El cómic español, Arte nuevo: espejos del oficio

Por David Martín Acedo

Cierto techo de cristal no acaba de romperse en España: las artes y el cómic parecen aún negarse el saludo en las gradas, existe entre las “ínclitas” artes (siete, hasta la fecha) y el cómic todavía una frontera tan grande como la que Europa ha dibujado con alambradas y concertinas ante el continente africano. Pero en todas las fronteras, incluso en las más fortificadas y amenazantes, aparecen grietas y transiciones que en este artículo queremos documentar desde más allá del alto muro de la cultura hegemónica[i].

De antemano y lamentándolo, debemos reconocer la inmensa diferencia de trato que recibe el cómic en EE.UU y España: si Roy Liechtenstein, artista del Pop Art,  se reconocía en 1964 como otro historietista más, si un número 1 de Supermán puede cotizar en el mercado especulativo del arte -3,2 millones de dólares-, ¿cuántos pintores españoles se atreverían a calificarse historietistas sin disimular burla ni sonsonete al decirlo?, ¿qué trato recibe un número inicial de los históricos TBO o Pulgarcito en el exclusivo universo del coleccionismo?  La pintura dispone en nuestro país de sus burbujas especulativas, de un mercado que Bansky intentó ridiculizar en su documental o el mismo Orson Wells en su Fraude. El cómic español apenas ha encontrado su hueco en esta rueda de la fortuna, llamada capitalismo.

Pero más allá del desaliento, el cómic ya como género artístico posee ya una identidad, una naturaleza híbrida, emparentada con medios como el cine, la literatura o los videojuegos. Su existencia no depende ya de esos parientes lejanos. y su extraña condición no debe someterse a ningún síndrome de Estocolmo ni dejarse secuestrar por la imagen o el mensaje lingüístico. Se ajusta a su propio discurso y a sus paisajes, a sus convenciones y a su larga tradición. En España, corresponde en primer lugar a los historietistas olvidar ciertas losas, ellos son los primeros en recordarnos que el tebeo ya no es cine para pobres ni subcultura popular.

Y uno de los primeros pasos para conquistar su espacio es reflexionar y prestigiar su gremio. Lo que por cierto no es tarea fácil. En primer lugar, se inscriben dentro del oficio de las letras, generalmente poco valorado en las sociedades industrializadas, siendo ocupación improductiva que es un fin en sí mismo. Ya el propio Adam Smith se despachaba tildando a sus miembros de “raza no próspera”. Las virtudes “públicas” de esta profesión siempre están en entredicho y los historietistas o ninotaires compiten con dignidad en un mundo donde la técnica y la tecnología controlan el juego.

Viñeta de

Viñeta de “Los profesionales” de Carlos Giménez

Pero aquí no termina el problema: el historietista representa a una figura colectiva, que cumple funciones como entintador, ilustrador, guionista, rotulista, colorista y si me apuran, editor. Ese poliedro de facetas puede fundirse en uno solo, llamado Autor, o dividirse en distintos profesionales, a veces enemistados o unidos a la fuerza en tierra quemada. Y para rizar el rizo, nuestros autores de cómic en España vivieron como forajidos, lunáticos sin seguros ni contratos.

El mejor espejo de estas complejas sinergias, de este oficio en España lo podríamos encontrar en el ejercicio de memoria y crítica de dos autores: Carlos Giménez y Paco Roca. El invierno del dibujante, Los profesionales funcionan como una superficie especular, capaz de mostrar el pasado de este oficio.

La tinta y los bocadillos de ambos cómics reconstruyen la arquitectura de un oficio, que a duras penas sobrevivió al largo invierno del franquismo.

 

EL INVIERNO DEL DIBUJANTE de Paco Roca

 

Cuando un profesional se mira en el espejo y revisa el quehacer, si se hace con conciencia, no sólo disecciona su profesión, también sale más allá de la especialidad y la corporación para entrar en otro ruedo: empieza a juzgar, a reparar –y repasar- el pasado y su misma identidad. Paco Roca describe la aventura de unos dibujantes, retrata el rumbo de una época concreta y a fuerza de palpar ambos escenarios, de documentar las dos historias –la minúscula y la mayúscula, esto es intrahistoria e historia oficial-, las juzga, las somete a un movimiento pendular de celebración y denuncia, de ternura y caricatura. El invierno celebra el parto doloroso y prematuro de Tiovivo, lo que quería ser, pero descubre también el ajuste de cuentas, el resentimiento entre lo que pudo ser y lo que fue. Su relato desnuda sueños y traiciones, dispara y mima al unísono.

Abarca de la primavera de 1957 al invierno de 1959 con un alto al final, un epílogo esclarecedor situado en 1979. Recrea un instante simbólico, casi un paréntesis, cuando un grupo de artistas decidieron emanciparse de Bruguera y avivar una diminuta primavera, la creación de Tiovivo, en una época amordazada por leyes y límites, en un tiempo consagrado al invierno cultural, en la larga estación del franquismo.

