Watchmen: la matrioska del Buque Negro II

Por David Martín Acedo

Como en un juego borgiano, repleto de falsas pistas y ficciones eruditas, Moore idea una editorial, EC –malévolo reflejo de DC Comics-, cuyo principal éxito es la colección Relatos del Buque Negro, creado en su primera época por el dibujante Orlando y el guionista Shea. Nace en mayo de 1960 y cuenta historias en torno al Buque Negro, nombre inspirado en La ópera de tres centavos de Bertold Brecht, y capitaneado por un ser infernal, quizá el mismo Satán. Dicha información la proporciona una nota enciclopédica de “Tesorería de cómics de la Isla del Tesoro” que viene saturada de datos, de referencias en una maraña casi indescifrable. Entre todo ello, un dato es especialmente relevante: Shea desapareció alrededor de 1983, un misterio minúsculo en el que dormita una conspiración. El paralelismo con Watchmen es obvio: la desaparición de Shea como la muerte del Comediante serán la espita de una trama mucho más compleja.

El cómic Aislado, perteneciente a la colección Relatos del Buque Negro, está diseminado por Watchmen como diminutas esporas que polinizan toda la obra. Desde la perspectiva de un adolescente, sentado junto a un quiosco, conocemos a intervalos la historia de un personaje cuyo barco terminó destrozado por el Buque Negro y sobrevivió de milagro hasta llegar a un atolón desierto, en medio de Las Indias, donde construirá una balsa para regresar a su patria. Tras combatir con el hambre, la soledad y los tiburones, regresa a su localidad antes de que el navío infernal pueda llegar y acabar con su mujer y sus dos hijas.

Moore había escogido un género caduco, el de piratas, quizá atraído por la ambigüedad y oscuridad que suele definir estas aventuras [1]donde los piratas blanden espadas y mosquetones, donde el crimen y la aventura parecen separarse por borrosos trazos de tiza. Algunos han querido ver brocha gorda en el retrato sangrienta y nihilista de Aislado, pero si concedemos crédito a los diarios y crónicas del mar, todas estipulaban como algo recurrente las violaciones, saqueos, azotes, destripamientos, mutilaciones, ahorcamientos en jarcias y un último destino para los más afortunados: abandonados a su suerte, ahorcados en Londres, arruinados o endeudados por piratas más arteros como banqueros y comerciantes. En el mejor de los casos, un perdón real permitía a los piratas adoptar el rango de corsario en los mares.

Ciertamente, la vida en el mar solía ser lóbrega. Lo que inserta Moore en su cómic es lo sobrenatural –las almas condenadas del Buque-, una ironía propia del Comediante en la organización sintáctica de Watchmen: si la trama convencional del género de superhéroes solía ser extraordinaria, sobrenatural en un sentido amplio, y Moore añadía como novedad un contexto real –los escenarios de la Guerra Fría o Vietnam, la presencia de Nixon, los problemas mundanos de los Vigilantes que iban desde el trauma psicológico a la impotencia,…-, en el relato del Buque Negro se invierte el orden de la pirámide: en un contexto real aparece lo mágico.

La suerte del protagonista de Aislado reverbera en Wathcmen. La textura es granulada para aparentar otro texto. La técnica es de contrapunto y cuanto más se acerca la hora, más desquiciado está Veidt/marinero que vuelve como el de Balzac convertido en otro. ¿Subtexto? Su travesía es la del héroe que intenta salvar a los suyos, para ello utiliza a sus amigos cadáveres para atravesar el mar (matar al Comediante, exilia a Jon y enculpa a Roscharch) y se convierte al final en el verdadero villano y aislado también.

Pero Aislado ha de generar muchos más paralelismos con Watchmen.

A medida que avanza la historia marítima llegamos al absoluto crepúsculo. La soledad ha alterado sus sentidos, se ha convertido por buenas razones –salvar a su familia- en un espíritu vengativo que  confunde a su mujer con un miembro del Buque Negro, la golpea hasta que la aparición de sus hijos le detiene y observa el horror de sus actos. Huye, condenado, y comprende que el Buque le esperaba a él en la costa y sube para sumarse a la tripulación:

“El mundo que intentaba salvar ya estaba perdido para mí. Yo era un horror: entre horrores debía morar. Una cuerda bajó como una serpiente. Medio ahogado, me aferré a ella. Y desde las cubiertas surgió un grito de alegría, tan negro como repulsivo, con un hedor que ofendía a los cielos”.

Pero el relato del Buque no ha terminado. Queda por averiguar qué será del creador –Shea- y de su lector: el joven Bernie, un narratario tan inocente del cómic Aislado como lo será Seymour del diario de Rorschach.

El misterio sobre la desaparición del guionista de Aislado se aclara al final gracias a Adrián Veidt: en una isla, un conjunto aislado de artistas, entre ellos Shea y científicos –todos ellos desaparecidos- trabajaban en una monstruosa nueva forma de vida, un alien monster. Se trata de la criatura que arrasará N.Y. Shea se encargó de ilustrar, sin conocer su verdadero propósito, la secuencia en que la cría se abría paso a mordiscos para salir del vientre de su madre; así lo explica en la isla a la pintora surrealista que nos muestra el lienzo del que será el monstruo final. Horas después, morirán en el carguero. Sólo él será consciente de que un temporizador marca su muerte: las imbricaciones entre el Deathclock de Watchmen y el detonador del carguero están puntualmente unidos. Aclarar el misterio sobre Shea se encadena al misterio sobre el asesinato de Blake, el Comediante: ambos conducen a la Hora Final de destrucción y oscura paz mundial.

Cuando concluye la lectura del cómic, el quiosquero intenta saber algo sobre el chaval con gafas, gorra y pitillo que lleva semanas leyendo “esa basura” y del que nada sabe. Se llama Bernie. Esta aportación de interés humano es relevante: es el único escenario cotidiano que se aparta del universo de los Watchmen, un contexto humano, prosaico que personalizamos ante que se desate la desgracia. El abrazo provoca un desgarro emocional en el lector porque son los seres “normales” con nombres, sin poderes ni defensas, que sacrifica Ozymandias en aras del bien “común”.

El monstruo ideado por el guionista de Aislado.

El monstruo ideado por el guionista de Aislado.

Moore emplea el juego metarreferencial con intenciones narrativas, no meramente por capricho o jactancia pedantesca. Esa dimensión que más adelante encontraremos también en Carlos Giménez –Los profesionales-, Chris Ware, Daniel Clowes –Pussey– o Bagge –Sudando tinta-, no surge con intenciones autobiográficas, de ajuste de cuentas, de declaración profesional. Al contrario: el mérito radica en que este elemento tan posmoderno encaja y enriquece el relato sobre los Justicieros: clasicismo y modernidad parecen unirse en esta partícula de hidrógeno llamada Watchmen.

Pero seguramente en unos días alguien revelará nuevas nociones, nuevos asteroides gravitando sobre el corazón de este cómic porque como nos advierte enigmático el Dr. Manhattan: “Nada termina, Adrian. Nada termina nunca”. Cada relectura destapará otra matrioska, otra nueva interpretación: prueba viviente del clásico en que ya se ha convertido esta obra.

[1] Si echamos ancla en la memoria reciente, recordaremos fábulas, tan lóbregas, tan poco ligadas a las rastros ingenuos de otros géneros, como La Isla del Tesoro, aventuras cuya brújula moral parece rota, los Contrabandistas de Monfleet o Piratas de Polanski.

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