El declive de la Era Choni: demonización de la clase obrera

Por David Martín Acedo

“Asciende con tu clase, no sobre ella”.

Este artículo se escribió con total libertad de conciencia: mi juicio no se sometió al arbitrio de editores o publicistas, no pretendo convertir esta entrada en reclamo comercial, no aspiro a ningún aplauso académico ni a eco mediático alguno. Lo confieso de antemano: quiero aquí escribir desde la absoluta parcialidad, sin cautelas, con entusiasmo, pensando en los lectores y en un libro que ha cambiado mi forma de pensar. No disimularé con elegancia y escepticismo que esta reseña ha de convertirse en elogio. Es más, conviene escribirlo ya en el primer párrafo y no llevar a engaño a ningún incauto: la lectura de Chavs, demonización de la clase obrera de Owen Jones fue una revelación y buena parte de mi texto intentará contagiar esta impresión a usted, lector/a.

Es este un libro que toma partido. Se posiciona ideológicamente y sin reparos o remordimiento, a pesar de quienes defienden alegremente el fin de “las derechas y las izquierdas”. Con ello, nuestro autor pierde a un amplio sector de población, pero a cambio, sin perder tiempo en sermonear o “iluminar”, lleva su diagnóstico (otros dirán “tesis”) hasta las últimas consecuencias. Con un estilo preciso, documentado y abundante en detalles, el autor levanta el velo de Maya y descubre una verdad incómoda. ¿Cuál? Los siguientes párrafos intentarán aclarar el misterio.

Cuando años atrás hablábamos de clase trabajadora en la prensa o en la televisión depositábamos en ella valores como la solidaridad, la cooperación, la lucha, el esfuerzo,… Una ética proletaria. Ahora, en cambio, la clase trabajadora ha sufrido muchos reveses, tanto en su condición como en la percepción que tenemos de ella. Las políticas neoliberales de Tatcher en 1979 –y añadimos también: Pinochet, Reagan, Aznar, laboristas, “socialistas”,…- erigieron el individualismo como un tótem supremo, se suprimió y se convirtió en tabú el término “clase” y surgieron unos nuevos memes[i]: “todos somos clase media”, “no existe la sociedad, sino mujeres, hombres y familias”, “los pobres lo son por no saber administrar ni gastar sus ingresos”, “arriba hay sitio”, “la derecha siempre trae riqueza y éxito”. Mientras nos machacaban con esta cantinela, se apuntalaba silenciosamente un edificio nuevo y más desigual entre las plantas: la gran industria se desplazó a países más pobres y precarizaron las condiciones laborales de la población, reducida al sector servicios; eliminaron los pisos de protección oficial, desbancaron las políticas públicas, borraron de un plumazo la regulación bancaria, criminalizaron las huelgas –y aplaudieron los ritos y festejos locales-, utilizaron el paro como medida de control,  demonizaron la huelga, la carga fiscal recayó sobre los pobres… Parece el advenimiento del Apocalipsis, una exagerada visión de la realidad, pero los más descreídos pueden asomarse a los ensayos de Naomi Klein o pasear por ciertos suburbios de Barcelona o Madrid para intentar desmentir estas políticas.

Una clase de falacia: el estereotipo

Una clase de falacia: el estereotipo

Los trabajadores han dejado de ser la sal de la tierra y vuelven a ocupar el oscuro reino de la Gran Depresión. Volvemos a morder las uvas de la ira, a vivir en los tiempos modernos de Chaplin mientras la menguada clase media, esa minoría selecta, ignora la realidad y los problemas del entorno proletario. Pero -¡sorpresa!- siendo la clase media un número menor en la pirámide (otra vez vertical), ella ocupa ampliamente el congreso, las cátedras, los periódicos, las televisiones, los gabinetes y los bufetes. Son una minoría que vive de espaldas a una población cada vez más desplazada, con menos oportunidades. Porque ese mundo maravilloso de emprendedores y triunfadores es una triquiñuela, donde la formación se paga cara -no por méritos, sino a golpe de talonario y horarios imposibles de compaginar con trabajos- e impide que cajeros de supermercados, operarios de almacén, limpiadores de hospitales, parados, amas de casa… puedan algún día ascender. El ascensor social es hoy un marca patentada, pero sin recorrido alguno: los vivales de la City jamás permitirían a un trabajador pasearse por el corazón de sus acristalados rascacielos.

