Watchmen: La matrioska del Buque Negro I

Por David Martín Acedo

“Alan Moore asesinó el género de superhéroes con Watchmen. Yo me limité a hacerle la autopsia” Miller

Ya su sola mención desencadena el aplauso unánime del mundo del cómic. Pocos son los eruditos que se negarían a darle una ovación y un trono sin oponentes a este mago del caos. Su figura infunde a quien escribe estas líneas tanta admiración como temor pues tras su aspecto desastrado y arrogante, su profusa barba, su misantropía, su aire místico, se esconde –por si fuera poco- el individuo que inaugura la Edad Moderna del cómic. Abrió como quien dice los mares de la literatura de quiosco y lidiando con los grandes faraones como DC o el mismísimo Hollywood, mostró un nuevo camino, más complejo y maduro, que nos dirigiría hasta nuevas orillas como Maus, Sandman, Palestina, Persépolis, Arkham Asylum

En varias ocasiones, Moore ha reconocido que su mayor talento consiste en saber colaborar[1], pero tal apreciación quizá se quede corta al omitir o despreciar sus otras cualidades. Quizá olvide su capacidad de enfundar con varias capas literarias y filosóficas la corteza de sus obras –The League of Extraordinary Men y Serpientes y escaleras serían dos brillantes muestras-. ¿Ignora también la aparición de la magia y el simbolismo, su incesante experimentación con recursos narrativos y gráficos que han fortalecido la autonomía del cómic? No cabe duda de que su autoconciencia quizá entre en fricción con su modestia, fair play propio del británico.

Como ejemplo de sus insólitas cualidades, en su extensa participación en La Cosa del Pantano no sólo logró renovar la saga, sino que introdujo las analogías y las secuencias paralelas, manejó con destreza la técnica del collage, insertó en un medio muy censurado los universos oscuros de Clive Barker -y Stephen King o Cronenberg entre otros-, creó un místico como John Constantine y empezó a revisar un buen número de los estereotipos que encorsetaban el mundo del cómic. En ese mundo vegetal que le desató, según palabras suyas, está el germen de la cultura y la habilidad, casi infinitas, de Alan Moore.

No podríamos atribuir, por tanto, al azar o a la suerte su genialidad ya que ahí están muchas obras que perpetúan su nombre y certifican sus méritos: V de Vendetta fue una distopia orwelliana que despojó varias máscaras para desnudar una verdad ambigua en torno a la Revolución, al Héroe y al Mártir. Por otro lado, a partir de una abundante documentación, Moore escribió en el año del centenario del Destripador de Whitechapel, la escalofriante From Hell que a partir de un macguffin –la identidad del asesino-, describe el ritual crepuscular perpetrado por los medios, la policía, la ciencia en 1898 y que anticipaba y condensaba la matriz del siglo XX. En un estallido  de imaginación, carente de tabús y pecados, Moore concibió con Lost Girls una fábula erótica y lúdico pastiche donde danzaban simbólicamente las tres edades de la mujer, encarnadas por Wendy, Alicia y Dorothy. Podríamos sumar a esta lista Supreme, Promethea, La broma asesina… como nuevas demostraciones de su inconforme músculo creador.

Relatos del Buque Negro

Y entre todas ellas, destaca Watchmen. La trama es conocida por todos: Moore juega al despiste a partir de un misterio –la muerte de un enmascarado: el Comediante- en un entorno distópico, donde los justicieros operan desde los años 40 y han alterado la historia de Estados Unidos y el mundo: gracias a un superhombre, Dr. Manhattan, los estadounidenses invadieron Vietnam, Nixon prolongó su mandato y la Guerra Fría entre el Kremlin y Washington ha acelerado un holocausto nuclear cada vez más próximo. Uno de los pocos justicieros en activo, el inquebrantable –pero también racista y homófobo- Roschard inicia una investigación que desembocará en el infierno moral de un mundo más fuerte y feliz. Moore no sólo jugó con los paralelismos, las analogías, las simetrías, también empleó tipologías textuales para enriquecer su criatura y dotar su ficción de verismo histórico –entrevistas, memorias y diarios, documentos policiales, sumarios, artículos periodísticos, correspondencia- y  aprovechó el genio artístico de Dave Gibbons, que construiría páginas de 9 viñetas para imitar el formato clásico del cómic, que Moore se encargaría de cambiar para siempre:

“Watchmen era un acontecimiento de arte pop capaz de extinguir dinosaurios y asolar planetas, y para cuando todo acabó la fórmula para los cómics de superhéroes era cruda: evolucionar o morir” Gran Morrison

Todo ello nos lleva a constatar la estupidez de pretender hablar de Watchmen. Esta obra prefigura y anticipa el futuro del cómic, representa un hiato y un reconocimiento sin igual al diseccionar conceptos como el héroe, la moral y el sacrificio en un medio poco acostumbrado a estas tesituras. Añadamos que logró recibir el Premio Hugo y ser considerada hasta hoy su obra más famosa. La veneración que demostró Znyder al intentar adaptar al lenguaje cinematográfica Wachmen de forma casi milimétrica explica parte de nuestros temores.

Así que ensayar una reflexión en torno a Watchmen se parecía demasiado a cruzar en armas el Rubicón y frente a semejante temeridad, que no quería arrostrar, encontré un interesante desvío: Watchmen se ha considerado un metacómic porque, entre otras cosas, incluía un cómic dentro del cómic, los Relatos del Buque Negro, una suerte de matrioska que muchos lectores suelen saltar como un incordio, porque parece quebrar la continuidad de las viñetas de Wathcmen.

Alea jacta est! Aquí tenemos la balsa para cruzar este río.

[1] “Si tengo un talento real es el talento de la colaboración” Alan Moore

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