Cultura libre, cultura gratis

Por David Martín Acedo

A Toni

“El rincón más útil de una casa es la letrina” Gautier

¿Quién le pone el cascabel al gato? Internautas, piratas, editores y autores se amontonan como un maremágnum en distintos frentes –o trincheras- para discutir sobre el futuro de la cultura: gratis, libre, tradicional, digital… Proliferan los debates, las discusiones, los intereses cruzados. Batiburrillo precedido por posiciones beligerantes o por el relativismo, capaces todos de marear sin alcanzar ningún pacto de equilibrio. Quien toca el asunto, parece atizar un avispero de posiciones enconadas. Que se lo pregunten a Álex de la Iglesia.

Canon digital, piratería, top manta… son algunos de los puntos calientes de esta oscura contienda. Y aunque se pierda perspectiva y piezas durante la maniobra, podemos reducir el puzle a su estructura más simple. César Renduelles apuntaba al principal problema de esta ecuación: ¿cómo se integra la cultura dentro de las leyes del mercado? La cultura no puede tratarse como mero producto o mercancía, posee una naturaleza esquiva e inmaterial, difícil de someterse a las claves del capitalismo (compra barato, vende caro) y sin embargo, permitimos que este gran casino especulativo amamante y hospede a este hijo vulnerable en su seno. Situamos a los creadores dentro de una red tupida de intermediarios, de valores mercantiles, de complejas industrias, que se preocupan de beneficios y fortunas. Y al otro lado del juego, “los piratas” que distribuyen el producto con supuestos fines angelicales, con principios aparentemente filántropos. Pero también está intoxicada la otra línea: los filántropos amasan fortunas mientras la subsistencia del creador queda condicionada y en peligro.

Parece un misterio envuelto en un enigma. Así que las siguientes reflexiones serán vivenciales y firmadas: resultado de la experiencia, traducción intelectual de una voz personal. Pudiera estar equivocado, pero al menos es la mía una estupidez dicha sin énfasis, que yo gobierno y controlo.

Es a raíz de dos anécdotas, distantes en el tiempo, examinadas más tarde a conciencia, uniendo cabos, que puedo aportar mi brújula personal en esta cartografía. Tiene una torpe virtud: descontentará a todos y por tanto, en algo atinaré si a los ejércitos más contrarios pongo –de común acuerdo- en mi contra. Ya un sabio consejero advirtió a un conde “nunca harás algo que todos aprueben” (cuento II, El Conde Lucanor).

Una tarde me cité en un ambiente amistoso con el editor de una revista cultural, ambos sentados en un café, animados por el fervor mutuo hacia la literatura. Cuando ya sabía que de aquel encuentro no saldría beneficio mayor que el de la conversación, que mi empeño por dar buena impresión no implicaría puesto ni de freelance, me relajé, charlé y pregunté al fin sobre ese mundillo del que sólo vería el marco de la puerta. Pronto averigüé que ningún colaborador cobraba nada y me quedé, como se suele decir, de piedra. Mientras la revista coleaba en librerías y kioscos a buen precio, nada recibían los articulistas, nada, ni una remuneración simbólica, sólo el nombre como reconocimiento profesional. Después de una acalorada conversación, un tanto pedante, sobre el Parnaso, de probar absenta, de citar a poetas, descubrí con apenas dos palabras el trato recibido, no merecido, a los críticos: sorbían aire, alimentaban su tinta con sangre, eran literatos en oficio sin ganancia, ni ganapanes ni becarios siquiera, a los que la fama postrera debiera compensar la ruina del día a día. Fue una bofetada con guante aterciopelado a los caballeros de letras. Salí del café con las mejillas bien calientes.

Tengo un vecino fanático de series, películas, videojuegos  y música, que presume estar a la última en todo lo hype del momento, pero su curiosidad la nutre sin gastar un céntimo en todo lo que almacena en su disco duro. No lo esconde o disimula, bien al contrario: hace gala de su picardía delictiva. Se enfureció como todos con el canon digital y se enoja de tanto en tanto con los impuestos, con los políticos. No acude al cine ni asiste a concierto alguno, considera una desmesura los precios que se han establecido, aunque enriquece su vida doméstica con toneladas de películas y episodios que digiere puntualmente cada noche. Esta vida privada, un tanto rufianesca, de pirata digital, cambia radicalmente durante su vida más pública y laboral: cobra por sus horas de trabajo, paga las reparaciones de su coche, no devuelve ningún recibo, nadie lo acusa de moroso o malpagador. Es con la cultura cuando sale su otro ser a flote, su particular Mr. Hyde, igual que sucede con esos seres pacíficos que una vez se ponen al volante, maldicen, atropellan y hacen de la prisa y la grosería sus principales distintivos en carretera.

La industria enflaquece: se desploman las tiendas de discos, liquidan su stock los videoclubs, vacían sus estanterías las librerías, mueren los grandes cines y comparten lágrimas y penurias los guionistas, los narradores, los poetas, los ensayistas,… en definitiva, los creadores. El editor y el vecino comparten, aparte de la cicatería, un mismo vicio: ven cualquier trabajo intelectual como un lujo, un adorno de valor superfluo, una actividad autocompensatoria e improductiva. Aunque ambos se congratulen de su existencia, de su valor -y se apenarían seguramente con la desaparición de la cultura-, en el fondo la desprecian y envenenan.

Estamos seguros de que los bestsellers, lo mediático, lo procedente de Hollywood… podrá sobrevivir, pero ¿y los poetas, el cine menos comercial, el ensayista? Dos rutas les esperan: o quedarán alienados e invisibles en este duro mercado donde todos –mercaderes y clientes- se engañan entre sí o abandonarán su frágil destino.

El arte, no el dinero, permanece gracias a su vocación desinteresada, a ese dar –ideas, sueños, experiencia- sin empobrecerse en la entrega, no se consume ni agota su producto porque su materia proviene de singular fábrica, de inagotable mina, pero no aprovechemos su generosidad, su presunta inutilidad en este mundo material para no pagar ni mantener su libertad, porque ¿qué haremos con nuestros billetes si a cambio de esa verde y colosal pirámide de divisas, acciones, monedas y papeles, que un día se desvanecerá sin dejar rastro,  nada más reste en pie? ¿Queremos dejar, gracias a nuestra cicatería, como testigos de nuestra era centenares de vídeos de gatitos?

No se trata de dar seguridad ni blindar con leyes, sino de proteger y amparar esa reserva llamada cultura, el más frágil tesoro que nadie cuida y todos ensalzan. Tal vez en este mundo sea más útil plantar coles que tulipanes, pero a pesar de ello, un campo de tulipanes sigue siendo indispensable para todos.

El mal de ausencia (Homesickness) de René Magritte

El mal de ausencia (Homesickness) de René Magritte

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