Pero queda una última perversión por incluir en este análisis: se les despoja de los derechos y no contentos, se les arrebata la dignidad. La imagen del trabajador se desmonta con una distorsión: el Chav, esto es “un término peyorativo para referirse a la subcultura de la clase trabajadora inglesa”. No hay sitio para Dickens o Víctor Hugo en este retrato de la clase trabajadora. El clasismo reinante despedaza cualquier nota de paternalismo o condescendencia y aprueba el desprecio directo, la caricatura ni medias tintas. Despojados de tribuna o fuerza representativa, los trabajadores son convertidos en muñecos que llevan bisutería barata, maquillaje y ropa deportiva, pendientes de prestaciones y viviendas sociales. Son “promiscuos, alcohólicos, violentos, imbéciles, cazurros, en definitiva una calaña habitante de pocilgas y estercoleros”. Esta deshumanización permite convertirlos sin escrúpulos en “clientes del Estado de bienestar”, culpables de su condición. Años atrás, a la gente de campo se las acusaba de palurdos, ahora la clase trabajadora es la neopalurda. Los mass media sólo acuden a las barriadas para recoger lo sensacionalista, lo truculento, pero sin denunciar los recortes ni juzgar causas y efectos, que es la función del periodismo de calidad. Filman los andrajos, enmudecen los testimonios. Pintan historias terroríficas, ocultan dramas sociales.

Es especialmente descarnada y significativa la comparación entre las desapariciones de Madeleine Mc Cann y Shannon Mathews. Su análisis del apogeo del racismo y de los nacionalismos permite ver cómo la causa social se ha convertido en causa nacional. La descripción de la Gran Recesión y la alienación en el microcosmos de la atención telefónica ya no sólo logra estremecer: quita el sueño. Las alusiones a Little Brittain, a Catherine Tate, a Eden Lake [i]o Shameless nos hace ver la sistemática promoción del desprecio a la clase trabajadora. La música tampoco se libra de los ataques. Algunas frases podrían enmarcarse.

Insertamos una como ejemplo de la lucidez del ensayista: “Así, la pobreza y el desempleo no son fallos del capitalismo sino consecuencia del comportamiento personal, defectos individuales o de elección, falta de ambición. Y en lugar de que la crisis la pague la próspera élite bancaria, por su codicia e incompetencia, lo hace con terribles recortes la clase trabajadora” Este ensayo no consuela. Su función es despertarnos.

Y aunque muchas referencias procedan de Gran Bretaña, las tesis pueden proyectarse hacia nuestro país. ¿Algún ejemplo de esta demonización? Veamos unos cuantos: Callejeros, La que se avecina, Mujeres y hombres y viceversa, las Omaítas y Joshuas de Los Morancos, Princesas de Barrio, Gandia Shore, Conexión Samanta (“Las más chonis”)… entronizan esa visión negativa, caricaturesca de la clase trabajadora, reducida a poligoneras, chonis, canis y gogos. ¿La dignidad del barrio? Borrada del mapa. Y no olvidemos tampoco quién encarna la prestigiosa figura –socarrona- de “princesa del pueblo”. No hace falta mencionar las políticas de los últimos gobiernos contra la clase trabajadora: reformas laborales, EREs, despidos colectivos (flexibilización de plantillas), precarización del sector público,…

En tiempos oscuros como los nuestros, un libro como este ilumina sombras hechas de eufemismos y tabús. Sacar lo invisible a la luz es la tarea más encomiable de un ensayo y si además, lo adereza con estilo, precisión y rigor, entonces nos encontramos con uno de los mejores libros de este año. Lo repito: mi juicio es muy personal (aunque sometido a reflexión), que gustará o no, que defraudará o no, pero que intenta acercar los lectores a este ensayo. La clase trabajadora ha de recobrar su dignidad, recordar su fuerza colectiva y los verdaderos macarras de este triste cuento han de quitarse la máscara. Sería un bello final para este artículo y para esta historia, que ya dura demasiado.

“Lunch atop a Skyscraper” de ¿C. C. Ebbet?

[i] No podemos olvidar el trabajo opuesto, que dignifica desde el cine a la clase trabajadora: Ken Loach a la cabeza y el cine de los ochenta en general. Algunos ejemplos más actuales: Los lunes al sol, Attack the Block, Dos día una noche, Recursos humanos,… [i] Los memes son unidades de imitación que tienen como única finalidad extenderse y sobrevivir. Una especie de virus o mantra con gran impacto en nuestra sociedad. Recomiendo vivamente la lectura de Memecracia (Los virales que nos gobiernan) de Delia Rodríguez

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s