidado del coleccionista, pero también hallamos revistas casi mordisqueadas por el paso del tiempo o el descuido. Lo mismo puede suceder con libros, cómics o postales. El azar imprime su sello en el corazón de Sant Antoni.

Porque adentrarse en el mercado es como explorar las tripas de un buque hundido que cobija sorpresas entre corales y algas; en sus aguas podemos descubrir algo importante: documentos íntimos de quienes vivieron en esa ballena de Jonás, dedicatorias llenas de ardor, anotaciones prendidas como gemas junto a un párrafo ya deslucido, restos de café, alguna lagrima o gota de lluvia coloreando como un crisantemo la tinta… Y al bucear con los pulmones hinchados de ardor bibliófilo, uno encuentra prácticamente un todo desordenado, una especie de gran trastero diseñado por goblins.

Imagen del antiguo Mercat de Sant Antoni

Imagen del antiguo Mercat de Sant Antoni

Este mercado ilumina viejos sótanos, abrillanta perdidos recuerdos, resalta la belleza de lo que fue ante lo vulgar y mediocre de lo que hoy es en buena parte el “mercado” cultural. En un vistazo, contrastamos las viejas revistas, las editoriales liquidadas con nuestro presente y el resultado nos asombra: ante la izquierda difusa de la sociedad catalana, encontramos ejemplares de Ajoblanco; ante el reino de la ley mordaza y el estrangulamiento del anarquismo y de la provocación, descubrimos El Víbora, Makoki y Cairo; ante la escasa vegetación de revistas de cómic, proliferan aquí Cimoc, Zona 84, Creepy; frente al fervor de estelades que agitan las arenas políticas y descuidan el bullicio cultural que fue esta palmera a orillas del mar, esta Barcelona, nos reencontramos con las magistrales traducciones de Edicions 62.

Unos padres nostálgicos repasan los álbumes completos de Panini y un Superhumor de Mortadelo y Filemón mientras la hija mayor regatea por un videojuego de Gameboy y el pequeño regatea por cromos de Magic. Algunos ancianos perseveran en viejas revistas porno y desdeñan el porno gratuito y abundante de la red; entre tanto, una profesora jubilada rastrea a Séneca; a su vez una estudiante de máster ansía encontrar una vieja postal mientras es observada a lo lejos por un pelirrojo que persigue una figura de Los pitufos y es apartado por un treintañero que bucea entre ediciones Nebula, revistas Creepy hasta dar con un bolsilibro de Silver Kane. Aquí nadie reclama el dorado hilo de Ariadna ni un reloj suizo: perderse en el tiempo y en el espacio es un dulce castigo para todos los visitantes del mercado. Mientras unos consagran la mañana a recogerse en la iglesia, en las carreras televisivas de Fórmula 1 o en una barbacoa, otros optamos por peregrinar hasta aquí, aspirar el incienso de los libros, tostarnos ante el hermoso sol que nos gobierna e ilumina –la cultura- y celebrar sin cánticos ni vuvucelas una buena compra.

El maestro Ramón comparaba este lugar con el Mar Negro: aislado y central en medio del continente, con aguas que se comunican con los otros mares. La resaca y las mareas traerían consigo tesoros que en unas horas podían despedirse y marchar como en la cíclica danza de las olas. Porque a diferencia de los museos y anticuarios, sus cosas viven aquí purgadas de soberbia y autoritarismo, se mecen y no dormitan embalsamadas en vitrinas. Hay ruinas y escombros, maravillas y portentos, incluso alguna piedra filosofal podremos encontrar y un conjuro blasfemo o un lamento de Tristán quizá nos deslumbre entre un montón de cosas.

Este mercado termina siendo de ánimo nómada, en estado constante de metamorfosis y mudanza, así que la nostalgia y el pasado conviven en armonía con el presente y el porvenir. Las almas que se asoman no hallarán apocalipsis ni retrospectivas: en cada parada aguarda un nido como de pájaro que el azar y el caos han construido con su pico y llenado de páginas, imágenes, gérmenes, invitaciones al sueño y a la compra. No estamos ante tiendas con puertas y techo, caminamos más bien guiados por la luz natural, a cielo abierto, al aire libre que ventila malos pensamientos, olores de pantano, sonidos sepulcrales.

Detalle de Los bouquinistes de Paris

Detalle de Los bouquinistes de Paris

Este mercado lo forma un gremio raro porque no depende ni vive de novedades, de bestsellers, de banderas, de premios o de merchandising; en nada asemeja su rostro a la maquillada e inerte, a la circense y vacua cadena de franquicias libreras sin alma. Aquí vemos de dónde venimos, indagamos en las corrientes subterráneas de lucidez, protesta y clandestinidad de nuestro país, vislumbramos las raíces profundas y mestizas de nuestra sociedad.

Por suerte, esta isla no interesa apenas a los actuales dirigentes políticos, no han deforestado su corazón con bares de moda, alquileres turísticos, reglamentos, hoteles, pancartas y hasta la fecha sus leyes de derribo y expropiación no han tocado aún estas paradas. Aquí no ven como el dragón del Hobbit minas de oro que explotar y por tanto, continúan su saqueo en otros barrios convertidos en parques temáticos como la Ramblas, Passeig de Gràcia o el Born. Allí siguen destrozando y privatizando espacios,  aquí encontramos un viejo espejo de nuestra Barcelona, donde recobrar nuestra identidad y nuestra patria, que ha sido siempre la de las letras.

En esta época líquida y opaca, donde resulta tan difícil hallar una verdad en las urnas electorales, una imagen fidedigna en los telediarios o una identidad en la cultura oficial, resulta agradable obtener la ciudadanía en estos pequeños reinos de letra impresa, en estas taifas mestizas y bizarras.

Y este pequeño reino, emplazado en la parada de Urgell, tiene un horizonte más allá de Barcelona.  Tenemos los bouquinistes, ese manso río de tres kilómetros, espejo del Sena y Patrimonio Mundial, que ha sobrevivido al vandalismo y a las condiciones climáticas de París, a los turbios meandros de los siglos (desde su remoto nacimiento en el s. XVI) con sus cajitas verdes rebosantes de Baudelaire, Zola, Balzac,…. Tenemos en Madrid La Cuesta de Moyano, que reposa a los pies de Baroja y aguarda junto al Parque del Retiro, tranquila feria del Boquerón según Gómez de la Serna, alegre jardín de páginas que vierte sus curiosidades hasta Paseo del Prado… Tenemos por todo el mundo, sin clasificar, generosas, decenas de condados de bibliotecas callejeras, centenares de villas de parques de atracción libresca sin murallas, esperándonos, exigiendo de nosotros una única contraseña para superar sus puertas: el raro instinto de la curiosidad en los bolsillos.

Cuesta de Moyano en Madrid

Cuesta de Moyano en Madrid

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