Dotado para la síntesis y el rigor, Paco Roca con un estilo impresionista salpica su relato de estampas: Galerías Preciados, Plaza España, la fachada de la editorial Bruguera, Bar Zurich… Los escenarios de Barcelona se integran como paisajes invisibles, veladura dentro de la trama principal. Roca consigue no sólo atrapar, sino explicarnos de un modo sencillo las trampas, la Historia que oculta la anécdota de Tiovivo y mientras disecciona la frágil mariposa de aquel proyecto –Tiovivo-, deja caer la ceniza, los escombros: los contratos leoninos que la empresa Bruguera imponía a sus creadores, desposeídos de derechos y de los mismos originales; la obediencia de muchos dibujantes, republicanos o desafectos al régimen, engullidos por la mano “condescendiente” de los Bruguera[ii]; la censura representada en el boli rojo de Rafael González; las viles estrategias para ahogar a la competencia…

Como crónica costumbrista, El invierno se permite ir más allá de la denuncia y regalarnos una narración trufada de instantes únicos como el nacimiento de Mortadelo y Filemón, porque en buena medida, este espejo de un oficio es un homenaje al sueño, a la pasión de unos dibujantes (con “menos luces que una bicicleta” según el sentir general) en una época amarga, plegada y archivada en un cajón que Paco Roca ha reabierto con audacia sesenta años después.

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LOS PROFESIONALES de Carlos Giménez

Cuando miro las viñetas de Carlos Giménez me cuesta distinguir la diferencia de estatus entre los novelistas y los historietistas. Por derecho propio, gracias a su genio narrativo, y si nos despojamos de prejuicios, Carlos Giménez parece un genio oriental que con un par de trazo extrae del humo de su mente –y sus manos de prestidigitador- una aventis [iii] y aunque siempre se le recordará por su Paracuellos -memoria gráfica sobre los hogares de la Obra Nacional de Auxilio Social, reflejo del infierno sin tapias que fue largo tiempo España-, nos ha cedido otras muchos aventis como Los profesionales.

Como hará Roca, Giménez apunta con su lápiz hacia su oficio con el propósito de exorcizar y evocar los inicios de una profesión, abocada casi al desastre, que amanecía llena de obreros entusiastas y sin rango de artistas. Giménez invirtió cinco años en describir los guateques nocturnos, las falsas citas, los interrogatorios, los celos y vergüenzas, las peleas, las numerosas chanzas y el trabajo incesante entre las paredes de Creaciones Ilustradas, nombre que enmascaraba apenas sin disimulo Selecciones Ilustradas, fundada por Josep Toutain, retratado en la serie como Filstrup.

Carlos Giménez no finge: cada historia sale como un proyectil de la recámara de su memoria bañado en nostalgia y crudeza. Tras el telón de acero de la dictadura, desfilan los ninotaires, los pintamonas con aire bohemio y anárquico, trabajando a destajo, carentes de derechos y sindicatos, románticos lunares con modelos (Kirby, Julieta Jones, Eisner…) y sin escuelas de arte, sorteando como Vázquez a acreedores y censores. En los tiempos de Carpanta, Giménez dibuja sin énfasis ni épica, sin ningún misticismo, el mundo cotidiano de los dibujantes.

Deja bien claro que aquellos eran profesionales porque a pesar de la explotación y de la miseria, no desfallecían. Así lo muestra La década prodigiosa: un guionista recorre sin paraguas y con aplomo la ciudad de Barcelona bajo un diluvio torrencial mientras intenta vender sus guiones. Contra viento y marea, se verá toreado por editores que desprecian la composición de viñetas, que reclaman plagios o traducciones abaratadas, que le exigen sinopsis para evitarse el disgusto de leer y a pesar de todo este sinfín de bofetadas, mantiene intacta su ilusión. El mérito de aquellos profesionales era conservar en pie su ilusión.

La fotografía de Giménez no amnistía ni suaviza el aspecto de aquellos fantasmas. Junto a la simpatía y el humor, Giménez desnuda la crueldad del sector, siempre dispuesto a la novatada y a la crueldad más gratuita. Eran tiempos tristes, salvajes y la convivencia en la miseria y la explotación alimentaban esa tristeza y ese salvajismo.

Durante “la noche de los lápices afilados”, esos púberes del cómic en medio de una dictadura ilustran guiones del Oeste, luchas contra tiburones u osos polares, de carreras de cuadrigas, de encuentros extraños en asteroides y alguien comenta: “¡lo que teníamos que hacer los dibujantes es colegiarnos!”. Lo interrumpen para colgar un póster de Marilyn Monroe en la pared.

La historia del cómic español vivía su primera adolescencia y como todos recordamos, esa etapa suele ser cruel e ingenua. Sin remedio ni proporción. Los profesionales y El oficio del dibujante lograron describir un panorama ya lejano, pero cuanto hubo de caricatura y escapismo en aquellos dibujantes “púberes”–desde Vázquez a Fernando Fernández, más ocupados en hacer oficio para vivir y no arte sublime para minorías- lo fue como respuesta sublevada de unos pocos lápices. Los hippies enloquecidos de Creaciones Ilustradas o los audaces de Tiovivo, más allá de la pirotecnia de la anécdota, más allá del fracaso, abrieron a machetazos un camino para futuros autores del cómic español.

Profesionales 5

[i] Michel Foucault: “ Cuando pienso en la mecánica del poder, pienso en su forma capilar de existencia, en el punto en el que el poder encuentra el núcleo mismo de los individuos, alcanza su cuerpo, se inserta en sus gestos, actitudes, sus discursos, su aprendizaje, su vida cotidiana.”

[ii] Las similitudes entre la gran factoría Bruguera y Disney son notables: factoría de sueños, capitalismo despiadado, manipulación ideológica, monopolio sin parangón en otras industrias… Nuestro amor a sus creaciones no impide reconocer las miserias ocultas en ambas.

[ii] Juan Marsé prologó la colección completa de Paracuellos en la editorial Debolsillo.

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